«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Trump, otra vez hombre del año

31 de diciembre de 2025

Si 2024 fue al año del milagroso regreso, 2025 es el año en que Trump cambia el mundo. Cambia al menos la conversación. En el mundo más o menos civilizado (ciertamente, no aquí) se habla más de energía que de cambio climático, la inmigración ha dejado de ser un tabú inevitable y lo woke queda lejanísimo.

Y sin embargo, sigue sin haber una perspectiva clara de su ejecutoria presidencial. En el bando de los contrarios siguen los mismos, ya con cuadros enfermizos: la izquierda al completo y la derecha demodé, pepera aquí, marcada por un odio aun mayor que el de la izquierda. Aquí es variado el pelaje: libcoms quiméricos, liberales de pajarita, otaneros cucú, personas de gran virtud católica…

Y 2025 ha sido el año, también, en que Internet dejó de ser la salvación contra los legacy media (los medios tradicionales). De las redes, de los influencers, de los podcast, de Twitter salía una distorsión tan mala o peor que atacaba al propio movimiento MAGA, a su integridad, su coalición y la realidad de sus logros. Si malo era poner la tele, peor era leer X/Twitter. Esto se ha visto en España, alcanzó España, sobre todo con la excusa de la política exterior, a la que Trump ha dedicado no poca energías en su primer año, arriesgando mucho, pues las elecciones de mitad de mandato podrían depararle un Congreso hostil e impicheador.

Al calor de la feroz competencia por la atención en Internet, Trump ha sido visto, a la vez, como un siervo de Rusia (por los obamistas de la Trama Rusa y, a la vez, por las sensibilidades neocones), de Israel (por personas movidas por la abrasadora pasión antisionista o antisemita) y del Deep State (por la rama conspiranoica y la prorrusa), pero Trump ha mantenido sus promesas electorales, los compromisos internos y alianzas externas con difíciles equilibrios y una política que no es neocon, ni es aislacionista y que en cosa de meses, con altibajos, inercias y concesiones, ha ido terminando con el modo imperial de extensión de la democracia mediante invasiones o revoluciones de colores (quizás la penúltima pueda intentarse en Irán). Todos estos detractores de Trump, muchos de ellos nuevos, temían/deseaban una Tercera Guerra Mundial de la que por el momento no hay señales. «Muñeco de Rubio», «marioneta de Putin», «sirviente de Bibi»… Pero Trump conduce la negociación para la paz en Ucrania (guerra que no comenzó), ha logrado la paz en Oriente Medio o el fin de la destrucción (que tampoco comenzó con él), y ha ido dejando clara la idea, a partir del discurso de Vance, de que Europa debe tomar las riendas defensivas de su destino. No se puede hacer más en unos meses. ¿Alguien, en su sano juicio, puede sostener que el mundo es más peligroso que con Biden? ¿Alguien puede sinceramente comparar la política de Trump con la de los Bush? Los influencers de morbo geopolítico, y no digamos ya del incelracial, son el precio que pagamos por la libertad de expresión en la red.

Y la distorsión con la política exterior se ha proyectado hacia la interior. Trump cumplió también aquí con lo prometido: ha sellado la frontera sur del país, ha expulsado a 600.000 ilegales y estimulado casi dos millones de autodeportaciones; Trump mandó la Guardia Nacional para restablecer el orden en algunas ciudades y ha conseguido logros en seguridad: un descenso del 20% en la tasa de homicidio, del 18% en robos…

Trump desarticuló lo woke, que ya nos parece algo remoto cuando aquí el PP estaba a puntito de poner un candidato trans; desmanteló la política de discriminación antiblanca del DEI; lucha contra los sindicatos profesorales que intervienen la educación, y ha golpeado la financiación de las ONG ideológicas imperiales.

Con un equipo más fuerte y preparado, Trump repite con más convicción la lucha del primer mandato. Se trata de recuperar poder para el Ejecutivo de manos del Legislativo y de los burócratas no electos. En Internet piden que se convierta en Napoléon, lo que daría la razón a la izquierda, pero la realidad es que lucha constitucionalmente por un sentido más democrático del poder ejecutivo. En esa lucha hay una batalla jurídica y de interpretación. Un ejemplo es la dación de cuentas de los altos funcionarios de las agencias federales. Trump pretende que dependan de él, la cuestión acaba en los tribunales y será la Corte Suprema la que decida. La Corte puede ir dando nueva forma y matiz a la relación de los poderes. Es un asunto tan importante o más que el resultado del Midterm.

Y queda la economía, que decidirá esas inmediatas elecciones. En el último trimestre, y contra los augurios, la economía ha crecido un 4’3 % y la inflación ha caído al 2’7%. El déficit del gobierno federal es un 19% menor. No es el hundimiento que se anunciaba por su uso sacrílego del arancel. Trump está metiendo cosas en una olla: el recorte de impuestos de la Big Beautiful Bill (rebaja también para trabajadores, cosa que se calla), un incremento en la producción nacional de energía, la desregulación del DOGE, los ingresos de los aranceles, y las cuantiosas inversiones extranjeras en Estados Unidos que él mismo negocia. Todo eso hierve y empieza a dar resultado. Quizás el guiso esté listo antes de que surja otro cisne negro.

Ya sabemos algo: su economía crece y lo hace cuando la migración en términos netos ha caído por primera vez en medio siglo, quizás desde que en 1965 la Ley Hart-Celler abrió el país a todo el mundo. La economía crece y baja la inmigración (por primera vez se va más gente que entra). En esto hay un gran titular, un axioma roto, el desafío a uno de los principios del globalismo.

Reagan tuvo la Curva de Laffer: bajar los impuestos aumentaba la recaudación. Trump encuentra esta nueva relación, que contraviene el gran dogma del último medio siglo: crece expulsando inmigración (España está justo en lo contrario: crece con, por y para la inmigración).

La importancia de su año 2025, por tanto, es colosal: adiós al credo verde, adiós al woke, adiós al imperio expansivo en favor de una aproximación gradual a la doctrina Monroe (prepotencia que puede, a la larga, parecerse más a una legalidad internacional), e inmigración negativa con boom energético y crecimiento.

Y ¿qué se dice de Trump? Incluso en la derecha de la derecha andan despistados. Y sin embargo, el adjetivo «trumpiano» es fundamental. La lucha por su significado, por su sentido, positivo o negativo, y por su contenido y ajustada definición sigue siendo una lucha periodística y política  fundamental.

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