«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Vivir para siempre

4 de septiembre de 2025

Se han reunido en China los amos del comunismo posmoderno. Echamos en falta allí a Irene Montero y Yolanda Díaz, que sin duda tendrían mucho que aportar a Xi, a Kim, y Putin. En una conversación informal captada accidentalmente por un micrófono de camino al desfile, los tres debaten sobre la posibilidad de alcanzar la vida eterna. Pero no al estilo del Cielo cristiano, Dios nos lo guarde, sino algo más bien parecido a la momia de Lenin, pero firmando decretos. Putin, talludito pero siempre preocupado por su físico, que las rusas están muy buenas, fantasea con la posibilidad de alcanzar la inmortalidad ante su homólogo chino, que tiene también 72 castañas, y las chinitas todavía le hacen tilín tilín. «Los órganos humanos pueden trasplantarse continuamente», dice el ruso, «cuanto más vives, más joven te vuelves», como las famosas.

Xi Jimping sonríe esperanzado, como si estuviera deseando volver a tener 15 años. Imagino que tras la sonrisa está pensando de qué chavalitos obtendrá el riñón, a qué adolescente le quitará el hígado, y cuántos corazones de recambio necesitará reclutar entre los deportistas olímpicos chinos para poder seguir jodiendo al pueblo durante al menos 500 años más. Después, decide rebajar la apuesta, y asegura que las predicciones que él conoce hablan de alcanzar los 150 años en este siglo. 150 años de sanchismo. Señor, llévanos pronto.

El proceso de los mandatos largos es siempre igual. Primero sueñan con eternizarse en el poder, y más tarde, cuando ya lo han logrado, empiezan a pensar en cómo pueden eternizarse ellos mismos, porque no hay nada más triste que levantar un régimen totalitario para que nadie te tosa en tu trono, y cascarla de la noche a la mañana sin haber sorbido bien todas las mieles de tu cortijo dictatorial. Paradójicamente, quienes meditan sobre esta inmortalidad, serían los primeros en querer morirse si alguien les retirara de pronto su cargo y posición, y al tiempo son también los que otorgan menor expectativa de vida a los ajenos, porque son vidas sin el menor valor a los ojos del Amado Líder.

A mi esto de la inmortalidad me cansa hasta pensarlo. Vivir está bien, depende del día puedo darle cuatro estrellas sobre cinco a la experiencia, pero alargar demasiado el argumento ha echado al traste varios cientos de grandes películas y novelas en el último siglo. Hemos logrado envejecer con cierta dignidad hasta edades que jamás habrían soñado nuestros antepasados. Y menos mal. Porque cada vez nos casamos más tarde, procreamos más tarde —no digo intentarlo, digo dar biberones— y no sé qué demonios haríamos sin abuelos sanos, vivo y coleando, tal y como está montado el negocio laboral en España. Pero aspirar a la inmortalidad en la tierra es, para un cristiano, pasión por el valle de lágrimas, vicio por el purgatorio, masoquismo geriátrico crónico.

A los cristianos nos encanta vivir, y aceptamos con gusto todas las bolas extras que Dios nos conceda en la tercera edad, porque todas serán pocas para purgar los muchos males que habremos vertido sobre la tierra a lo largo de una vida. Pero nuestro reino no es de este mundo, y vegetar con 150 años con el hígado de un adolescente víctima de tráfico de órganos, y seguir dando el coñazo a unos y a otros, firmando sentencias de muerte y experimentos nucleares me parece una suerte de transhumanismo para gilipollas, o para gente que ya ha muerto y aún lo sabe.

Es muy significativo que Putin y Xi estén soñando con ser inmortales. Es el único poder que no han podido comprar con dólares o con sangre, y no creo que puedan alcanzarlo ni siquiera torturando a los médicos más brillantes de sus respectivas naciones. Dictadores de 150, 200 o 300 años. Cielo santo. Si ya están hoy como unas maracas, imagínate un Maduro de 250 años, con menos riego cerebral que un fósil de tiranosaurio —suponiendo que ahora tenga alguno—, delirando todos los días, amenazando a Trump con que como le hunda otra narcolancha va a invadir los Estados Unidos él solo armado con su inmortalidad. Parece una pesadilla totalitaria lovecraftiana.

Vivir es estar vivo. Alargar la vida trasplantándose órganos es morir sin morir, y es vivir sin vivir. Un cuerpo muerto actuando en nombre de otros. Al final, sin ánimo de meterme en conversaciones ajenas, que es de muy débil educación, la inmortalidad que yo recomiendo a Putin, a Xi y a Kim es la de la momia de Lenin. Esa sí. Y cuanto antes. No dejes para mañana lo que puedas palmar hoy. Que está feo hacer esperar a los necro-turistas.

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