«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Proxenetismo Político

23 de febrero de 2015

                       

Informan las televisiones nacionales del descubrimiento de redes de prostitución con relativa frecuencia. Las imágenes, en parques, calles y zonas de polígonos y almacenes son siempre muy parecidas: señoritas despechugadas y con minifaldas en las aceras, al lado de los coches o visibles junto a unos jardines. Lo que no vemos es a los proxenetas que las vigilan y que recuentan a los clientes para saber cuánto dinero deben darles.

En alguna ocasión las cámaras llegan en el momento de las detenciones. Entonces sí los guardias meten a las chicas en una furgoneta y llevan esposados a algunos hombres, uno de los cuales suele ser el jefe y se nota porque lo llevan el último y en manos de, por lo menos, dos guardias: uno a cada lado. Siempre, en cualquier lugar o momento se deben  respetar los grados y clases de los detenidos.

La verdad es que, visto desde lejos como ocurre con las televisiones, las imágenes que nos hieren a los televidentes no son demasiado diferentes de las que disfrutamos cuando se detiene a algunos peces gordos de las tarjetas “black”. Salvo las minifaldas, casi son lo mismo, porque también hay tarjetas y tarjetas y algunos peces son más gordos que otros. Es decir, que la prostitución y los partidos políticos tienen muchas más cosas en común de lo que a primera vista parece y es digno de saberse el cómo y los porqués de estas semejanzas.

La estructura del poder tiende a ser piramidal y así como hay sueldos de 450 euros también hay putas arrastradas que cobran 30 euros por servicio, pero si se suben varios escalones las mejorías de sueldo y de servicios pueden llegar a ser costosísimas y hay amantes de políticos y políticos amantes que cuestan un ojo de la cara y que van de un lado a otro montados en el dólar. Y se llega así hasta el mandamás, que puede llamarse “cabeza de cerdo” y cosas semejantes.

Creada la cúpula,  los procedimientos para la captación de las bases son muy sencillos: se hace la propaganda sobre las ventajas de un buen empleo, remunerado y fácil de cumplir y se engaña así a unos cuantos incautos o incautas. Una vez llegada la remesa de gentes engañadas se les hace cumplir jornadas de sol a sol, junto con noches de luna y sin luna y se les hace trabajar a todo trapo. Se les dice que tienen que pagar la manutención y el viaje y que deberían estar agradecidos y, si alguno o alguna se rebelan se les dan cuatro bofetadas para que sepan a qué atenerse.

La “Democracia” que vivimos se vuelve así en una perfecta Putocracia. Hay un chulo que, como Secretario General o Presidente, designa a dedo los cargos y al que todos deben respetar para que el empleo sea menos duro y la ganancia más substancial y así es como se llegaa ser puta de lujo, pero bajando la voz por el riesgo que tienen las paredes.

El sistema funciona así: nada de primarias para los afiliados y si hay primarias para nada sirven, pues para eso existen las gestoras. Silencio de las mayorías ante las cúpulas y plazos interminables para las adjudicaciones definitivas, evitando rebeldías e inútiles posicionamientos de disidentes. Hay gentes que se llevan mordiendo las uñas durante meses para saber si han sido designados a los salones o han de seguir en la calle.

De democracia interna, cero. Las encuestas mandan y las putas salen a la calle a pegar carteles y aplaudir asambleas para beneficio de los designados cuya misión es apoyar las decisiones que convengan al partido aún a costa del hundimiento del país. En consecuencia, la acepción más legítima de la Puto-cracia es ésta: “Dícese de los Partidos que someten a todos sus representantes a un clientelismo de putas y de putos que les consiguen los votos para defender un sistema con el que mantener sus trabajos supcionando del dinero público extorsionado a los ciudadanos”.

En definitiva, se entiende por “Puto-Cracia” al sistema político que rige en España desde mediados del siglo XX y cuyo fin está en el filo de la navaja hoy por hoy.

 

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