«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Una insaciable sed de sangre

28 de marzo de 2026

Los fachas —no sé si me lo han leído alguna vez— siempre tenemos razón. Desde hace décadas. Cuando el estamento progre da un nuevo paso, decimos lo que va a pasar. La respuesta es siempre un ademán desdeñoso, llamarnos conspiranoicos y alarmistas, ignorarnos por completo. Pasa el tiempo y lo que dijimos que iba a pasar, pasa. Invariablemente.

Y entonces sucede algo curiosísimo. Se supone que estamos en tiempo en que la Ciencia, siempre con mayúsculas, es universalmente adorada en sustitución del Dios al que renunciaron explícitamente. Pero el valor de una teoría científica no se mide por estar «avalada por pares» o respaldada por la oficialidad, sino por su valor predictivo. Y, sin embargo, en lo que concierne a las medidas sociales, acertar no sirve de nada, no da puntos, ni equivocarse paga prenda.

Cuando al final el desastre se hace imposible de ocultar, los bustos parlantes del sistema lo deploran pero como algo que nadie vio venir, el célebre «no se podía saber» que sabíamos y dijimos muchos. Y los fachas seguimos siendo conspiranoicos y alarmistas.

Advertimos que si se permite la eutanasia, aun para los casos más extremos, antes de que nos diéramos cuenta se emplearía para quitar de en medio a cualquiera que el Estado considere un estorbo o una carga. Y eso es exactamente lo que estamos viviendo (si ese es el verbo oportuno en este caso). En Canadá, una de cada veinte muertes es ya por suicidio asistido, 16.499 muertes en 2024, un ritmo aproximado de unas 45 muertes al día. Las causas pueden ser tan alejadas de las inicialmente alegadas como el no tener con qué pagar el alquiler. Son, en cualquier caso, las «vidas que no merecen ser vividas», las Lebensunwertes Leben del Tercer Reich.

Los ilustrados del siglo XVIII estaban convencidos de que, una vez extirpada la superchería de la religión cristiana, reinaría la Razón (otra mayúscula imprescindible) y todo iría viento en popa. La premisa era que, siendo la Razón una y la misma, todos estaríamos de acuerdo en el modo razonable de hacer las cosas. No entendían que ellos mismos y sus premisas eran producto de una civilización cristiana, que ellos mismos daban por supuestos unos valores que eran fruto exclusivo del cristianismo, que no existían más allá de las fronteras de nuestra civilización y que, al final, prescindir de esa base de fe llevaría a horrores inimaginables.

Hemos vivido durante siglos de la inercia de esa fe. Pero eso está ya acabando, y nuestras sociedades están ya extrayendo las conclusiones de ese abandono. Porque si lo sagrado no existe, no es posible que la vida sea sagrada. Y si la vida no es sagrada, el límite es el cielo.

El ser humano actúa por incentivos, y hay incentivos enormes para deshacerse de «bocas inútiles». Los presupuestos en Sanidad son colosales, y no van a hacer más que aumentar. La presión para cuadrar las cuentas públicas es ya agobiante. Y la eliminación, como han sabido todos los totalitarismos, es el camino fácil. Si acabas con el hombre, habrás acabado con el problema que representa.

Pero no todo es fácilmente explicable como la respuesta a un incentivo. De hecho, el amor a la sangre que está desarrollando el progresismo imperante, el ansia homicida de esta generación en Occidente, exigiría la explicación de un exorcista, no de un economista. Ya no basta con despenalizar el aborto: es necesario incluir como un derecho en la Constitución francesa la facultad de matar a nuestros propios hijos y ampliarlo a un regla obligatoria para toda la Unión, incluso si eso nos aboca a la extinción.

La izquierda, en sentido muy amplio, ha hecho del aborto y la eutanasia sus sacramentos, que defienden incluso en los extremos más indefendibles con una pasión incomprensible, como si temiesen que Moloc fuera a castigarles si se queda sin víctimas suficientes para saciar su sed de sangre.

Un Estado puede ser muchas cosas, pero no laico. Es decir, no puede prescindir de una religión, aunque sea tácita y sin Dios, que informe el código de lo que considera bueno y malo. Nuestras sociedades la tienen, con sus predicadores en los medios de comunicación, sus anatemas y sus rituales. Adoramos, si se quiere, al dios desconocido, a una divinidad velada de nombre impronunciable pero con un regusto cartaginense.

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