«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.

Rufián pide orden 

17 de octubre de 2025

El Gobierno británico califica de ideología terrorista sostener que la inmigración masiva es una amenaza para la supervivencia de la sociedad. El poder considera censurable decir que la cultura occidental está en peligro por la falta de integración de ciertos grupos étnicos y culturales que llegan en masa imponiendo costumbres que, de facto, construyen un Estado paralelo. Costumbres que pasan por encima de constituciones que son papel mojado ante la fuerza de los hechos en los menús escolares, la vestimenta femenina y el acceso en las ayudas sociales.

Denunciar todo esto supone engrosar las filas de los enemigos del Estado, que es tanto como decir que ya no eres el pueblo gobernado, sino el desplazado por el poder. Si el pueblo ya es otro cabe preguntarse en qué lugar queda el Estado, antiguo refugio y bastión de los desamparados, el Leviatán que imparte justicia y garantiza que nadie quede atrás porque lo principal es la supervivencia de la nación. Nada de eso queda en pie. Ahora el edificio público es una sucursal parasitada por poderes supranacionales que imponen agendas que rara vez votan los parlamentos nacionales. 

Ha causado revuelo (bueno, cierto revuelo, como sucede aquí cuando nos enteramos de un nuevo caso de corrupción después de soportar tantísimos) que en Londres vayan a abrir una mezquita en el mismísimo pub donde antes tocaba Iron Maiden. También leemos con moderada sorpresa que el antiguo dique de contención que fue el Vaticano ha habilitado salas de oración para musulmanes en su biblioteca apostólica. Dos noticias sin aparente conexión confirman que occidente progresa adecuadamente en su objetivo de lograr una sustitución poblacional.

Este desorden posmoderno ha perjudicado muy especialmente a los trabajadores, a las antiguas masas de votantes de la izquierda cuyos partidos les han traicionado condenándolos a barrios degradados y colas interminables en la sala de espera del hospital. Si hace unas semanas escribimos que tanto la derecha moderadita como la izquierda patinete no están en este siglo, hay alguien en el bloque de progreso que sí se entera. Aunque sea a medias. Es Rufián, que lleva alertando desde hace cinco años de que los obreros le gritan ¡Viva España! desde el andamio y ahora, como cayéndose él del andamio al que nunca ha subido, señala dos elefantes en su habitación: la inmigración y la inseguridad en las calles.

Dice Gabriel que la izquierda tiene que ser orden y que reclamar eso le ha costado que le caigan palos desde una supuesta izquierda pura. Rufián se abre de capa en La Sexta desde el patio del Congreso:

“La izquierda tiene que dejar de huir de debates sobre temas que le incomodan. Uno es la seguridad y otro la inmigración. La inmigración es un desafío y un reto en nuestros barrios. Y quien diga lo contrario y no quiera hablar de esto le hace un flaco favor a la izquierda”. 

Decimos que el portavoz de ERC en Madrid se queda a medias porque compara interesada y erróneamente la adaptación nacional de sus abuelos andaluces en Cataluña con la extracomunitaria de quienes ahora llegan a España desde cualquier país africano. Sin embargo, reconoce un problema real: la imposición de la cultura y religión islámicas.

“Cuando mis abuelos llegaron de Jaén a Santa Coloma de Gramanet les pidieron que se adaptaran a una serie de costumbres y valores… me parece que la izquierda tiene que decirle también a la inmigración que llega que se tiene que adaptar a los valores y a las costumbres que tenemos”. 

Sería interesante saber a qué costumbres autóctonas se refiere Rufián que recuerda a esos conservadores que alzan su copa por los valores occidentales. Porque, ¿cuáles son los valores de Occidente? A estas alturas de la historia convendría aclarar de qué estamos hablando, si de los LGTBI, la ideología woke, la revolución francesa o el cristianismo. El derrumbe moral ha movido tanto las manijas de la brújula que es complicado decir en 2025 qué es Occidente. Si son nuestras catedrales, monasterios, conventos, acueductos y el derecho romano o, por el contrario, los cursillos de deconstrucción de la masculinidad, la ideología de género y el multiculturalismo que, no perdamos la perspectiva, defiende de forma entusiasta el partido de Rufián. 

“¿Podemos hablar del sentido que tiene que un niño de 12 años no coma durante un mes en un comedor escolar por el Ramadán? Eso sería interesante de debatir para la izquierda. Tenemos que tener un discurso entorno a esto, y decir claramente que queremos una convivencia, una integración y un respeto en nuestros barrios”. 

Que sí, que Rufián se entera. Y Rufián habla. Y Rufián es consciente de que los barrios en Cataluña están islamizados y que sólo los ricos pueden permitirse el lujo de rendir las fronteras. Rufián sabe todo eso, pero vota a Sánchez y luego se disfraza de estadista pidiendo orden. 

Por cierto, qué buen retrato le habría hecho Vázquez de Mella, que en 1906 arremete en el parlamento contra quienes ponen tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias. 

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