Te llamas Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Naciste en la ciudad de Madrid el 29 de febrero, que es un día que no existe. Hijo de Pedro y Magdalena. Tienes un hermano —sígueme de cerca aquí— llamado David, experto en tocar las chirimoyas. Eres presidente del Gobierno de España, un país situado en el suroeste de Europa, y secretario general del PSOE, un partido o una banda.
Estudiaste Económicas, te marcaste unos titulitos, y luego te escribió la tesis un chico del ex ministro Miguel Sebastián. De modo que eres doctor, así que aún estás a tiempo de diagnosticarte. Tu verdadera carrera fue afiliarte al PSOE en 1993 y diez años después, ahí sí que te doctoraste, fue ligarte a la hija de Sabiniano, capo del puterío nacional, a quien tu condición de socialista le daba bastante asquete hasta que lo vio como un plan de negocio. Abrochaste bien, porque ese mismo 2003 fracasaste en tu intento de sacar acta de concejal en las municipales de Madrid, y sería la última vez que se te cierran todas las puertas en Ferraz.
Tuviste la fortuna —mil veces maldita ahora por el protagonista— de cruzarte con José Luis Balbás, que te presento a Pepiño Blanco y, aunque tampoco lograste tu ansiada condición de diputado socialista en 2004, te apañaron concejalía tras la patada hacia arriba a Marta Tarduchy y la renuncia por motivos de salud de la ex mujer de Miguel Boyer. Un pinball en toda regla.
Casaste con Begoña Gómez y renovaste en 2007 tu acta de concejal, con Miguel Sebastián como candidato, y ahí con tu colega Óscar López te convertiste en un chico de Zapatero. Sabiniano confirmó entonces que tenía capacidad de mover hilos, que ya sabemos que la información vaginal es éxito asegurado, como diría más tarde una de las tuyas, y aprovechó la coyuntura para trazarte un plan que asegurara el porvenir de su hija lejos de las luces de neón. No por casualidad, por aquella época tu suegro decidió transferir —es un decir— la propiedad de la sauna gay Adán, y otros centros comerciales de la carne, a su hermano, pensando en que así el día de mañana llegabas a algo, que nadie pudiera decirte lo que todos te decimos ahora.
Así, en un par de años, lograste al fin ser diputado, vocación que te atraía porque la fonética del cargo no dejaba de sonarte familiar. Te pasaste unos años triscando por la bancada socialista en el Congreso, que es un edificio grande, lleno de gente, que tiene en la entrada dos leones, seguro que te suena. El pacto de la sauna dio su resultado, te alzaste con la secretaría general del PSOE en 2014 y ahí empezaste a enseñar la patita de una suerte de narcisismo fetén.
Impediste el Gobierno de Rajoy, y arrojaste a toda España a un colapso indefinido, y fue la primera vez que sentiste el placer de tener el poder de paralizar la nación. Armaste un lío del carajo dentro y fuera de tu partido y te acabaron enseñando la puerta, y el PSOE cometió uno de los mayores errores de su triste historia al no haberte expulsado incluso como militante.
No te querían ver ni en pintura, y caíste durante unas horas en la melancolía del sueño frustrado. Pero volviste los ojos hacia Sabiniano, que con seguridad ya sabía entonces la de grabaciones que había hecho Villarejo entre los vapores del Madrid de lucecitas rojas, y pensaste en la coletilla de José Mota: «¿y si sí?». Así que te montaste en un Peugeot con el diputado José Luis Ábalos, al que habías conocido poco antes en el Congreso, y te levantó la moral como solo él sabe hacerlo. Y se subió al coche también un electricista, que siempre viene bien llevar a un manitas en un viaje largo, y tu amigo Koldo, al que ya habías conocido en las primarias de 2014 en Navarra. Koldo no te parecía el más listo de la clase, pero te convencieron de que te odia todo el partido, y en esa tesitura, siempre está bien llevar un guardaespaldas. Aparte, entre Koldo y Cerdán, por puro contraste, tu guapura se volvería casi celestial a los ojos de las españolas.
Así que recorriste España en el coche con tus panas, buscando amigos para asaltar de nuevo la secretaría general, algo que lograste tras ganarle —ejem— las primarias a Susana Díaz y Patxi López, que desde entonces está feliz de permanecer bajo la suela de tu zapato. Bajo esa posición de poder el PSOE, y después de que tus amigos del coche te hicieran comprender que nunca llegarías a La Moncloa si no eras capaz de ganar, digamos, limpiamente ni en tu propio partido, se os ocurrió el golpe de asaltar la presidencia también por la puerta de atrás, para lo que recurriste una vez más a los bajos fondos, es decir, a todos los enemigos de España, prometiendo el oro y el moro aquí y allá, que luego el oro se esfumó y a los españoles nos dejaste solo el moro.
Te convertiste en el primer presidente en llegar a La Moncloa sin pasar el vulgar trámite de las elecciones y comenzaste a hacer, una por una, todas las cosas que dijiste que nunca harías. Desde pactar con Podemos, que te quitaba el sueño, hasta encamarte con Bildu, que nos repetiste no sé cuántas veces que jamás, jamás, jamás. Algunos cándidos votantes, en aquellos días, todavía no te tenían calado.
Desde entonces te has dedicado a disfrutar de la vida y a que a los tuyos —desde Ábalos hasta la Bego— no les falte de nada. No mediste bien hasta qué punto se puede someter la división de poderes en España en beneficio propio, y ahora, que la roña ha empezado a salir a flote, entre la prensa y el rodillo judicial, estás en un lío de dimensiones estratosféricas.
No tienes salida, no te quiere nadie en España, y se te acaba el abanico de tropelías que puedes cometer para postergar un fin de fiesta desolador, como el de tu amigo íntimo José Luis Ábalos, tu chófer, y tu electricista de confianza. De esta no te saca ni tu talismán Paco Salazar, que ha hecho vida la sabiduría popular de que tiran más dos tetas que dos carretas.
Confío en haberte refrescado adecuadamente la memoria.