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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Pérdida de importancia del cuchillo

2 de junio de 2024

Durante bastante tiempo, la noticia fue el ataque con cuchillo. «Ataque con cuchillo en (pongamos por ejemplo) París». Pero Europa evoluciona y a medida que los ataques se hacen más complejos,  el cuchillo pierde importancia como agente. Las víctimas ya no son elegidas al azar sino, en muchos casos, seleccionadas. No son pocos los políticos, con cargo o sin cargo, que han sido atacados en los últimos tiempos (¿qué tal una lista?). Es más, cada político que no reciba un ataque así corre el riesgo de que alguien en Internet empiece a considerarlo un ejemplo más de «disidencia controlada».

Había pasado con Fico, el eslovaco, semanas antes, y ayer lo pudimos percibir en Mannheim. Cuando no se pudo sostener en los medios que el atacante era de ultraderecha (como sí hizo El Mundo), el actor principal se empezó a desdibujar. Todo se fue cargando al predicado. Si la ultraderecha no es la que acciona el cuchillo, la ultraderecha debe aparecer por algún sitio.

Aparecer en la víctima hecha sujeto (quién): «Agredido un populista de derecha anti-islam» (TVE); o aparecer en el contexto (dónde): «Al menos dos heridos tras un ataque con cuchillo en un acto de extrema derecha» (El Mundo). En la prensa extranjera sucedió igual, no es algo específicamente español. Sky News: «Hombre es abatido tras apuñalar a un policía en evento de ultraderecha».

Estos titulares irán evolucionando. Leeremos, por ejemplo: «Agredido un populista de derechas anti-islam y racista sospechoso de pegar a su mujer y no creer en la sanidad Pública». La proporción de los mejores zumos: 10% verbo, 90% concentrado de culpa.

Cuando el actor principal deja de ser El Cuchillo y no se puede sostener por más tiempo que sea de ultraderecha (aunque en España sí, en los «eventos» en España sí se puede), pasa a ser un hombre neutro que ataca con la improvisación ciega de un zombi, como movido por una especie de trastorno, a hombres de ultraderecha populista xenófoba o en eventos de ultraderecha xenófoba populista.

Debe quedar claro que la violencia está asociado a esas palabras, que sucede allí o a gentes así. Y si no sabemos (porque no se dicen) las motivaciones del agresor acabamos entendiendo que las motivaciones quizás sean, precisamente, las ideas que derivan de esas etiquetas. Como tampoco son etiquetas casuales y gran parte de la política y el periodismo europeo consisten en crearlas, cargarlas de sentido y administrarlas, rápidamente entenderemos que son esas ideas las causas de la violencia y, más allá, que en cierto modo es una violencia por supuesto rechazable, pero inevitable y, si no justa, sí cargada de sentido. Casi sin darnos cuenta repararemos en que la violencia ya no está asociada a eso que llamábamos «islamismo» sino a la «ultraderecha».

Esta mirada induce a un vicio que aparece incluso más allá de los titulares periodísticos, cuando ‘libremente’ nos enfrentamos a las imágenes, como en Mannheim, e incluso entre espectadores avisados. Se acaba manifestando un sesgo que inclina la mirada hacia otro sitio como en una pendiente intelectual. Se acaba mirando la acción policial, se sigue analizando eso, pero no al hombre del cuchillo. La policía podría ser juzgada brutal, como sucedió con Floyd, o negligente e ingenua, como en Mannheim. Se observa la confusión del policía acuchillado, la inversión de los polos malo-bueno, las dudas del policía antes de disparar o el papel auxiliar de las mujeres policía. Pero incluso ahí, como en los titulares, la mirada se va al otro lado y se aleja del cuchillo y de quien lo maneja, haciendo más difícil que, tras mucho observar, alguien pudiera empezar a preguntarse qué ha hecho posible que esté ahí, qué argumentos, palabras y justificaciones contribuyeron a ello y a cargo de quiénes. Mirarlo, posar la vista principalmente en eso, nos llevaría a consideraciones desagradables, incómodas y sin duda inelegantes.

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