(Madrid, 1966), licenciada en Derecho por la UCM. Compagina su profesión de asesoría de empresas con colaboraciones en Ataraxia Magazine, El Toro TV y la Fundación Denaes. Española por la gracia de Dios.

Seamos modernos, progres, moderados, dóciles, acríticos. Aceptemos el cambio de los tiempos como inevitable y seamos mansos. Se lo digo de corazón, luchar contra la corriente es agotador y se corre el riesgo de ser tildado de ‘fascista’ al primer asalto. Dicen que la palabra ‘fascista’ es la palabra fetiche del progre y es cierto, funciona de forma automática: en el momento de ser pronunciada caerá usted fulminado junto con todos sus trabajados argumentos como un vampiro ante la cruz. Por cierto, si Pablo Iglesias anda cerca le dirá un amable: “cierre la puerta al salir”.

Pruebe a hablar de un tema de los considerados tabú en cualquier foro progre –casi todos- y, en el mejor de los casos, con una sonrisa burlona y una mirada condescendiente le dirán que ese tema ya está superado; a continuación, le prestarán la misma atención que la máquina de tabaco cuando expulsa el paquete y se escucha: “su tabaco, gracias”. 

No creo que desde que el mundo existe haya habido una época normal ni un día sin su afán, pero sí es cierto que este tiempo que vivimos es el colmo de la contradicción. Los autoproclamados adalides de la democracia, la libertad, la igualdad, la solidaridad y la paz, nos han salido de lo más totalitario. Esta izquierda estupenda y defensora del diálogo es, menuda paradoja, la que nos ha ido cerrando la posibilidad de debatir, discrepar, pensar y expresarnos de forma libre.

En España, Sánchez ha sido el que ha abierto las puertas de par en par a los que por su naturaleza -como el escorpión- deberían estar fuera de la ley y del sistema, incorporándolos a las instituciones con toda naturalidad. Chavistas, separatistas y filoterroristas campan a sus anchas en los medios y en el Parlamento, escupiendo  su repugnante hispanofobia mientras usted observa perplejo cómo lo tachan de ultraderechista. Usted es ahora el antisistema. Tremendo Cambalache es todo esto en el que “cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”.

Los asuntos a debatir han quedado claros de forma meridiana. A saber: el aborto no es ya asunto que se pueda discutir, la ideología de género es la verdad absoluta, la memoria histórica oficial es la real, la mujer es un ser de luz, el hombre es un terrorista en potencia y ellos saben perfectamente lo que conviene a nuestros hijos. Así que, por favor, si no se va a adaptar, váyase a su cueva y no moleste. Asuma que lleva en la frente un letrero de neón que dice FASCISTA y lleve su sambenito cual penitente que es.

Así han conseguido silenciar a millones de personas en todo el mundo. Acomplejándolos. En España lo hemos visto en Cataluña y en las Vascongadas, lugares donde no seguir la ideología nacionalista dominante acarrea la muerte política, social y, en no pocos casos, profesional. No olvidamos -jamás lo haremos- que en el País Vasco la muerte fue el precio pagado por pensar diferente; por no hablar de Cuba, Venezuela, Bolivia y todos los países donde ha gobernado el comunismo. Pero de esto tampoco podemos hablar, no remuevan el pasado ni discutan evidencias, hagan el favor de tener tacto y no crispar. Insisto: ¡NO MOLESTEN!

Y así se instala la pax progre.

Ante un panorama tan sombrío es necesario recordar que no todo está perdido, que somos millones los que no estamos dispuestos a que tatúen su ideología totalitaria en nuestros cerebros y en el de nuestros hijos. Somos responsables de nuestras palabras, pero también de nuestros silencios. Todo aquello que no decimos, todo aquello que callamos también marca los acontecimientos. 

Es cierto que es más cómoda la actitud mansa y dócil a corto plazo, pero es muy probable que siguiendo esta filosofía de vida nos veamos en un no muy largo periodo de tiempo despojados de las libertades más elementales como la de expresión, la de votar o, quizá, llegue un día en el que no reconozcamos el país donde hemos nacido. Si ese día llega, está claro que será demasiado tarde para hablar.

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