«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Un columnista, (casi) todos los columnistas

30 de agosto de 2025

(Tomo humildemente el relevo a Hughes, agradeciendo la inspiración, para rendir homenaje a la generación literaria-periodística que sigue a la descrita en su columna «Una biografía, todas las biografías» publicada el 25 de agosto de 2024)

El otro día fui a comer con mi compadre Lolín a la taberna «El Choto», especializada en delicias gastronómicas de la baja Andalucía. Es un templo de la cocina sencilla al que espero volver pronto, sobre todo para que no se olviden de mí y se inviten a una ración de gamba blanca, que para algo les hago publicidad en este rincón de la prensa libre, hoy más necesaria que nunca frente a los envites iliberales que quieren acabar con el capitalismo, el humanismo cristiano, la derecha verdadera y la hora del vermú.

Uno entra en «El Choto» como un jockey antes de una carrera en la playa de Sanlúcar, o como un almonteño segundos antes de saltar la reja: con esos nervios que tiran de los machos. Luego llega el amigo Pepón, trae una botella de Barbadillo y vuelve la calma chicha. Lolín y yo nos damos al blanco como los flamencos se entregan a las marismas del Odiel, altaneros, esperando una hilera de atardeceres sin fin. Algún desaprensivo, seguramente populista, ha pedido la última corvinata. Pepón, siempre al quite, nos propone una urta señorial porque «no os merecéis menos». Con cariño, le digo que por quién me toma, que no me la merezco, que me la he ganado, al igual que la ración de melva con tomate, la de cazón y la de chocos. Pepón lo entiende bien porque es muy liberal y porque, como yo, es el mejor en lo suyo. Ser el mejor es algo que se trabaja y yo he trabajado mucho. Demasiado. Vengo de una tierra dura, hecha por hombres que se me parecen. Y luego está el talento, claro. No lo busco, pero parece perseguirme. Últimamente estoy en estado de gracia, enganchado a la columna como las americanas obesas a la Vicodina. Van quedando en mí las arrugas del estilo, que es algo a lo que debería aspirar cualquiera que sueñe con derribar los muros de la mediocridad. Los resentidos dirán que cultivo un estilo como el que cultiva maría en la Cañada Real. Que todo en mí es estupefaciente y de estraperlo. Se equivocan. Mi mayor recompensa es cuando algún joven me para por la calle para felicitarme por mi valiente equidistancia.

En «El Choto» estamos entre amigos, lejos del mundo logarítmico de las redes sociales donde impera el rebuzno y no se aprecia una voz sensata e inteligente como las nuestras. Con Pepón lloramos las penas, pero también celebramos momentos de alegría. Uno de los últimos ha sido la concesión del premio Larra a Javier Chamois. Una lágrima recorrió mi mejilla segundos después de enterarme. Quizá fue culpa del alcohol, pero agarré a Lolín del cuello y le dije que cuando gane yo el premio, dentro de dos o tres años —calculo—, volveré a «El Choto» traspuesto, mirando al cielo igual que Morante cuando sale a hombros después de una tarde de gloria en Sevilla cualquier día de primavera. 

Si por algo lanzamos las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki fue para vivir momentos como estos. Nos dolió hacerlo, pero lo hicimos y con ello trajimos civilización y mundo libre, como este pequeño rincón andaluz.

Acaba el verano y vuelvo con bríos renovados a mi sacerdocio: la columna. La Constitución nos necesita.

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