«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Rothbard y el populismo de derechas

22 de marzo de 2026

Son frecuentes, y un lugar común en España, los ataques de liberales clásicos al populismo de Trump o de Vox.

Se repite como un cliché la oposición entre el liberalismo económico y el populismo de derechas cuando, en realidad, el populismo de derechas contiene lo liberal y hasta lo libertario. Así pensaba Murray Rothbard, el gran autor anarcocapitalista.

El economista estadounidense, desde posiciones iniciales de Escuela Austríaca, se acercó al populismo de derechas norteamericano, a anticipos del trumpismo como Pat Buchanan.

Su primera aproximación era estratégica. Consideraba que la querencia de los libertarios por las élites no era útil a su causa.

Además de su ausencia de logros electorales, ignoraban que el gran perjudicado del estatismo excesivo era el hombre común, «el ciudadano medio de clase media, no lo suficientemente pobre ni perteneciente a una minoría como para disfrutar de los privilegios gubernamentales, ni lo suficientemente rico como para beneficiarse de otra forma del Estado». Para dirigirse a este hombre, la vía era el discurso populista.

Rothbard, por supuesto, entendía la diferencia entre el populismo de derechas y el de izquierdas, que consideraba falso. Más aún: lo que consideraba indistinguible era el populismo de izquierdas y el propio funcionamiento del sistema. El fundamento de ambos era coincidente: un mundo estatista dominado por una coalición elitista de burócratas, empresarios y grupos influyentes.

En su opinión, los libertarios llegaban a ver bien el problema, pero fallaban en su estrategia, por seguir exclusivamente la vía hayekiana de dirigirse a elites. Por su propia naturaleza, las élites estaban orientadas a la conservación de un sistema del que formaban parte y del que se beneficiaban. La estrategia, por tanto, debía ampliarse: formar grupos dirigentes, pero también aspirar a lo popular sorteando a los medios de comunicación (la oposición de los medios es condición necesaria).

Rothbard lo decía expresamente: «la estrategia adecuada para los libertarios es el populismo de derechas», pero iba más allá de lo estratégico, porque, opinaba, no había nada en el programa de un populista como David Duke (el más polémico y escandaloso ejemplo, pues tenía pasado en el Ku Klux Klan) que no pudiera ser adoptado por los paleoliberales.

Por tanto, el acercamiento era ideológico, de contenido, de medidas, y así llegó a proponer un programa populista consistente en la reducción drástica de los impuestos, la abolición de privilegios raciales o de grupo, la seguridad en las calles, la defensa de los valores familiares y el America First, que no consistía en dejar que Irán desarrollara una bomba nuclear, sino en reducir o eliminar ayudas al exterior y abandonar «tonterías globalistas» que por entonces, primeros año noventa, alboreaban.

Aunque la coincidencia no fuera absoluta, veía el populismo de derechas, al menos, como una coalición posible para la difusión exitosa de ideas libertarias.

Esa convivencia se observa ya: políticas liberales junto a otras nacionalistas, proteccionistas o industriales, en coalición que anticipaba Rothbard. O sea, que el trumpismo tendría su visto bueno (haría falta saber si para los liberales madrileños Rothbard es lo suficientemente liberal).

El populismo de derechas no es, por tanto, antiliberal, ni antilibertario, sino el único cauce posible de su triunfo práctico.

Fondo newsletter