«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Volver al hogar

25 de diciembre de 2025

La tienda de licores de mi barrio estira el cierre más allá de su horario. Es el hijo del dueño primitivo, pero los soldaditos articulados que tocan “Adeste fideles” son los mismos. Y las guirnaldas todavía eran fabricadas en Occidente. Salen con botellas con historia embutidas en bolsas azules, de ese azul ochentero que ya no se fabrica. Crece cada año la cola del local de comida para llevar. Dicen que la “tardebuena” y la “tardevieja” han acabado con las cocinas humeantes por Nochebuena, Navidad y Nochevieja. No sé yo. Siempre ha habido encargos en las tiendas de ultramarinos y en las panaderías. Puede que cambien los modos de hacerlo, pero la única dinámica que nadie logra arruinar en España es que es una nación tendente a la fiesta.

España entristecida es algo como una traición a nuestro ADN. La España de las familias no lamenta, celebra. Por Navidad y fin de año descubrimos que hay una pequeña diferencia entre un hogar sombrío lleno de gatos, máquinas de gimnasio y libros de autoayuda, y otro luminoso donde las manos arrugadas y sabias tropiezan con la energía infinita de los niños que lo tienen todo por vivir. La alegría es una fotografía de ayer y siempre. Familias con rosas y espinas, pero familias alegres.

Son los días de la España embellecida. Peluquería, gala y brillantes. Largos abrigos oscuros. Melenazas morenas de juventud revivida, medias de seda oscura y perfumes de fiesta. Las bufandas son el diapasón de una estética exclusiva de estos días de juerga navideña. En el abrazo de los amigos y familiares se descubre una vez más la magia del amor a distancia. Es tanta la gente que nos perdemos a diario que se nos queda pequeño el tiempo para compartir, para actualizarnos, para consolarnos, reírnos y recordarnos cuándo éramos solo unos críos, y la casa llena, las hileras interminables de platos y las bandejas de gala eran un pasaporte hacia la alegría.

Volver a casa. Volver a ser un niño siendo ya un hombre, un hombre hecho y deshecho. Y reconocer los adornos de ayer, las figuritas del Nacimiento que ya fueron herencia de los mayores, y esa comida especial que solo una vez o dos al año se sirve a la mesa, y que nos lanza por un instante al tiempo en que necesitábamos ayuda para sentarnos en la silla del comedor porque estaba demasiado alta.

Navidad tiene algo de reencuentro con el niño de corazón limpio que fuimos. Ese puñado de sueños e ilusiones, proyectos y afectos que vendrían. Y es tiempo, claro, de perdernos en las fotografías de ayer; que, aunque seguimos siendo luchadores de corazón, como cantaba Cooper, los inviernos cada vez nos pesan más y las ausencias nos van horadando el sentimiento. Damos gracias a Dios por tener fe, porque eso nos permite echarlos de menos y, al tiempo, pensar que también hoy están sentados a la mesa, en una fiesta bastante más divertida y halagüeña que la nuestra, allá donde imagino que los ángeles sacarán el vino caro —que digo yo que si San Pedro no se rasca el bolsillo por Navidad, no sé yo cuándo se va a estirar un poco—.

Son muy pequeños los detalles que nos dejan absortos, porque son retales de la vida que vivimos: el corte diminuto en la figura del Niño Jesús, el año en que se nos escurrió de las manos, las luces del belén que nunca conocieron tal cosa como la obsolescencia programada, las sillas magulladas que nunca salen del desván, salvo cuando se necesitan todas y más, que hubo un tiempo, serían los 90, en que teníamos que pedir más a los vecinos por Nochevieja.

Esas distracciones navideñas en sepia, aunque a ratos nos mueven la melancolía, nos dejan descansar del presente cotidiano, que siempre tiene espinas, que siempre tiene urgencias, que está diseñado para trabajarnos el hígado poco a poco, y poner a prueba nuestra paciencia. Volver la vista atrás para contarle a los niños de hoy cómo era aquello ayer, y que un día puedan descubrir que la tradición consiste en esto, en lo del fuego y las cenizas, en legar lo vivo, en luchar a muerte por lo que nada ni nadie nos puede quitar. Y es el espíritu de estas fechas, el tiempo de amor, paz y bien, el calor del villancico al Niño Dios junto al Misterio, y el sentido de otra Navidad, que es nueva y vieja, que es la de todas las veces.

Fondo newsletter