«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Revoluciones y revoluciones

5 de julio de 2026

Eric Voegelin fue un filósofo político e historiador de las ideas alemán que huyendo del nazismo acabó en Estados Unidos donde enseñó y devino americano.

Consideraba que el mal político contemporáneo era el gnosticismo, que venía de antiguo, de mil años atrás hasta Marx. El gnosticismo «inmanentiza el eschaton«, en frase que popularizó William Buckley, esto es, aspira a traer al Más Acá la perfección de la vida ultraterrena, gran problema de utopías e ideologías.

En los años 50, Voegelin, que rara vez opinaba sobre actualidad, reconocía que contra esa fuerza corrosiva los países que se habían mostrado más resistentes eran Inglaterra y Estados Unidos.

¿Cuál era el motivo de su mayor fortaleza frente a la fuerza milenaria del gnosticismo?

No estaba en su específica condición anglosajona (el «anglo» que dirían ahora bárbaramente) sino en las propias dinámicas históricas.

El estado de las distintas sociedades occidentales frente a esa fuerza disolvente tenía que ver con el momento en que ocurrieron las revoluciones nacionales. En las primeras, las acometidas, de un radicalismo menor, encontraron más fuertes resistencias.

En la Revolución Inglesa, siglo XVII, los puritanos eran al fin al cabo cristianos que se decían de mayor pureza, y el resultado final acabó conservando el parlamentarismo aristocrático y las costumbres de una comunidad cristiana.

La Revolución Americana (1776), aunque influenciada ya por la Ilustración, concluyó «dentro del clima institucional y cristiano del Antiguo Régimen». Cada año, y ayer en el 250 aniversario, la Declaración de Independencia celebra un documento que en parte consagra la ley natural.

Pero a partir de ahí la cosa cambia. La Revolución Francesa era de un gnosticismo radical tan fuerte que dividió la sociedad francesa y pasó en pocos años del Antiguo Régimen al Terror del Estado-Iglesia y su nueva religión.

Menciona también Voegelin la Revolución Alemana, siglo XX, donde sin instituciones lo suficientemente firmes se desatan las fuerzas del materialismo, la técnica y la biología racista, en suma, «la modernidad  sin restricción».

Como un arqueólogo que clasificara los distintas alturas de sus excavaciones, Voegelin entendía que había una estratificación en Occidente y que en ella, Inglaterra y Estados Unidos representaban el suelo más firme, antiguo y consolidado institucionalmente, mientras Alemania era su capa más moderna y progresiva.

Voegelin, erudito poco amigo de politiquerías, se decantaba así por el constitucionalismo anglosajón. Veía en esos dos países un rayo de esperanza, en su fortaleza de entonces y en sus instituciones, que representaban con mayor solidez «la verdad del alma».

A los 250 años, la Revolución Americana, irrepetible episodio histórico en que una fuerza de modernidad cristalizaba lo antiguo, lucha por sobrevivir y en su Constitución conserva vivos el mundo cristiano y clásico. No como mera palabrería, sino como realidades institucionales vivas.

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