Decía Lincoln que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo, y por mi vida que no recuerdo sentencia que, siendo cierta, sea más inane en política: ¿para qué quiero engañar todo el tiempo? Me vale con que la impostura se sostenga hasta las próximas elecciones, que luego ya Dios dirá. ¿Para qué necesito engañar a todo el mundo? Me basta con que me crea un número adecuado de electores.
El gran descubrimiento político del siglo XX fue que al común la realidad le trae al pairo, porque la realidad es sucia y tiquismisquis, llena de peros y sinembargos. El pueblo vive de mitologías, y quien presenta la mejor se lleva el premio.
Esto lo entiende la izquierda y le cuesta sudor y lágrimas a la derecha que, como el estamento oficial español de antaño, responde con un mamotreto ilegible de ochocientas páginas a unos dibujitos truculentos de los Cranach. A veces pienso que no es que la derecha no lo entienda, es que le da alipori esa mitificación tan cruda.
Pero la ultrasimplificación es necesaria en un sistema político, la democracia, que consiste en ganar la atención de un montón de gente que tiene mejores cosas que hacer. De ahí la necesidad de Maricarmen o de lo que se tercie.
La izquierda coge a Maricarmen e inmediatamente deja de ser Maricarmen y se convierte en Lucecita o Agustina de Aragón. Y van con todo, con Alberti y con guitarras, fondos buitre y “nuestros mayores”.
Ante Maricarmen, la leyenda, el icono, todo intento de puntualizar, de matizar, de contextualizar suena mezquino, de un academicismo árido como la hoja de cálculo que sigue esgrimiendo el PP como una bandera bajo la que nadie va a alistarse jamás.
Es legítimo sentirse frustrado ante estado de cosas, es comprensible deplorar que sigamos aferrados a mitos e infantiles vidas ejemplares. Pero no es muy práctico, no lleva muy lejos. Uno debe luchar con las armas que hay o cambiar las reglas, lo que no resulta demasiado realista a medio plazo.
Me apresuro a reconocer que no conozco bien el caso real, concreto, de Maricarmen, solo lo bastante para saber que a la izquierda no le importa gran cosa. Maricarmen puede convertirse en Paquita en el discurso de Bardem porque no se trata de un personaje real, del personaje real, sino de un símbolo útil que rima, forzando levemente la asonancia, con lo que quiera la izquierda.
Pero, una vez presentada, Maricarmen es irrefutable, porque solo lo racional es sujeto de refutación. ‘Desmontar’ a Maricarmen es fútil y desde fuera se ve como una cruel vivisección.
Por lo demás, Maricarmen es bandera del poder en otro sentido: es la encarnación estadística de su votante. La izquierda, que ya enfrentó a los hombres con las mujeres, ha encontrado un filón oponiendo a nuestros jubilados y prejubilados con sus hijos y nietos.