«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Español de conciencia obra y deseo, vallisoletano de nacimiento y ejercicio. Economista, Procurador de VOX en CyL (2019-2021) Colaborador de Razón Española, Periodista Digital, Informa Radio y El Toro TV

Un cura de pueblo

27 de diciembre de 2025

Hace no tanto tiempo en todos los pueblos de Castilla había Misa del Gallo. El cura avisaba unos días antes de que sería una hora antes el año anterior para dar tiempo a oficiar en el pueblo de al lado. Con el correr de los años se ha ido adelantando hasta el punto en el que estamos hoy, en el que los tablones de anuncios de las iglesias de los pueblos remiten a algún municipio cercano, a la misma capital provincial o a los que aún mantienen esa piadosa costumbre. Y sea por esta razón o por el repunte de las costumbres tradicionales, que la Misa del Gallo de la Catedral de Valladolid se llenó hasta los topes a las 0.00h.

El propio Monseñor Luis Javier Argüello en la homilía de este año se congratuló de la masiva afluencia pucelana y se abonó a esa nueva ola que está devolviendo a los jóvenes a las misas de los domingos y con ello a las celebraciones como la del 24. En estos años de iglesias semivacías se ha mantenido encendido el cirio gracias a esa gente mayor que aprendió a seguir la misa, a ser monaguillo, a respetar y a venerar las festividades populares gracias a esos curas que se sabían sus nombres y sus historias. Curas de pueblo como don Jesús Mateo, que el pasado 16 de diciembre presentaba su libro Las Memorias de un Párroco.

Bien sabía don Luis Javier de la condición de cura rural de don Jesús cuando presentó al autobiografiado como «un cura feliz de ser cura!. Bien sabía el presentador y prologuista que la felicidad vocacional de don Jesús es la de ser un cura de pueblo, y así se ha considerado, aunque ejerciera en la misma Patrona de Valladolid o en la emblemática parroquia de las Angustias. Don Jesús recordaba en su presentación las horas de confesionario, la gente que pasaba a su despacho parroquial con la libertad de encontrarse las iglesias en las que ejercía siempre abiertas. No podía recordar, en cambio, el momento preciso en que recibió la llamada de Dios puesto que se considera que es cura «desde el seno materno».

La formación recibida en el Opus Dei le permitió ampliar el círculo de personas, que se beneficiaron de su magisterio. Don Jesús venía de conocer esa España que empezaba a vaciarse en los 70 y a llenar al tiempo las periferias de las ciudades. De sembrar a voleo en los campos de Castilla pasó a hacer crecer la hierba de la fe en el duro cemento de las ciudades. Y bien que lo hico en la parroquia de San Vicente de Paúl del barrio de Huerta del Rey.

Don Jesús es uno de esos curas reconocibles, que se comportan como hombres de Dios y por eso la gente se acerca a ellos a pedir consuelo. Decía un personaje del libro del Cura Rural de Bernanos, tal y como yo se leí a Olaizola, que él no creía en Dios, pero sí en los curas, porque algo muy muy serio, y un amor muy fuerte debe estar detrás de un chico de 15 años abandone todo para meterse en una sotana y dedicarse a los demás. Mas allá del retruécano, lo cierto es que los curas no son ni pueden comportarse como un «hombre normal, como todos» como se decía en el «aggiornamento postconciliar». Ante un hombre «como todos», con su pantalón milrayas y su jersey de cuello vuelto, no esperan 25 personas a las puertas del confesonario como lo hacían a las puertas del quiosquillo de don Jesús.

En una España en la que se felicitan «las fiestas», seguimos necesitando contar con referencias sólidas como son esos curas de pueblo, que se visten como curas, que respetan y hacen respetar la liturgia y la tradición. Las calles de las ciudades necesitan esos curas y curas como don Jesús merecen una calle en las ciudades.

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