El 15M fue el grotesco inicio de ratas a la carrera, oportunistas locos por surfear esa ola de indignación juvenil en beneficio propio, y a fe que lo consiguieron. Con lemas trasnochados y pueriles que querían sonar frescos, aunque ya eran viejos después de Mayo del 68, y pancartas pasadas por el fijador de las facultades de cochambre y escrache, empezaron a destacar de entre las tiendas de campaña, megáfono en mano, algunos comunistas profesores universitarios, chavistas ladrones (disculpen la redundancia) que venían de colaborar en la ruina de un país y llevándose la pasta a cambio de dejarles en la miseria y en manos del narcoterrorismo.
Fue el tiempo propicio para los vividores sinvergüenzas y bribones que supieron anticiparse y adivinaron la jugada del rédito que podían obtener con el ancestral pastoreo de bobos. A aquel movimiento le sacaron jugoso provecho formando un partido político que, con la colaboración de los medios de comunicación y la candidez de un electorado infantilizado y con profundas deficiencias culturales, le vendieron la moto a pobres impedidos del intelecto que decían las típicas sandeces, como que los del círculo y las asambleas y tomar el cielo por asalto «eran nuevos». Pues vale.
Dado el éxito de aquellos dirigentes, que se enriquecieron en tiempo récord a pesar de las disputas y fracciones internas, y de que algunos tuvieron que apartarse de la primera línea por tener las manos largas y el pito siempre enhiesto (pobre Errejón, sin cálidos vientos latinoamericanos pero siempre caliente), 15 años después del 15M, los nuevos revolucionarios sin revolución y opositores contra la oposición quieren repetir la jugada.
Son legítimos los anhelos de chalet con piscina, colegio privado para los hijos y taberna pagada por los acólitos. Mientras llegan hasta ahí, le dan a las palmas con melodías de canciones sobre terratenientes, y a la guitarra con Ismael Serrano como referencia, que sigue buscando la arena de playa bajo los adoquines mientras adoquina el corazón y la cachucha de lerdas 20 años menores.
En el bestiario de Sol hay de todo, proscritos del instituto, menores de diecinueve queriendo vivir nuevas experiencias (como es lícito a esa edad) y conocer gente entre yonkilatas, humus, humo de porros y banderas palestinas; y también adultos que no dejan pasar una: llenos de consignas y clichés y movidos por la determinación que insufla el llevar mucho tiempo sin sexo, su voluntad por enterrar el muñeco es mayor que la incomodidad que supone, pasados los 30, dormir más de dos noches seguidas sobre una esterilla.
Lo que nunca falta es un golfo con un micrófono intentando poner orden ahí, ser el líder del movimiento «espontáneo», y también activistas profesionales que van de tienda a platós; varias aspirantes a ser la nueva Irene Montero o Ada Colau con crucero por el Mediterráneo, una vez que Maricarmen les ha servido como la Juana Rivas de la vivienda. Un trampantojo que sólo se pueda usar hasta que se tenga que tirar.
Ni los cabestros totalitarios son lo que eran. Antes el comunismo de mano de hierro torturaba en las checas, metía a la gente en camiones y cebaba fosas comunes con opositores, con enemigos y amigos, y ahora, en la época de las redes sociales y las sentadas para TikTok, se ha convertido en Barrio Sésamo para chavales en la edad del pavo y cuarentones con crisis de identidad; organizan clases de yoga, batucadas transfeministas, cartelería parvularia y copan el espacio público con similitudes al Viña Rock y el terrario de sus obsesiones con estética de campo de refugiados, mientras se presentan con sus pronombres.
Estas revoluciones de malabaristas de semáforo mueren cuando se monetizan los sueños, y hasta el sistema sabe ordeñar a los que cándidamente creen que se están oponiendo a él. De las antiguas acampadas de orines en huerto ecológico, talleres ecosostenible y retales de lonas salieron vicepresidentes, ministros, una vicealcaldesa y bastantes miembros de la Asamblea de Madrid, y en cuanto a la vida de «la gente», pues lo único que fue de abajo arriba fue la cuenta corriente de los espabilados populistas sableando imbéciles.
Lo que llegó con el pacto de perdedores es bastante actual: años de corrupción inabarcable, la banda el Peugeot, la ETA política asociada con el Gobierno y blanqueados los asesinos en tercer grado, violadores en la calle e ideología de género reventando de puro disparate, con los jóvenes reclamando un autoritarismo preconstitucional que nunca vivieron pero que añoran por oposición a la bazofia que conocen.
Puede que extrañe algunos festivales de bendita inocencia entre camisetas del Che y «durmiendo» en sacos, cuando el cuerpo aguantaba todo lo que le echaran, incluso echarse donde fuera, como hacíamos en Ribadesella cada primer fin de semana de agosto, aunque no viéramos ninguna piragua. No sé si soy tan crítico porque algunos de esos mamertos me recuerdan mi juventud perdida o porque, como diría Federico, me recuerdan a mí mismo cuando era gilipollas.