'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Volem bruixes catalanas

28 de enero de 2022

«Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar». De cumplirse la tradición, este, junto a otros lemas alusivos a las bolas chinas, los rosarios y la opresiva talla 38, se corearán en los fastos, abusivamente llamados feministas, del 8 de marzo. La frase ha recobrado actualidad en Cataluña después de que su parlamento autonómico haya aprobado una resolución a favor de la «reparación y restitución de la memoria de las acusadas de brujería», presentada por los grupos Izquierda Republicana de Cataluña, Juntos por Cataluña, Candidatura de Unidad Popular y En Común Podemos. 

Según consta en el escrito, Cataluña fue uno de los lugares de Europa -recuerde el lector que la palabra «España» es tabú para estas facciones- donde más acusaciones hubo de brujería, siendo tales acusaciones una muestra de «la violencia y discriminación a las que las mujeres han estado sometidas a lo largo de la Historia». Los hechos que se pretende reparar se remontan, prosigue el escrito, al siglo XV, momento en el cual la sociedad estaba «impregnada por la misoginia», circunstancia que hizo ver a muchas mujeres como miembros —en este caso no se ha empleado el neologismo miembras— de una organización criminal liderada por el mismo diablo». Con el correr de los siglos, la cacería, según aseveran los firmantes, se circunscribió a las «zonas de montaña», habitual feudo electoral de algunas de las formaciones secesionistas más montaraces. Allí, las mujeres, sin el amparo de ninguna garantía procesal, eran torturadas e incluso ejecutadas. Mujeres inmigrantes, mujeres sabedoras de la sexualidad y la reproducción, mujeres viudas, mujeres gitanas. Todas ellas constituyen el paisaje memorialístico descrito en la resolución. Por todo ello, Cataluña, al igual que ya han hecho Noruega, Suiza o la Escocia mitificada por el mundo lazi, así como una región española, Navarra, debe tomar la senda de la reparación de esas mujeres que «no eran brujas, eran mujeres», lema que dará nombre a una campaña que auguramos bien financiada, que dará lugar a la elaboración de estudios con perspectiva de género y dejará su huella sobre el callejero catalán. 

Cataluña ha visto cómo sus iglesias se vaciaban, quedando, a menudo, como mero soporte para las soflamas secesionistas de los facciosos locales

El parlamento catalán, en definitiva, quiere brujas catalanas en las calles y en los manuales de la historiografía elaborada por los imaginativos amanuenses que remunera. Volem bruixes catalanas, tal podría ser la divisa del movimiento restauratorio brujeril. Un rótulo que constituiría un guiño al que hace más de medio siglo reclamó obispos -«Volem bisbes catalans!»- del terruño, al considerar que la designación del pucelano Marcelo González Martín como arzobispo coadjutor, con derecho a sucesión, del Arzobispado de Barcelona, suponía un agravio intolerable. Si hoy son los portavoces de los grupos parlamentarios aludidos quienes salen en defensa de las brujas catalanas, en aquellos días fueron los Castellet, Benet, Serrahima, Solé-Tura, Roca, Bohigas, Lluch, Raventós quienes, congregados en torno a la revista Serra D´Or, editada por la Abadía de Montserrat, firmaron una carta en la que, además de sustituir la palabra «España» por la fórmula «Estado español», se mostraban contrarios a la llegada de «prelados de procedencia forastera, ignorantes de nuestra lengua, de nuestra casi milenaria cultura y de los complejos espirituales y sociales de las tierras catalanas». Una semana después de la redacción de tan xenófoba epístola, tuvo lugar la Capuchinada, en la que, según desveló el The Daily Telegraph, participaron dos miembros de la CIA.

Tierra trufada de topónimos de resonancias religiosas, lugar en el cual se imprimía un periódico, La Veu del Vallés, en el que se llegó a afirmar que el rezo en catalán agradaba a los oídos de Dios, Cataluña ha visto cómo sus iglesias se vaciaban, quedando, a menudo, como mero soporte para las soflamas secesionistas de los facciosos locales. Tierra también propicia para el establecimiento de logias masónicas cuya simbología persiste en partidos como ERC, en Cataluña ha prendido una suerte de paganismo ecosostenible en el cual hallan acomodo las brujas que, adornadas con todos los atributos del feminismo oficialista, son ahora reconocidas en las instancias oficiales.

Razones no faltan para ello, pues aquellas, y no otras mujeres, encajan a la perfección en algunas modulaciones del discurso secesionista. En efecto, en la Cataluña en la que impunemente se realizan todo tipo de afrentas y desplantes al mismo rey que firmó los indultos a los golpistas, las brujas merecen un lugar destacado, pues no ha de olvidarse que desde la Francia a la que Puigdemont accedió a bordo de un maletero, llegó a España en el siglo XVII cierta brujomanía que en el país galo fue considerada un delito contra el Estado, pues suponía abandonar al señor político y acogerse al satánico. Se trataba, y acaso eso hará reafirmarse a muchos en su brujofilia, de una traición al rey, por la lealtad mostrada por aquellas hembras hacia un príncipe extranjero: el diablo. 

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