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Nacido en Madrid, de madre inglesa, casado y padre de cuatro hijos, es un empresario, abogado y articulista que pasó más de una década inmerso en el mundo de la política madrileña. Sus pasiones son escribir, la empresa y la política.
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Nacido en Madrid, de madre inglesa, casado y padre de cuatro hijos, es un empresario, abogado y articulista que pasó más de una década inmerso en el mundo de la política madrileña. Sus pasiones son escribir, la empresa y la política.

Sólo quedan dos años

Uno de los males de la derecha española es el afán por reducir la política a la gestión. En palabras que podrían ser de una combativa lideresa hoy retirada, aunque felizmente locuaz, la derecha siempre se empeña en coordinar más que en liderar.  

También hay una especie de intuición general por la cual el papel natural, reitero lo de natural, de la derecha es gobernar -sabemos hacerlo- mientras que la izquierda debe estar en la oposición. De ahí las prisas cuando se invierten los papeles. El pensamiento de «qué hace ese tipo ahí” es recurrente. Recordemos la estupefacción que trasladaba Rajoy cuando veía a Zapatero en su puesto. Estupefacción con poca base, pues ZP le ganó todas las elecciones y según las encuestas, casi todos los debates.  Hay que asumir que la izquierda en España gobierna, y ha gobernado mucho; tanto que España está muy arriba en el ranking europeo de los países donde la izquierda ha gobernado más tiempo.

Nos quedan, pese a las ansiedades que produce, dos años largos de Sánchez. No creo que la coalición Frankenstein se suicide antes de tiempo y menos a la vista de lo que marcan las encuestas. Sólo un crecimiento descomunal de Podemos podría precipitar un anticipo de elecciones y con los mimbres que tienen, no parece que vaya a suceder.  Quizás ocurra, como en Madrid, un sorpasso de los radicales light de Errejón pero estos no tienen poder para anticipar las elecciones.

Gestionar está bien, pero esta vez desde unas bases claras. Hay dos años por delante para cargar de ilusión a los españoles

La derecha durante estos dos años largos que quedan debería dedicarse a erosionar aún más (si cabe) al Gobierno, pero también debería asentar las bases de un futuro gobierno.  Dicho gobierno debería ser de radical transformación de España. Por fin vamos a necesitar unas políticas modernas y serias, que lleven a menos Estado y más protagonismo a la sociedad y a las personas. Vamos a acabar con una deuda impagable salvo que empecemos a cambiar la estructura económica y muchas actitudes. El ejemplo de Madrid que crece casi un tercio más que el resto de España es claro. Las sociedades en las que se liberaliza y se retrae el Estado agobiante son más resilientes, por usar la palabra de moda. Hay que poner las bases para acabar con el infierno fiscal que viven sobre todo autónomos y Pymes.

Hay que establecer las bases de la batalla cultural que habrá que acometer. No podemos seguir perdiendo el tiempo y la energía con las políticas de género, la memoria histórica y demás zarandajas divisorias de la izquierda. La inmigración requiere de forma urgente un marco estable, decente y que fortalezca nuestra sociedad, y no al revés.

Las comunidades autónomas deben ser recolocadas en su rango y objetivos. Deben recuperar su subsidiariedad constitucional y dejar de ser un reino de taifas ridículo y carísimo con notorios fracasos en educación, vivienda, sanidad y política económica.  Debe haber una unidad de mercado y no una docena de capitalismos de amiguetes regionales que lastran la cohesión y el crecimiento nacional.

Gestionar está bien, pero esta vez desde unas bases claras. Hay dos años por delante para debatir, hacer programas y empezar a cargar de ilusión a los españoles. Si se deja todo para una negociación después de las elecciones, las cosas no irán bien; y lo que es peor, perderemos todos una gran oportunidad.

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