'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Ucrania y la guerra de Gila

27 de enero de 2022

En primer lugar, vaya por delante que la concepción que tiene Vladimir Putin de la OTAN es absolutamente errónea. Como nos ha recordado el ministro de defensa británico Ben Wallace, la OTAN es un pacto defensivo, en el que se integra quien así lo desea libremente, y sin ninguna ambición de rodear a Rusia. Y, por tanto, su exigencia de que la Alianza retire su despliegue de los países OTAN próximos a las fronteras rusas, es inaceptable. Hasta ahí, nada que objetar.

Sin embargo, como ya he dicho, el pacto defensivo, de solidaridad colectiva, establecido por el artículo 5 del Tratado de Washington, sólo se aplica a las naciones miembros de la OTAN. Es más, sólo se aplica sobre su territorio y en las naves dentro de las aguas del Atlántico por encima del Trópico de Cáncer. Que se sepa, Ucrania no es un Estado miembro de la OTAN y, por lo tanto, ninguna de las clausulas de la defensa colectiva se le pueden aplicar.

En segundo lugar, la actual y supuesta amenaza de invasión de Ucrania por parte de Rusia se basa en los precedentes de la anexión de la Península de Crimea y la ocupación informal de la región de Donbass en 2014 y la concentración de fuerzas en el norte y esta de Ucrania que superan el nivel tradicional de las maniobras militares rusas. Lo primero demostraría la ambición de Moscú de contar con régimen prorruso en Kiev y lo segundo, la decisión de lograrlo por la fuerza ya.

¿Podría Putin lanzar un ataque hoy? Si, pero tendría que replegarse pasado poco tiempo. Ataque no significa invasión. Como invasión no significa ocupación

Sin discutir cuales puedan ser las ambiciones del Kremlin, lo que si está claro por lo que se puede analizar de las fotografías de las tropas amasadas cerca de Ucrania, es que no son suficientes para una invasión de aquel país. Cierto, son tropas numerosas, pero carecen de los elementos imprescindibles para hacer viable una invasión rápida y una posterior ocupación del territorio. Les faltan las cadenas logísticas, los batallones de reconocimiento, las comunicaciones y, si me apuran, los escalones médicos avanzados. Es verdad que todos esos elementos pueden introducirse en la zona en cuestión de pocas semanas, pero hoy por hoy, no hay señal de ello. ¿Podría Putin lanzar un ataque hoy? Si, pero tendría que replegarse pasado poco tiempo. Ataque no significa invasión. Como invasión no significa ocupación.

Tercero, en 2014, cuando Moscú pilló por sorpresa a los aliados, apenas hubo reacción internacional. Nadie en la OTAN exigió un despliegue de sus miembros para restaurar el statu quo ante. ¿Por qué ahora sí? Si repasamos la secuencia de la crisis, empieza con una retórica dura por parte del dirigente ruso que apenas encuentra eco en las cancillerías del mundo occidental. Hasta que se producen dos situaciones que he podido ver en primera persona en Washington: la primera, la alarmante preocupación de los demócratas ante el desplome de la popularidad del presidente Biden y la creciente posibilidad de que los republicanos se hagan tanto con la Cámara de Representantes como con  el Senado en las elecciones de noviembre; la segunda, el gafe cometido por el propio Biden diferenciando entre una invasión rusa a gran escala y una ocupación “pequeñita”, lo que disparó el recuerdo de la humillación sufrida por América con la huida de Afganistán precipitada por la actual Casa Blanca. Debilidad es lo que no se le puede permitir a Biden políticamente. De ahí sus contactos para movilizar a la OTAN, pero también su pereza para actuar de una manera decisiva para resolver la crisis. Con las apariencias bastan.

Sólo a dos tipos de responsables podía interesarles elevar el tono y tocar los tambores de guerra: al secretario general de la OTAN, quien encontraba en esta crisis la forma de revitalizar una organización residual; y a un desalmado como Pedro Sánchez, a quien le venía de perilla para aumentar su ego y presentarse como el líder internacional que no es.

