Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

¿Podremos volver a viajar?

No es seguro. No lo es porque viajar se ha convertido, precisamente, en algo tan inseguro y, a la vez, tan controlado por quienes se empeñan en velar por nuestra seguridad sin que nadie les haya dado vela en tal encierro, digo, entierro, que más vale quedarse quietecitos en casa para no pasar por las sevicias, digo, medidas de todo tipo que la autoridades, cada vez más autoritarias, digo, arbitrarias, imponen. Que si secuestros, que si atentados, que si drogas, que si escáneres, que si quítese los zapatitos, que si… Ahora ya nos miran hasta el esqueleto, no vaya a ser que llevemos en la tibia un kalashnikov, en el ombligo media tonelada de cocaína, en el trasero un lanzallamas y en el entrecejo un reactor nuclear. Y ahora, como remate, la vaina del coronavirus y de sus formularios, sus bozales, digo, mascarillas y sus confusos tests.

Viene todo esto a cuento de la Iberosfera. Si hablamos de ella es porque ese ámbito, ese concepto, ese modo de ser, esa fraternidad, esa comunidad, nació gracias a uno de los viajes más inseguros que jamás se hayan emprendido: el de Colón, el de los Pinzones, el de su marinería, el de Rodrigo de Triana, el de las tres carabelas… Lo de menos es que éstas fuesen tan frágiles como cáscaras de nuez y que sus tripulantes corriesen el riesgo de morder el polvo del escorbuto. No, no… Lo peor es que no sabían adónde iban y, de hecho, no llegaron nunca adónde creyeron que iban. Mayor inseguridad, imposible. Imaginen ustedes que se suben en Madrid a un avión dirigido a algún impreciso lugar de las antípodas y que, una vez aterrizados, al bajar por sus escalerillas, descubren que están en Móstoles. Bromas aparte, es evidente que si Colón fuese un millennial o un centennial habría echado mano de un GPS y la Iberosfera no existiría ni yo estaría ahora escribiendo en su Gaceta.

Soy viajero casi de nacimiento. Tenía yo un año y algo menos de un mes cuando mi madre, su hermana y yo nos escapamos del Madrid que ya no era Corte, sino Checa, en un taxi tan destartalado como la Pinta, la Niña y la Santa María, burlamos más de doscientos controles de carretera en los que ondeaba la tricolor, pasamos por Valencia, llegamos a Alicante, cogimos una avioneta de los servicios postales franceses, recalamos en Orán, de allí a Melilla, de Melilla a Cádiz en un barco de guerra bombardeado por la aviación republicana en cuyo mástil flameaba la rojigualda, de Cádiz a Huelva, de Huelva a Vigo, costeando el litoral portugués y… No sigo.

De ese modo eché los dientes y volé los puentes. Viajar se convirtió para mí en comunión diaria. El 1 de agosto de 1964 crucé la frontera de Andorra con el pasaporte de un amigo y unas doce mil pesetas en el bolsillo, llegué de tal guisa a Italia, encontré allí trabajo de profesor en la Universidad de Pescara, de periodista en la RAI y de becario en el Centro Nacional de Investigación, todo eso sin papel alguno ni nadie que me lo solicitara, recorrí toda Asia y regresé a Madrid, con un salvoconducto, seis años después. Todo eso, por increíble que la peripecia suene, podía hacerse en aquellos días. Imaginen en éstos. El mundo, entonces, como de él dijo el escritor peruano, y por ello iberoesférico, Ciro Alegría, era aún ancho y ajeno, lo que a nadie impedía volverlo propio. A mí, al menos, curtido ya en aquel primer viaje de mi primera infancia, no me lo impidió. 

Se me ha ido la pluma al teclear este asomo de balada de las nieves de antaño. La inicié con el propósito de contar  como llegué a Guanahaní, digo, Méjico, en el curso de mi primera singladura por el ámbito de la Iberosfera. Tardé en hacerlo. Sucedió en 1979. Aquella noche, como dijo Colón en su diario, oí pasar pájaros ultramarinos que piaban en español. Quédese ese clamor de alas para mi próxima columna.

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