El optimismo inagotable de Enrique García-Máiquez, mi admirado compañero de columna, actúa siempre en mí como un poderoso estimulante de mi natural pesimismo reaccionario. Me sale natural, casi automático, ser la antítesis de su tesis, y que venga otro detrás que haga la síntesis.
Leerle me empuja a buscar los motivos más alarmantes de mi preocupación por la cosa pública, y en esta empresa he llegado al núcleo más oscuro de mi amargura, a saber, el hecho de que una cuarta parte de mis compatriotas siga dispuesto a apoyar a un partido que sabe criminal.
Porque uno puede disculpar, al menos parcialmente, las ideas más peregrinas siempre que las considere nacidas de la ignorancia o la buena fe. Puede imaginar a alguien que crea, digamos, que amnistiar a los golpistas catalanes es un intento extremo de aliviar una polarización peligrosamente volátil en Cataluña, una injusticia que se justifica como medio para que la cosa no vaya a mayores.
De igual modo, soy capaz de creer que alguien juzgue conveniente y apropiado conceder la nacionalidad española a los descendientes de exiliados tras la Guerra Civil.
Entiéndanme: sé que son ideas disparatadas, pero concibo que alguien, en algún lugar, pueda ver las cosas así honestamente.
Lo trágico es que todo el mundo sabe todo, nadie, ni por un segundo, cree que Sánchez amnistiara a los golpistas por motivos elevados, sino sólo para asegurarse los votos de Junts per Catalunya. El propio presidente se había mostrado previamente en contra de esa misma amnistía, expresamente. Es metafísicamente imposible que haya un solo español que ignore la motivación real.
Del mismo modo, nadie desconoce que la ‘ley de nietos’ tiene como único sentido trucar el censo electoral para que el PSOE pueda seguir gobernando, sobre todo en vista de cómo se está haciendo el proceso, y los que la apoyan no sólo son perfectamente conscientes de ello, sino que lo denunciarían indignados si la medida favoreciera previsiblemente a un partido de derechas.
Y eso es lo que me parece monstruoso, lo que me desazona: que una proporción tan grande de mis conciudadanos aplauda la trampa si favorece a los suyos. Iba a añadir que es una enmienda a la totalidad contra el sistema democrático, pero eso es quedarse muy corto. Es aceptar el crimen, aplaudir el juego sucio.
Eso es lo que me mata, que la gente sabe, y mantiene su voto. Porque eso no tiene un arreglo fácil, por bien que vayan las cosas. Esa es una enfermedad del alma y, por lo que podemos ver, desoladoramente extendida.
Que el día en que conocíamos que desde instancias cercanas al PSOE se contactó con una banda criminal para eliminar a una juez que investigaba al hermano del presidente se hablaba de Maricarmen, el tema de portada de los medios era una no noticia, porque no es noticia en la España que más desahucios aplica haya sido desalojada una anciana, por triste que sea el caso.
Saber que el Gobierno está dispuesto a llegar tan lejos y seguir votándolo no es meramente inmoral, es suicida. Porque lo que no parecen comprender sus votantes es que si eso hacen con sus rivales políticos, mañana mismo se puede volver contra ellos. Es animarles a un dominio sin límites de ningún tipo, prometerles impunidad a una banda de forajidos.