«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.

Starbucks Bernabéu

19 de septiembre de 2025

Ya sólo quedan modernísimos estadios sin alma que entre semana albergan colas para hacer el tour con parada en el museo y selfi final en el vestuario, antiguo reducto sagrado del futbolista, guarida de tantos secretos, al que no entraba ni el jefe de prensa y hoy es un showroom para regocijo de chinos, árabes e hispanos del little Caracas madrileño que luego arrasan en la tienda oficial.

Ni siquiera el fútbol se ha librado del globalismo y otras lacras posmodernas. Antes allí íbamos a desconectar, a pasar un buen rato y también -aunque no lo supiéramos- a reencontrarnos con el sentido de pertenencia, la tribu, («los de colorado son los nuestros», gritaba Bilardo) que la sociedad occidental, alérgica a cualquier identidad por inocua que sea, nos había arrebatado.

Leo que el Real Madrid (o sea, Florentino) ha abierto un Starbucks en el Santiago Bernabéu, el estadio vanguardista con techo que cierra (pero ya no abre) y césped retráctil. Tan moderno por dentro como horrible su exterior, mamotreto fuera de escala y estilo más propio del extrarradio de una gran ciudad. 

Pero vamos al grano, al de café. El local abierto por la multinacional estadounidense es el más grande de España y aterriza en Chamartín cuando la Comisión Antiviolencia contempla sanciones a los aficionados que beban. Que beban alcohol, digo. Habrá controles de alcoholemia en la puerta de los estadios y multas de entre 3.000 a 10.000 euros a quien vaya perjudicado. 

La normativa está hecha para el aficionado añejo que hasta los 80 iba al fútbol como a los toros en los pueblos: con una bota de vino y un bocadillo de medio metro. El palco vip mantiene la barra libre y se convierte en paradigma de un mundo —el globalista— cuyas élites nunca se aplican el cuento que imponen a los de abajo. Lo mismo ocurre con los coches de combustión que ya no pueden circular por la ciudad mientras quien dicta tal arbitrariedad viaja en avión privado. 

Hay una expulsión de los nacionales, del ciudadano corriente, en detrimento del mundo del dinero y el fútbol tampoco se ha librado. Todo está en venta, hasta la propia cruz del escudo cuando molesta para hacer negocios en Oriente.

La pasión es relegada por capital extranjero. Hace años que las gradas de templos como Old Trafford o el propio Bernabéu se han convertido en lo más parecido a una asamblea de la ONU. Hasta el Atleti, con su hinchada ruidosa, tampoco es lo mismo. El flamante Metropolitano es una cáscara vacía, una bellísima construcción con luces de colores que palidece cuando nos acordamos del viejo Calderón, que olía a fútbol desde que uno salía del metro.

Casi todos situamos el origen del mal a principios de los 90 con la conversión de los clubes en sociedades anónimas deportivas, ley que arrebató el poder a unos socios que ya no pintan nada en este negocio. Ahora hay partidos lunes y viernes y los fines de semana en horario ininterrumpido para ajustarlo al prime time de China o América. Han matado la emoción del domingo por la tarde, en memorable librito de Rafael García Serrano de aquella España de transistor, copa y puro.

No hace falta irse tan lejos. Las gradas que rugían antes de ayer son ahora una colección de maniquíes elegidos a dedo por los directivos, jovencitos adictos al tik-tok que miran la pantalla más que al césped. La gran paradoja es que la tecnología ha llevado el fútbol a todo el planeta y lo ha matado en el estadio.

El Starbucks de Florentino es el cierre del círculo de su etapa como presidente y la confirmación de la expulsión del hincha de su hábitat natural. Adiós al colorido en la grada, los cánticos y las pitadas que hacían temblar las piernas a porteros y árbitros. El miedo escénico del que hablaba Valdano se diluirá con el suave aroma a café de Sumatra. No se me ocurre una previa más loca que mojar un muffin de arándanos en un caramel macchiato en vasito de cartón.

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