A los beligerantes planes de Jens Stoltenberg, actual secretario de la OTAN, le han salido algunos contestatarios: Macron, por un lado, queriendo erigirse en el arquitecto de un nuevo orden de seguridad europea, galo por naturaleza y con Rusia como colaborador; y el gobierno semáforo de Berlín, donde piden mucha prudencia, porque no quieren pasar un invierno sin calefacción al depender del gas ruso, y se niegan a enviar ayuda militar a Kiev.

De hecho, la movilización de 8.500 soldados americanos para ser desplegados en Europa es un mal chiste frente a los más de 120.000 rusos desplazados en la frontera con Ucrania. Si alguien ha tomado una decisión coherente ha sido Londres, suministrando sistemas, como misiles anti-carro y elementos de comunicación, entre otras cosas, que complicarían cualquier avance ruso en el interior de Ucrania.

La guerra, como dijo quien bien la conocía, el general Marshall, “es el infierno”. Nada es sencillo en ella y todo tiende a ir mal

El ardor guerreo mostrado por Sánchez sólo responde a su deseo de sentirse reconocido como auténtico líder. Da igual que mienta sobre sus conversaciones o que la tan cacareada ayuda militar española responda, en realidad, al adelanto de unas maniobras previstas hace más de un año.

En cuarto lugar, con la experiencia de las últimas décadas, hay que decir que las guerras las carga el diablo. A Rusia le costó tres sangrientas y brutales campañas para sofocar a los chechenos; su actual ocupación de Donbass es de todo menos exitosa; sólo su limitada operación en Siria podría calificarse como productiva. Porque de aquel Afganistán de los 80 mejor ni hablamos. De la OTAN tampoco se puede hablar muy bien: 77 días de bombardeos intensos le llevó convencer a Milosevic de que dejara independizarse a Kosovo; de Irak se abstuvo y a Afganistán fue porque se lo pidió América. Y salimos con el rabo en la entrepierna en cuanto Washington huyó del país este pasado verano. Los logros políticos conseguidos en Libia, son más que discutibles. Los líderes civiles y militares, sobre todo cuando se carece de experiencia bélica, tienden a sobrevalorar lo que las fuerzas armadas pueden conseguir, e infravalorar en cuánto tiempo y a qué coste. La guerra, como dijo quien bien la conocía, el general Marshall, “es el infierno”. Nada es sencillo en ella y todo tiende a ir mal.

Estados Unidos ha dejado de ser una potencia fiable y en Pedro Sánchez se combinan los peores instintos al sólo pensar en su persona

Lo que me lleva a una quinta reflexión: sabemos que es en momento de alta tensión cuando se producen las maniobras más arriesgadas entre adversarios y que en el pasado se ha acabado en accidentes graves. Cierto, el riesgo entra en la profesión militar, pero ¿qué pasaría si es estas aceleradas maniobras de la OTAN en el Mar Negro, se produjera un incidente y nuestro cazaminas fuera dañado o hundido? ¿Lo que arriesgan nuestros militares personalmente podemos arriesgarlo como nación?

En fin, Putin se ha convertido en un nuevo zar que quiere dominar sobre lo que fue el espacio soviético. Algo, claramente, inaceptable y antidemocrático. Pero Estados Unidos ha dejado de ser una potencia fiable. Tan pronto te abandona como te exige lanzarte a las trincheras. Y en Pedro Sánchez se combinan los peores instintos al sólo pensar en su persona. ¿No sería deseable algo más de sosiego y un debate que nos deje ver cuáles son los objetivos de toda esa cadena acelerada de decisiones? ¿No tendrían nuestros representantes algo que decir sobre la naturaleza de la crisis y la mejor forma de intentar resolverla? ¿No debería el Gobierno someterse a la soberanía nacional en materia de seguridad nacional? Morir por Donbass me parece personalmente discutible; pero morir por el capricho de un puñado de políticos que sólo buscan agrandar su poder, me parece del todo inaceptable.

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