«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Xenófobos

14 de agosto de 2025

Cualquiera que responda a una afirmación, opinión o constatación de un hecho calificando a su contrincante de fascista/racista/machista/islamófobo/homófobo/xenófobo es deshonesto, imbécil o, frecuentemente, ambas cosas. Y esto por dos razones.

La primera la encapsula a la perfección una anécdota que cuenta Borges en su Arte de Injuriar. Dos caballeros británicos sostienen una acalorada discusión teológica y en un momento, ante una réplica a la que uno de los debatientes no sabe cómo responder, le arroja el vino de su copa a la cara al contrario. El agredido, sin inmutarse, comenta: «Eso es una digresión. Estoy esperando su argumento».

Una discusión honesta exige que se tengan en cuenta los argumentos o las afirmaciones de hecho sin considerar quién las expresa, por su propio mérito. Un fascista puede expresar una verdad tanto como un demócrata; un malvado tanto como un santo. Incluso, ocasionalmente, un idiota puede acertar. Lo que se discute es la afirmación o la opinión, no la calidad de la persona que la expresa.

La segunda razón es más propia de nuestro tiempo: todos esos neologismos tapabocas, que abusan de la terminación griega -fobo y han surgido como setas venenosas en el discurso público de un tiempo a esta parte, no se han inventado tanto para definir como para condenar; menos para calificar que para poner fin a toda conversación. «Con el fascismo no se discute, al fascismo se le combate», reza la máxima popular que, mutatis mutandis, habría encantado a los escuadristas italianos de los años Veinte. Sobre todo porque quienes prodigan estos epítetos censores hacen suya la máxima de Humpty Dumpty: las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen.

El obispo de Tarragona, Joan Planellas, ha reaccionado a unas palabras de Santiago Abascal, que a su vez criticaba la posición de la Conferencia Episcopal (una institución relativamente reciente, que no es de derecho divino) sobre la licitud de una celebración musulmana. «Un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano. Y me parece que debe decirse con toda la contundencia», ha declarado Su Ilustrísima.

Las reacciones en nuestra trinchera han sido de dos tipos. Unos, como mi impagable compañero de columnata Enrique García-Máiquez, o el filósofo Quintana Paz, han reaccionado a las críticas de la crítica a la «Iglesia» por parte de Abascal con su habitual brillantez y contundencia. En esto sólo diré que soy católico y, como tal, obligado por fe cierta a creer que un obispo tiene toda la libertad de ser un canalla y la posibilidad de ser un imbécil. Cuando España y toda Europa eran católicas, esta moderna concepción del cristianismo romano como una secta pendiente de las palabras sacrosantas y cambiantes del gurú hubiera sonado a grosera herejía.

Otros han optado por señalar la enorme viga en el ojo del prelado en cuestión, representante del nacionalismo más cazurro, de los que quieren convertir en «xenos», en extranjero, a la mitad de los habitantes de Cataluña.

Por mi parte prefiero pararme en esa palabra tan tramposa, «xenófobo». Olvidemos su significado literal, etimológico, con ese aroma pseudocientífico que le da el sufijo griego. En el habla real, xenófobo define a la persona normal, es decir, a quien prefiere lo propio a lo ajeno. Pero es la excepción, no la regla; la anomalía, no la normalidad, la que necesita un término propio. Ignoro si existe un vocablo para referirse al perro que ha perdido una pata o ha nacido sin ella, pero podría tener sentido. No lo tendría, en cambio, buscar una denominación especial para el perro de cuatro patas.

Preferir lo propio es la norma, lo sano, lo normal. Fuera de nuestro manicomio occidental, nadie duda por un momento que sea natural anteponer los intereses del propio pueblo al ajeno; más aún, no hacerlo es considerado, además de extraño, positivamente inmoral.

Naturalmente la Iglesia, sabia de siglos, reconoce esta realidad, sobre la que han disertado teólogos de la talla de Santo Tomás o Ratzinger, desarrollando la teoría del «ordo amoris», que nos orienta en el orden del amor como en círculos concéntricos.

Un xenófobo, en su significado real actual que he especificado y al que se refiere claramente Planellas, puede, naturalmente, ser un verdadero cristiano. En realidad, hasta un asesino en serie puede ser un verdadero cristiano, solo que un mal cristiano, pero eso es otra cuestión. Sin embargo en el caso que nos ocupa ni siquiera resulta incoherente amar más lo propio que lo ajeno, e incluso tomar medidas prudenciales cuando lo propio está en peligro.

Es la xenofilia lo que requiere alguna explicación, y la endofobia lo que indica un verdadero mal del alma que requiere un psiquiatra, cuando no un exorcista. Y lo digo con toda contundencia, Monseñor.

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