«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Valencia, y diputado al Congreso por VOX.

Ser español

17 de agosto de 2025

No me negarán que no resulta, como mínimo, curioso. Nadie llamaría «valiente» a quien desertó en mitad de un combate; ni «rubio» al que luce una melena del color del azabache; ni «pobre» a quien posee varias mansiones; ni «flaco» a quien usa una talla XXL. Pero la inmensa mayoría de nuestros intelectuales y buena parte de nuestros políticos están no ya dispuestos, sino incluso entusiasmados, ante la posibilidad de colgarle la etiqueta de «español» al primer quechuaparlante con chilaba, adorador de Shiva, seguidor del Arsenal y aficionado al tofu que ponga sus pies en una playa de Almería. Como tampoco deja de resultar curioso que mientras estos mismos sujetos están dispuestos a admitir sin el más mínimo pestañeo que un tipo pueda ser «gordito», «gordo» o «gordísimo» y «rico», «muy rico» o «riquísimo», la españolidad se les antoje en cambio un atributo refractario a cualquier tipo de graduación, siquiera sea la muy elemental escala de «español», «muy español» o «españolísimo». De modo que en un mundo en el que todo —desde la belleza hasta el dinero— es mensurable, graduable, y categorizable, la condición de español no lo es: si lo eres, lo eres «tanto como Abascal» —reveladora muestra de plenitud ésta— y si no, no deberías desesperar porque tu españolidad puede estar aguardándote —literalmente— a la vuelta de la esquina.

Semejante planteamiento sólo es susceptible de encajar con una idea de la españolidad que, despojada de cualquier atisbo de conceptualización, y previa la renuncia a cualquier intento de reflexión etnográfica, historiográfica, lingüística, sociológica, política o incluso jurídica acerca de qué sea ser español, haga descansar esta condición en la mera posesión de un documento que la acredite. O, dicho de otro modo, en la idea de que son españoles aquellos que poseen la condición político-administrativa de tales, con independencia de cuáles sean sus raíces, su grado de identificación con la nación española, su efectiva aportación a la misma, y su compromiso de futuro con ella. Una idea —no se me negará— bastante más cercana al «son españoles los que no pueden ser otra cosa» de Cánovas del Castillo, que al «ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo» de José Antonio.

Siendo bienpensados, dicha posición tiene su justificación en una estructura social en la que la identidad nacional española apenas había sido atacada por unos pocos nacionalismos periféricos, y cuestionada por un puñado de intelectuales de corte liberal, mientras que el grueso de la comunidad la asumía con la naturalidad con la que se respira el aire que te rodea o se disfrutan los colores del paisaje. Y en un devenir histórico en el que el Estado que la nutre, la vertebra y garantiza su supervivencia había sido capaz de sobreponerse –cierto es que con más pena que gloria en algunos momentos– a amenazas externas ante las que otros en cambio habían sucumbido. Un panorama sustancialmente distinto al de otras naciones europeas, forzadas a lo largo de los siglos a vivir sin Estado (Irlanda), a sobrevivir a la desaparición de este Estado (Polonia), a verse partida en dos (Alemania), a contemplar cómo sus fronteras cambiaban cada pocas décadas (Rumanía), a inventarse (Checoslovaquia), o a reinventarse (Hungría), y para las que la reflexión sobre qué es lo que te convierte en lo que eres no resulta en absoluto prescindible. Quizás para un García de Salamanca sí que lo sea; pero para un Kovács de Cluj, para un Nikolić de Mitrovica, o para un Schneider de Bolzano, la pregunta de «¿Y tú, qué eres?» no es susceptible de contestarse por el sencillo expediente de echar mano al pasaporte y leer lo que diga en la primera página.

Sólo que España no está ya en esa privilegiada situación: hace mucho que nuestro país abandonó ese exclusivo club de las naciones que están tan seguras de sí mismas como para permitirse el lujo de obviar toda reflexión al respecto. Lo empezó a hacer cuando la fiebre del nacionalismo —propiciada por el servilismo del socialismo— empezó a cuestionar no sólo aquello que nos hace españoles, sino incluso la mera existencia de ese concepto; planteando primero la posibilidad de una España plurinacional, y más tarde la de una España mutilada en sus elementos definitorios. Y lo ha seguido haciendo a medida que las sucesivas oleadas migratorias —las procedentes de la América hispana primero, las de la Europa del Este después, las del Magreb a continuación, y la de los más remotos rincones del planeta en los últimos años— han alterado sustancialmente el tejido social de nuestros pueblos y ciudades, en los que cada vez resulta más habitual la presencia de guetos refractarios a toda forma de integración.

Uno y otro fenómeno nos abocan a reabrir el debate en torno a qué sea ser español: a qué es lo que te convierte en miembro pleno de esa comunidad nacional que desde hace siglos hemos llamado España. Se trata de un debate cuyo desenlace me resulta —al menos a mí– impredecible, y con el que incluso es posible que acabe estando en desacuerdo; pero es desde luego un debate necesario e inaplazable. Y, sobre todo —y digámoslo desde el minuto uno— un debate perfectamente legítimo. Tan legítimo —evitaré paralelismos polémicos— como el de determinar si aquel templo es gótico o románico; si aquel cantante es folk o country; o si este vino es un Rioja o un Ribera. De un debate al que sólo pueden oponerse —y se oponen— aquellos felices «ciudadanos del mundo» a quienes nada importa la identidad y la integridad de nuestra nación, o aquellos secesionistas resentidos a quienes nada haría más feliz que la efectiva desaparición de esa España que les oprime. Pero para el resto, definir o redefinir, en función de la Historia o de la Sociología, con miras a plasmarlo en una ley o relegarlo a las páginas de un ensayo, qué sea ser español es una tarea cada día más urgente. So pena que cuando lo hayamos determinado, nuestro descubrimiento tenga la misma utilidad para nuestros hijos que haber desenterrado un toro alado de las arenas de desierto.

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