«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Uviéu

16 de abril de 2026

Veraneo en la frontera entre Galicia y Asturias desde que tenía un mes de vida. No solo voy en verano sino en Semana Santa, en Navidad y en cualquier otra ocasión en que se me ocurra una excusa para largarme allí y olvidarme del mundo. He conocido allí a toneladas de asturianos con su bonita amalgama de acentos. Y puedo asegurar que ni una sola vez, en ningún lugar, he escuchado a nadie decir «Uviéu». Y, sin embargo, hace ya un tiempo que en Asturias y en las comunidades de alrededor, los carteles que indican dirección a Oviedo aparecen como «Oviedo / Uviéu». Y aquí viene lo interesante. 

Cada vez que se abre uno de estos debates aparece un imbécil que te pregunta qué más te da, otro, no mucho más listo, que dice que eso está muy bien porque así los que solo hablan bable no se pierden, como si existiera gente que sólo hable bable —y que además sea tan boba como para perderse yendo a Oviedo—, y siempre saldrá un tercero diciendo que es una gran iniciativa porque con eso se aplaca la sed de sangre de los nacionalistas, como si los ciudadanos tuviéramos entre nuestras obligaciones cívicas contentar a los sedientos de sangre.

Con la toponimia asturiana, los políticos han creado un debate y un problema que no existía, excepto para «el colgao», que era un tipo que venía a Ribadeo y alrededores por las noches, con un pincelito, y le pintaba la «u» a la «o» de Oviedo. Cada vez que los operarios de carreteras reponían la señal, volvía. Se pasó así toda la vida. Nunca nadie lo vio directamente, por lo que en el pueblo se especulaba con que era un fantasma, un fantasma tonto, pero fantasma al fin. Por si fuera poco el cachondeo, el muchacho escribía «Uviedo», muy lejos de la forma normativa «Uviéu» con la que ahora nos obsequian los nuevos bableparlantes. 

Como suelo decirles a mis amigos asturianos, esto es solo el comienzo. Veamos un ejemplo de sobra conocido. Nací en La Coruña en el año del Señor 1981. Sí, en La Coruña, porque entonces no había absolutamente nadie, pero nadie, que dijera «A Coruña». Quien hablaba en gallego decía «La Coruña» o simplemente «Coruña», que encaja mejor con las contracciones típicas del gallego «veño da Coruña» («vengo de La Coruña»). Pero no había nadie que pudiera decir «Voy a A Coruña» sin que pareciera en la doble a que está sufriendo un infarto o que no le ventilan bien los pulmones.

Pero ocurre que a Fraga se le metió entre ceja y ceja que debíamos decir A Coruña, como parte de su guerrita particular con el alcalde Paco Vázquez, último socialista de bien, y férreo defensor de que la gente llame a su ciudad como siempre lo había hecho, es decir, La Coruña. Han pasado algunas décadas desde el debate de la toponimia gallega y hoy no hay prácticamente nadie menor de 20 o 30 años que se refiera a mi ciudad como La Coruña, salvo que lo haga por convicción política personal. Este es exactamente el problema: quien nombra las cosas las posee, y a los coruñeses nos usurparon al tiempo el nombre tradicional y la libertad para usarlo, por más que yo me la sigo tomando en todos los impresos oficiales desde el primer día, porque no me gusta mentir y, sin tener nada especial contra «A Coruña», yo nací en «La Coruña», y en verano a veces íbamos a las playas de Ferrol o El Ferrol, y no de Ferrolterra, que parece una coña marinera más que un topónimo comarcal.

La victoria sobre el topónimo coruñés se dio después de millones de actos vandálicos de una minoría con, siempre lo hemos pensado, muchísimo tiempo libre. Eran los mismos que cada vez que el jardinero municipal reponía la «ele» en el seto con la forma de la palabra «La Coruña» que hay en la entrada de la ciudad, la arrancaban. Así día tras día durante años. Con lo fácil que hubiera sido, para el pobre jardinero, poner un cepo en la «ele» a la altura de donde a todo hombre le descansa la mujer del pollo. 

Lo peor no es que los españoles llevemos décadas sufriendo un saqueo continuo de lo que es nuestro, de lo que solía serlo, de lo tradicional, de nuestras lenguas, de nuestra cultura, de nuestras libertades, y del modo de vida que supuestamente acordamos en 1978. Lo peor es que el robo lo están llevando a cabo tres mendrugos, un trastornado mental, un rompehuevos con lacito amarillo, y dos mojamés de importación.

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