«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Un largo final feliz

28 de mayo de 2026

Una de las técnicas favoritas de manipulación masiva del sanchismo es el hartazgo. Uno puede resistir el combate frente a frente, puede sobrevivir a un naufragio, puede librarse en medio de una ofensiva militarmente superior, pero es muy difícil soportar la insistencia. Nos pasa en cualquier ámbito de la vida. Podemos soportar a un tipo violento, a un idiota, a un insolente, pero difícilmente sobrevivimos al pesado, al amigo que se repite cien veces, o a quien en cualquier reyerta reitera mil veces la misma amenaza sin llegar nunca a golpear. El cansino, el plomo, el brasas, el intenso, el machacón, o el pelmazo terminan ganándonos por aburrimiento.

Todas las tramas judiciales del sanchismo están atravesadas por el hartazgo. De hecho, para el común de los mortales, es imposible seguirlas, porque son tan abundantes las implicaciones y ramificaciones que ni siquiera caben en infografías que puedan consultarse en un teléfono móvil, o imprimirse en papel de periódico sin causar un desastre ecológico en nuestros bosques. 

El sanchismo no podrá estudiarse en los colegios ni dentro de la asignatura de Historia de España, ni en la más apropiada de Criminología. Sería necesaria una asignatura exclusiva para comprender la mezcla de corrupción e incompetencia del mandato de Sánchez, pero al final carecería del menor interés y haría caer a los alumnos en una profunda melancolía. Nadie recordará el sanchismo salvo como la confirmación de que el socialismo, da igual en qué época y lugar del mundo lo intentes, siempre termina en la misma ecuación: pobreza, corrupción, y mentiras.

Escribo esto cuando los agentes llevan ya más de diez horas registrando la sede central del PSOE. Más de diez horas que, tanto los jueces como la Guardia Civil, podrían estar dedicando a cosas infinitamente más útiles para los ciudadanos, si alguno de los actuales gobernantes progres hubiera llegado al poder con la más mínima vocación de servicio al bien común, y no con la perversa idea de montarse un circo de despilfarro, lujo, y puterío. 

Pero no debemos olvidar algo: en las elecciones de 2023, cuando ya nadie podía tener dudas sobre el verdadero rostro del personaje, casi ocho millones de personas votaron a Sánchez, si aún creemos en la limpieza electoral. Y hace pocas semanas, en las andaluzas, con el sanchismo abierto en canal y brotando corrupción a borbotones, todavía el 22% de los ciudadanos tuvieron los tremendos huevazos de introducir —imagino que discretamente— la papeleta de la rosa y el puño en la urna, en lo que fue un mal resultado para el PSOE, pero un apoyo asombroso a la sucesión de escándalos de corrupción política en la que estamos inmersos.

Hemos de comprender entonces que hay un porcentaje decreciente pero aún grueso de ciudadanos —ya no me atrevo a escribir «de españoles»— que tolera cualquier tipo de corrupción a cambio de lo que le seduce del socialismo: las paguitas, las pensiones, las palabritas sectarias, y que no gobierne la derecha. Es decir, hay un alarmante porcentaje de votantes a los que les parece bien la corrupción, la guerra sucia contra la justicia, las orgías con dinero público, y la colocación de amigos a dedo en empresas estatales, siempre que no gobierne la derecha. 

A favor de la derecha está el hecho biológico: las generaciones más jóvenes le cantan la canción del verano a Sánchez en cualquier lugar, cada vez que se reúnen y toman dos gintonics, mientras que la masa de votantes socialistas es, a día de hoy, eso, una masa, y con una mediad de edad que haría parecer chavalines a los senadores más longevos. 

A esa masa socialista acrítica le resulta muy cómoda la estrategia sanchista de la negación, la insistencia, y las tramas interminables, porque no tiene la menor intención de entenderlas y seguirlas. Que siempre ha sido más fácil aprenderse un combo de palabras «bulo-fachosfera-ultraderecha» que leerse tropecientas páginas escritas en el siempre seductor y excitante idioma de los jueces. 

El sanchismo, en fin, cree que puede aburrirnos a todos, que puede ganarnos el partido por hartazgo. Quizá la mejor manera de torcerle la mano sea redoblar nuestra insistencia en denunciar su insoportable hedor a trinque, incompetencia, y traición. Y revolvernos contra la pretensión sanchista de que la complejidad y la proliferación de tramas y subtramas, termine por vacunarnos contra nuestra capacidad de escándalo e indignación. 

España está siendo saqueada por una banda. Pero nuestra historia, el cine clásico y la gran literatura nos enseñan que al final los malos pierden. Y entonces será el miedo y el rechinar de dientes en Ferraz.

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