«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Un discurso limpio y bonito

25 de septiembre de 2025

Si el fallo en el teleprompter de Donald Trump en la ONU fue intencionado, el saboteador tuvo tanto éxito cuando el Coyote bate su propio récord de explosivos en un plan sin fisuras contra el idiota del Correcaminos, a quien Dios confunda. Mientras el presidente admitía que sin texto se encuentra más cómodo, porque puede hablar desde el corazón, los grandes líderes mundiales se iban licuando uno tras otro, para convertirse al fin en el tipo del meme de la tacita de café y el portátil, el que sonríe para la foto con sonrisa de que hay un can meándole los pies: ya me cansé de escuchar a Trump hablando desde el corazón, ahora quiero que vuelva el teleprompter.

El discurso de Trump en la ONU debería ser histórico. Quizá lo sería en cualquier otro tiempo en el que los políticos estuvieran dispuestos a escuchar de verdad al que piensa diferente. Y, sin embargo, aunque en el fondo sea histórico, no será considerado como tal, porque para que para eso hacen falta dos cosas: que el texto lo sea, y que el auditorio lo reciba así, y la mayoría de los allí presentes serían capaces de despreciar a Trump aunque descubriese un suero que cura todas las enfermedades del mundo. Sea como sea, más de uno se removía en su butaca como si tuviera un erizo en los calzoncillos, y está bien, porque si no se lo toman como una invitación a reflexionar sobre sus infinitos errores, al menos que les sirva como un ejercicio de tortura, que 50 minutos de golpes, cabezazos, y bofetadas dialécticas de Trump sin poder levantarte y marcharte son música celestial para los oídos libres del observador.

Lo más divertido de su intervención es que no renunció en absoluto a su tono más distendido y arrogante, colgándose medallas de tres en tres con el único propósito de demostrar que sus oyentes no eran más que una panda de inútiles, valoración que se ajusta con bastante precisión a la realidad científica. Y, sin embargo, al margen de la hojarasca del estilo, lo he leído tres veces y en todos los asuntos importantes tiene razón, no se ha equivocado en nada; y esto es también un peligro para los que rodean a alguien a quien le encanta presumir de que siempre tiene razón.

Especialmente conmovedoras fueron las menciones a Europa. Asistimos allí a la reprimenda de un padre severo, pero un padre. Mencionó el aprecio que tiene a los países europeos, celebró la riqueza de su soberana singularidad, e inmediatamente clamó por la desaparición de esos colores culturales distintivos, y arremetió contra el globalismo y la inmigración masiva que han convertido todo, desde París hasta Suecia, en una tibia amalgama de delitos e identidades, algunas de ellas lo bastante agresivas como para borrar de un plumazo lo característico que pudiera quedarles aún a los locales.

No ahorró adjetivos de merecida crueldad contra las políticas verdes europeas, llegando incluso a reírse en la cara de los impulsores de esas agendas suicidas, al demostrarles que su titánico esfuerzo –que estamos pagando nosotros- no está sirviendo para nada, gracias a la compensación que suponen las nuevas emisiones de países como China e India. Qué inmenso placer fue ver el rictus de lechuga que lleva dos semanas en la nevera de los culpables del desastre energético europeo, cuando Trump repetía eso de que ha prohibido a los suyos utilizar la palabra carbón, que en su lugar deben decir siempre «carbón limpio y bonito». Limpio y bonito. Maravilloso.

Si lográramos abstraernos un instante de razones y políticas, resulta impactante el abismo de libertad que separa a Trump de los acomplejados líderes europeos. El presidente americano puede decir la verdad y puede decir lo que quiera, no le preocupa molestar a unos u otros. Se le nota disfrutando. En cambio, a los clones bruselenses que asomaron por la tribuna, se les huele el miedo desde el otro continente, salen a parlamentar con las palabras constreñidas, encorsetados por las mismas cárceles que ellos mismos se han impuesto. De modo que al final no hacen un discurso cada uno, sino que todos hacen el mismo, después de unificarlo con la segadora totalitaria del wokismo y lo políticamente correcto.

Trump ha venido a decirles que espabilen. Que aún se puede salvar todo. Pero que no será por mucho tiempo. Y es cierto. No falta mucho para que la invasión ilegal islámica sea irresoluble, para que las agendas verdes terminen por dejarnos sin luz ni calefacción, para que el empeño por borrar toda huella cristiana en Europa sea del todo eficaz, y para que las enloquecidas políticas contra los ciudadanos europeos terminen de arruinar las economías familiares. No tengo ninguna confianza en la reacción de la casta presuntuosa de Bruselas, siempre encantada de conocerse, pero celebro el discurso de Trump, porque alguien tenía que decírselo. Y decírselo así: limpio y bonito.

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