«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Sondeando chiringuitos

14 de agosto de 2025

Malas noticias para el PSOE, partido choricero que lleva casi 50 años en el empeño de que a España no la reconozca ni la madre que la parió. Empeño inútil, empeño frustrado, empeño que conduce a la melancolía. Son estos días de veraneo, de muchos viajes, muchos ambientes y mundos, y muchas cañas con amigos nuevos y viejos, de esos que ves una vez cada cinco años. Mi trabajo de columnista consiste en beber cerveza. Mi trabajo de columnista consiste en escuchar todo lo que ocurre alrededor mientras bebemos. Son dos formas de verlo. Daré un apunte previo: la Agenda 2030 tiene tanto éxito en las tertulias de los bares de España como los chupitos de leche sin lactosa.

La charla de bar, aunque moleste a sus señorías, sigue siendo el mejor termómetro, lo escribo como cronista del país de las cogorzas, pero también como sociólogo, título que oculto —al revés que muchos diputados— por miedo a que me confundan con Tezanos, que aún encima fue profesor mío y todavía no me he recuperado de la España de ficción que pintaba en aquellos libros gordos que nos obligaba a leer. 

Malas noticias para el PSOE, decía, porque España sigue siendo, a grandes rasgos, la que era. No deja de asombrarme que tras años soportando la lluvia ideológica fina de este Gobierno de desquiciados y desquiciantes, el pueblo siga exhibiendo un sereno sentido común, ajeno a toda contaminación política, y una inédita falta de complejos sobre sus posicionamientos. Ya nadie baja la voz para estar de acuerdo en algo con Santi Abascal, ya nadie disimula gruesos adjetivos al Gobierno, ya nadie presume de ser de tal o cual partido de toda la vida, nadie teme hablar de inmigración, de seguridad, de terrorismo islamista, o del terrorismo fiscal de Hacienda. 

El ciudadano común parece haber asumido que, tal y como están las cosas, corre más riesgo de escarnio y persecución el periodista en cualquier tertulia televisiva que él por alzar la voz con los amigos del bar, y está tan harto que ya le da igual todo. En cambio, he notado —en los amigos progres y en los derechosos— que la gente se revuelve fuera de sí cuando alguien les insinúa cierta connivencia con Sánchez. Ni los suyos quieren que le relacionen con él. Hacía mucho tiempo que la política española no lanzaba al tendido a semejante apestado social. Justo es decir que el hombre que susurraba a los narcisos se lo ha ganado a pulso.

Quizá porque la gente común no vive en coches oficiales, ni pasa sus vacaciones en palacios y destinos exóticos, sino que convive a diario con los problemas reales, esos que ni siquiera es posible debatir en el parlamento, porque los políticos mainstream dicen que no tienen solución, o porque siempre hay alguien capaz de frenar la conversación asegurando que algún colectivo podría sentirse discriminado. 

La inmensa lluvia de propaganda desde los medios públicos, en fin, ha tenido un efecto inexplicable e inesperado entre los ciudadanos españoles: ninguno. A lo más que hemos llegado es a un cierto descrédito general de la clase política, y a una cierta desafección hacia todos los partidos, pero eso no es un logro de Sánchez, que ya lo consiguieron todos los gobernantes españoles desde al menos los Reyes Católicos; y Dios me perdone por escribir «Sánchez» y «Reyes Católicos» en la misma frase. 

No sé lo que finalmente votará esa gente, el único sociólogo adivino es Tezanos y, aunque falla más que escopeta de feria, no me extraña, con su sueldo y sus cosillas yo también sería adivino, pero ya no hay duda de que, a derechas e izquierdas, a clases altas o gentes humildes, a españoles del norte y del sur, sigue imperando el sentido común y el desprecio a la incompetencia sanchista, al que ni siquiera critican, lo obvian al hablar de los problemas de España, porque ya dan por supuesto que el presidente garrapata jamás hará nada por los españoles, que lo mejor es ni siquiera perder el tiempo en mentarlo, por si el gafe es contagioso. 

Arde España, tristísima, estos días. Arde España y hay culpables y ninguno es el cambio climático. Arde España, en fin, literalmente, ahora, pero la nación lleva en llamas siete años.

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