Nos gusta pensar que el tiempo y la realidad suelen tener esas perversiones catárquicas de poner a cada cual en su lugar, deseamos creer que la vida puede llegar a ser como el cine plano, convencional o simplemente mediocre, donde los malos lo son sin matices, los buenos se identifican como héroes sin mácula, y al final todos los villanos encuentran su merecido castigo, el protagonista se casa con la chica (buenorra) y final feliz deja de ser una contradicción.
Es verdad que a veces la existencia nos da tregua y conseguimos hallar algo de esa justicia poética, que nuestras malas acciones del pasado encuentran un presente de redención, o que tenemos esa sanadora sensación de que en algo se ha reparado un agravio. Todo parece cobrar sentido y la bondad se impone, como en el cine de Frank Capra.
Durante estos interminables y tortuosos años de sanchismo, cualquiera que más o menos haya querido mostrar su desacuerdo, expresar una pequeña queja o una desavenencia con su Gobierno, ha podido ser descalificado gratuitamente por los más faltos, que confunden la crítica legítima con estar sentado a la derecha de Benito Mussolini. Toda salida de filas del argumentario del oficialismo es etiquetada por la estulticia dominante como extrema derecha, facineroso, ultra, etc. Te llaman ultra, sí, los que gobiernan con Otegui, ¡y se quedan tan panchos, los desgraciados! La brújula moral no es que haya perdido el norte, es que la han reventado y arrojado a un vertedero.
Seguramente usted lo haya tenido que sufrir en su entorno familiar, laboral o de amistades, sobre todo si se encuentra alguna vez en minoría. Comentarios, bromitas, trato condescendiente… la altivez del que cree vivir en una atalaya porque lo bueno es de izquierdas y la izquierda es inequívocamente acertada, salvo accidentes que tienen fácil explicación si todo responde a una persecución, o a casos aislados.
Por eso tú (permíteme el tuteo, se hace esto más ameno) que has aguantado todo eso y más, resistido con estoicismo al progre bobo de turno (o puede que hayas caído en esa horrenda tentación de bajar al barro con él a argumentar y escuchar sus delirantes monsergas), déjame decirte que tenías razón. Tampoco te comento nada que no sepas a estas alturas.
Tenías razón cuando, en el nacimiento de Podemos, advertiste a los más ingenuos que aquello no era la renovación que pensaban en su ignorante candidez, y que no había nada de digno ni de limpio en aquellos impresentables bolivarianos de aspecto tabernario. Por eso no te extrañó ni te pilló de nuevas cuando la pareja anticapitalista se compró el casoplón en Galapagar, porque tienes lecturas, conoces la historia y la sucia condición humana, y sabes que es el devenir y el comportamiento habitual de todos los líderes comunistas, la búsqueda del enriquecimiento mientras venden su humo ideológico a los intelectualmente más desafortunados.
Cuando dijiste que Sánchez era un pieza sin escrúpulos y que iba a vender el país a los nacionalistas, convencido de que sí iba a conceder la amnistía a los golpistas, tenías razón. No es que el presidente cambie de opinión, es que es un mentiroso crónico y un psicópata del poder. Recuerda todo lo que tuviste que aguantar de los acólitos de Pedro. Fanáticos con la misma capacidad de autocrítica que una culebra.
Que venían a acabar con la corrupción, eso decían los sociatas (emocionante discurso de Ábalos) en la moción de censura contra Rajoy. No te gustaba un pelo lo que venía, sabías que ese eufemismo de «coalición de progreso» con etarras y golpistas era una filfa para crédulos; y tenías razón.
Sabías que aquel ministerio ridículo y malversador, encabezado por la pobrecita Irene, usaba de forma repulsiva millones para propaganda e ideología de género, y proponía un sentido negativo y artificial de la noción de igualdad. Y tenías razón.
Cuando llevas siguiendo durante años las informaciones que indican una relación sospechosa (y criminal) de Rodríguez Zapatero con la narcodictadura venezolana y sus negocios en otras latitudes, pese a ser un icono de la socialdemocracia y de la superioridad moral autoproclamada. Fíjate todo lo que te podían llegar a decir. Lo que tuviste que leer. Años en silencio sabiendo que ZP iba a caer.
Pese a todo, uno debe seguir con la firmeza de espíritu, calma emocional, ser fiel a lo que sabe y a sus convicciones, y no dejarse alterar por cenutrios de pensamiento uniforme y gente que es culturalmente subnormal. Dedícate a paladear cada nueva revelación, satisfecho con cada imputación, con cada caso que cerca a la organización criminal que ostenta al poder; tú sabes que los mamertos necesitan a qué aferrarse, buscando desesperados narrativas que exculpen a los suyos, o tratando por completo de negar una realidad, sin saber que el mundo ha cambiado y que la corrupción comunista apenas sobrevive ya, que nadie con una mínima capacidad de raciocinio defiende a la banda; ellos son la señora de Goodbye, Lenin!, habitando en su cabeza una sorprendente y patética fantasía.
Tú tranquilo, no confrontes, no entres a refriegas inútiles. Sé que has aguantado mucho, pero actúa sin meterel dedo en la llaga, dejando que se desgañiten en privado o en redes sociales. No te empeñes en que caiga sobre ellos el castigo de la vergüenza, ya bastante tienen con defender a comunistas, terroristas e islamistas, con su visión hemipléjica del estado de las cosas, el pisoteamiento inmisericorde del sentido común, o ver como sus ídolos de barro se empotran contra la estatua de la Justicia.
Evita el espectáculo de la humillación, la política no es fútbol donde puedes ir a hacer sangre la mañana después de la eliminación del equipo de tu cuñado. Pues eso, déjalos estar. No merece la pena. Debes permanecer por encima (o al margen) de gente berrando porque los jueces son franquistas o porque Sánchez es víctima de una persecución. Son pobres diablos muy ideologizados que creen que el mundo se divide entre el fascismo y ellos.
Deja que te llamen facha, reaccionario, Hitler. Porque te queda sonreír, haber sido siempre coherente, piel contra las rocas, que el tiempo vaya desmontando todas las falacias de los progres de palo, y con una leve mueca en el rostro, alejarte pensando: «sí, sí, yo soy todo eso, pero no sólo tengo razón, es que además tú eres tontísimo».