Creo que mi tenaz regionalismo no me engaña cuando encuentro especialmente interesantes las elecciones andaluzas. Se cruzan varias circunstancias inéditas. Dos ya las he tratado; queda una, muy llamativa, aunque todavía pasa desapercibida. No se trata de partir un pelo en dos con sutilezas inútiles, sino de entender cómo nos luce el pelo.
La primera peculiaridad, señalada desde primera hora, es lo que está en juego. El bipartidismo se presenta partido por el eje izquierda-derecha. Las opciones de gobernar de la izquierda son estadísticamente ínfimas. Está el morbo de ver cuánto de María Jesús Montero son capaces de aguantar los hombros proverbialmente anchos de los socialistas andaluces. Para la sociología y la psicología tendrá su aquel, sin duda, pero la trascendencia política brilla por su ausencia. Y brilla porque pasa por primera vez; y más aún, porque pasará mucho a partir de ahora. Aquí se juega si Moreno Bonilla revalida la absoluta o si Vox recupera la condición de socio imprescindible que tuvo hace dos elecciones. Eso es lo que está en cuestión.
Lo confirma un dato pasmoso. En la gran encuesta para el Grupo Joly realizada por Commentia, tanto el presidente de la Junta como el líder andaluz de Vox, Manuel Gavira, aprueban en valoración ciudadana. Suspenden, en cambio, María Jesús Montero (PSOE) y Antonio Maíllo (Por Andalucía). José Ignacio García, de Adelante Andalucía, también aprueba, pero eso no altera lo esencial: toda la derecha está en positivo y buena parte de la izquierda, no. La calificación de Gavira es extraordinaria, porque normalmente la valoración de Vox, al ser una media global, suele resultar muy castigada por sus contrincantes. El cambio social salta a la vista.
La segunda novedad ya comentada es que Vox no está lanzando las campanas ni las campañas al vuelo. Viene recogiendo velas, o sea, de ceñida, navegando contra el viento. Es una estrategia muy sutil que contrasta con los modos chillones que suelen gastarse en estas citas electorales. Aquí lo analizo.
¿Y la tercera novedad? Que, si Vox rompe esa mayoría absoluta —amortizada en más de un sentido— de Moreno Bonilla, su exigencia será considerable. Y deberá serlo. Algunos analistas, precavidos, se adelantan y sugieren que, si al PP le faltan pocos votos, Vox no debería entrar en el Gobierno ni exigir demasiado. Error: es ignorar que la campaña andaluza se está jugando en términos nuevos.
El quid, como decíamos, está en si se logra o no la absoluta. La cuestión no es alcanzar una cifra mágica, sino configurar mayorías. Eso, por lo demás, es la esencia de la democracia parlamentaria. El PNV lo sabe bien; y, a estas alturas, lo tendrían que tener aprendido en el PP por activa y por padecida. El manejo de las posibilidades de Vox no está siendo milimétrico par délicatesse, sino para esto.
A lo que hay que sumar la ya comentada valoración social, que es positiva para ambos líderes (la cursiva es mía y tiene toda la intención) de la derecha. Se adivina una cierta consonancia —con preferencias distintas, como es lógico— entre ambos electorados. No son lo mismo, pero tampoco se excluyen.
Finalmente, hay otro factor. Se vota con los acuerdos extremeño y aragonés en el escaparate. Eso implica que el modelo ya está establecido. Cuesta mucho abrir una lata; una vez abierta, basta con servirse. La negociación (el abrelatas) será mucho más fácil, pero importa más que se vota con las cartas sobre la mesa.
Todo confluye, factor tras factor, en que lo decisivo sea si se consigue la mayoría por los pelos o no. Ahí está —por un pelo— la divisoria de aguas del próximo gobierno andaluz.