«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en tres continentes, siete países y seis idiomas. Ha publicado ocho ensayos, entre ellos El buen profesional (2019), Ética para valientes. El honor en nuestros días (2022) y Filosofía andante (2023). También ha traducido unas cuarenta obras: desde clásicos como Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini y C. S. Lewis, a contemporáneos como MacIntyre, Deresiewicz, Deneen y Ahmari, entre otros.
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en tres continentes, siete países y seis idiomas. Ha publicado ocho ensayos, entre ellos El buen profesional (2019), Ética para valientes. El honor en nuestros días (2022) y Filosofía andante (2023). También ha traducido unas cuarenta obras: desde clásicos como Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini y C. S. Lewis, a contemporáneos como MacIntyre, Deresiewicz, Deneen y Ahmari, entre otros.

Show Taras

11 de julio de 2024

Hace unas semanas, un diario nacional abría con un reportaje titulado: «La mujer casada con un muñeco de trapo y con tres hijos explica el día a día en su casa: «Es igual que el de otras familias»». Seguían jugosos detalles: cómo su «historia de amor» empezó en plena pandemia, cuando le pidió a su madre que le hiciese un muñeco de trapo para bailar con ella en los directos que hacía en redes sociales desde su casa, cómo entonces sintió un flechazo; sostenía la mujer que su marido «incluso con su discapacidad, vale por diez hombres», y que es mejor que un hombre de carne y hueso porque «lo que yo digo lo acepta»; nos contaban cómo cazó a su marido de trapo entrando en un hotel con otra y lo tuvo castigado tres días por su infidelidad flagrante; etcétera.

No merece la pena citar al diario, porque además sería injusto, estando como está extendidísima la práctica; y además no vamos a contribuir a lo que enseguida reprobaré como se merece. Llevamos un tiempo viendo reportajes de gente con graves taras mentales, desde personas que se autodeterminan perro a parejas en los que él se considera un bebé y ella lo trata maternalmente, pasando por quienes se casan con grúas o incurren en sologamia; reportajes en los que los protagonistas exponen sus taras con todo lujo de detalles y a cara descubierta. El mal, además, no es privativo de los medios escritos; en el reportaje que citamos se hacían eco de una visita al plató que la pobre señora había hecho, en concreto a la enésima deposición de Tele 5 que dirige una tal Cristina Tárrega.

No dudo ni por un instante que entre quienes consumen esta bazofia hay quienes se manifiestan muy preocupados por la salud mental y ultraempáticos con quienes la sufren; y que se les olvida en el mismo instante en que pueden consumir desgracias ajenas. La hipocresía, cuando se junta con la mezquindad, produce estas paradojas. El medio, por ejemplo, comentaba que «algunos han creído en todo este tiempo que [esta mujer], más que querer fama como influencer, puede tener un problema de salud mental. Sea como sea, [esta mujer] sigue alimentando su historia de amor a diario y ahora acaba de aterrizar en España con su familia (ellos, en la maleta) para contarla». Sea como sea, vamos a chotearnos del que sufre, porque una cosa es escribir el hashtag #SaludMental cien veces y otra ser misericordioso.

La misericordia, como la compasión, es una cosa que muchos han desdeñado por sonarles religiosa, cuando es de estricta humanidad atenerse a ella. Dice el DRAE que la misericordia es la «virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos». También la virtud ha de ser una cosa religiosa, viendo cuánta gente, por creerse atea, se dice exenta de ella. Lo cierto es que nadie está exento de la ética, que además es universal y objetiva, y que para entretenerse con quien padece gravemente hay que estar podrido por dentro.

Parece que faltan bufones para solazarse: vale entonces recurrir a la miseria ajena (sea como sea). La noticia puesta en Twitter —duele escribirlo— venía con dos emojis, un corazón y un peluche; lo cual da para otra reflexión: ¿qué clase de bagaje, en cuanto a los sentimientos morales, tienen quienes gestionan las redes sociales? «Escrúpulos» parece ser una esdrújula en vías de desaparición no sólo en el Congreso, sino también por estos lares.

A quienes me intenten vender esto como «visibilizar la diversidad» les respondo que hay que tener poca vergüenza. Supongo que serán los mismos que van al Ganges a encontrase a sí mismos en plan espiritual, como nos contarán antes o después en Facebook o Instagram. Si ahora existen los ghetto tours y el turismo «de ir a ver pobres» —hacerse selfis en favelas, encontrar el sentido de la vida junto a «quienes no tienen nada»— es precisamente porque cada vez se trata menos de hacer el bien, y más de pasar por catárticas experiencias pseudomorales para luego retornar emocionalmente purificado al mundo de antes, en el que poco importan la esclavitud o la soledad mientras a uno no le afecten directamente.

Escribe Djuna Barnes en El bosque de la noche: «Le aseguro, madame, que si un día una mujer diera a luz a un corazón servido en bandeja, este gritaría «Amor» y se estremecería como el anca cortada de una rana». Me acordé de la bella imagen de Barnes cuando iba a por un antiemético al comprobar el circo que se había montado con la pobre mujer, separada del padre de sus hijos (estos sí, reales). Quien crea que es mejor que ella que se tiente la ropa de sus afectos, y que ruegue porque, si llega el día en que su corazón quebrado infarte sus entendederas, no haya descerebrados que coman palomitas con su desgracia.

Estimados medios: dejen de exponer a personas mentalmente enfermas entrevistándolas. Estimados periodistas que firmáis estos reportajes: si no sabéis con qué completar vuestras mil palabras de mañana, investigad lo que merece indagarse o estudiad un poco y contadnos algo que de verdad nos ilustre y nos conmueva. Forman parte de la ética profesional la prudencia y la misericordia, y tampoco vosotros estáis exentos de mejorar el mundo, o, cuanto menos, de no embarrarlo. Estimados lectores y telespectadores que pagáis la publicidad programática de los medios que airean estas cosas o de las marcas que acolchan los programas de Tele 5: debería darles vergüenza. Esa mujer que ven ahí, con su terrible tara psicológica que un día, cuando ustedes ya no miren, si no se toman medidas, le explotará con fatales consecuencias personales y para sus dos hijos de carne y hueso, esa mujer, como les digo, es su prójima, esto es, una persona con la que coexisten y una dignidad que exige su defensa. Si no sienten un microrrotura en el corazón y bajan la vista ante una criatura que ha perdido la cabeza es que valen menos que un pedazo de trapo.

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