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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Qwerty

24 de mayo de 2023

En Nada en las manos, sus estupendos diarios, el profesor Jerónimo Molina, un poco nuestro ya en Ideas, se atrevía a definir la españolada: «El gusto de los españoles por entretenerse haciendo de españoles». Lo recordé al hojear Zoom a Lazaga, obra de Santiago Aguilar dedicada al gran autor de comedias que José Ramón Márquez, grande y libre crítico taurino, tuvo a bien regalarme.

En ellas se repasa el estilo cómico de las arquetípicas españoladas: películas de españoles haciendo de españoles que encantaban a los españoles. ¿Nos cansaríamos alguna vez de esto? De españoles hablando de españoles viendo a españoles haciendo de españoles… La única condición sería que fueran genuinos; con la capacidad, por ejemplo, para reírse de su propia colonización cultural. En El aprendiz de malo, de Lazaga, el personaje que interpreta José Luis Ozores ha de conseguir un uniforme para colocarse como portero de un cine en Madrid y ante la necesidad, decide planear el secuestro de un niño siguiendo el modelo de una película americana. Las españoladas ofrecían el contraste del español con la sueca, pero también del español con la cultura norteamericana.

Otra mina de las españoladas era el desarrollismo, el español ante el turismo, la compra del piso o el consumo; seguidas luego, con Pajares y Esteso, por otras en las que ya asoma la crisis del petróleo, el fin del industrialismo franquista y la economía de servicios.

En esos diarios, Jerónimo Molina recuerda sus juveniles exámenes de «mecanografía y taquigrafía» en 1981: «Disciplinas menestrales hoy decadentes que a mi madre tal vez le parecían la formación óptima para el propietario de una Olivetti Lettera 32 (…) y para hacerse un hombre de provecho».

En la juventud, tras haber acreditado dominio de la ortografía, tocaba dedicar un verano o las tardes a la máquina de escribir, una disciplina impuesta por las madres, que no era un oficio pero casi; algo mecánico y manual que, en nuestra huida familiar del campo, nos acercaba un poco más a la oficina, esto es, a la ciudad. A unas malas, podría permitirnos trabajar entre papeles y estar más cerca de los buenos trabajos, las profesiones liberales burguesas a las que solo accederíamos con mucho estudio.

Pero eran las madres las que nos sentaban a la mesa para eso. Era una responsabilidad suya. Al recordar el ruido del carrete, el peso específico de las teclas, el olor a tinta, el montón de folios y la repetición tediosa de los grupos de letras, qwerty, qwerty, qwerty, la estoy viendo a ella acercarse por el pasillo, inflexible.

Este recuerdo de Jerónimo tiene algo de melancólica españolada. Nosotros haciendo de nosotros mismos; ya fuera a principios de los 80 o un poco más tarde. Un mundo en ese detalle: la edad, el origen, la provincia… Las madres instruían al niño para la disciplina y, antes incluso que para la vida, para el mercado de trabajo. El niño era un poco niño-aprendiz y el hogar una escuela de oficios o una academia de secretariado como si, sabiamente, no se fiasen del todo de las cosas.

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