«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Vito y la polarización

4 de noviembre de 2025

Las mamás de Iturrama, los estudiantes, los medios del consenso y los políticos profesionales se quejaban de la kale borroka acontecida en Pamplona la semana pasada. El «desencadenante» fue la presencia de Vito Quiles en un campus universitario privado durante un acto no autorizado por la institución académica. Parece que el joven periodista ilicitano se está inspirando en el modelo de batalla cultural que proponía Charlie Kirk (confrontación de ideas con el alumnado woke). Puede que el paralelismo sea un tanto postizo. El País y la Academia, por ejemplo, tan sólo le conceden compartir con el activista norteamericano asesinado el «ultraderechismo».

Nos han repetido hasta la náusea que la Universidad es la cuna del debate, el centro de las libertades, el pluralismo y el diálogo. Pero una cosa es ponerlo sobre mármol y otra tragarse a Vito Quiles. Los distintos templos del saber que ha visitado desde que inició su polémica gira universitaria han salido con remilgos intelectuales para vetarle. Quizá el pluralismo limita a la derecha con el centrismo. Es posible que la libertad acabe donde se toque las narices a los alevines de ETA. 

El asunto tiene varias derivadas y la de mayor calado es la que hace resurgir el argumento de la polarización. No morderemos el cebo del «fascismo» y la legitimización de la lucha antifascista, porque no es más que el fondo de comercio de nuestros políticos. Sin más interés para el resto. 

Respecto al caso concreto de la capital navarra y la violencia abertzale, algunos creían ver resucitados los fantasmas del pasado con la quema de contenedores, los encapuchados y la agresión a un periodista de El Español. La tranquilidad es lo que más se busca. Parece que hemos perdido de vista que lo que se vive en muchas zonas del norte de España es la paz de los cementerios. No descubro la sopa de ajo si recuerdo que a ETA nunca se la derrotó, que abandonó la extorsión y el asesinato porque se disolvió en las instituciones. La banda terrorista y sus marcas intuyeron que se estaba más calentito en el Régimen del 78 que en el piso franco y no les está yendo nada mal. Estamos a un tío con megáfono de que los herederos del terrorismo, rebozándose en el delirio woke en la actualidad, vuelvan a su ser.

«Ni los unos ni los otros, dejadnos estudiar».  Así rezaba la pancarta desplegada por los alumnos universitarios y nosotros nos acordamos de aquella genialidad de «Ni Pol Pot ni Casado». El incidente de Quiles en la comunidad foral ha servido a la prensa del sistema para reavivar su última demonización favorita: la polarización y el papel de las redes sociales. Sabemos, nos lo ha dicho Ursula Von der Leyen, que el control del relato en las redes es uno de los objetivos prioritarios  de la UE. El motivo: las fake news. Por lo visto, están dejando de ser patrimonio de su prensa financiada y sus oficinas de comunicación. 

La correlación es sencilla. Los medios consensuados dirigen la «conversación» y el debate público para que sigamos ensimismados, por ejemplo, en el antisanchismo primario. Se evita así, por tanto, que el ciudadano se pregunte, qué se yo, por el régimen, la UE, la guerra o las vacunas del COVID. Con todos sus defectos, las redes presentan información y planteamientos que jamás veremos en la prensa tradicional, correas de transmisión del poder. 

La tirria de muchos hacia las RRSS viene, no obstante, de que su discurso de tiralevitas no tiene ningún predicamento ahí porque la gente les ha tomado la medida. Se oye más al «pueblo» en internet que en muchas «elecciones».

Ahora bien, habláis de polarización como si no recordarais la España del 95. Felipe González, —Toisón de Oro, átame esa mosca por el rabo—, había conducido al país al nivel máximo de pudrición que permitía el momento histórico. Ahora soportamos un umbral mayor porque la degeneración, lógicamente, ha aumentado. No porque haya más «polarización» que entonces. 

Debo estar sola en esto, pero tengo para mí que se trata de la enésima palabra-policía. Palabras que desactivan el debate y que, como un perro pastor, reúnen al rebaño en torno al centro, a la moderación. Al calificar determinados discursos de «polarizadores», «incitadores de odio» etc. se castra la discusión de ciertas ideas y se logra mantener el esquema mental de la gente dentro de los límites que interesan.

Y así, se producen asimetrías y equidistancias tan chocantes como la que nos ocupa.

Si lo que ocurrió en Pamplona hace una semana se puede calificar como fruto de la polarización es porque vivimos en un sistema disfuncional en el que ETA ganó.

Fondo newsletter