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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

¿Y ha de morir conmigo el mundo mago?

El póquer y la vida van por rachas… La que comenzó hace cosa de año medio es tan dura, diría Antonio Machado, como un golpe de ataúd en tierra.

La metáfora, que figura en uno de los primeros poemas de su primer libro, no es ociosa. Durante esos dieciocho meses el filo de la guadaña ha segado la hierba de la amistad. ¡Menuda cosecha la suya!

Esta columna debería llevar orla fúnebre, pero si no diese en ella rienda suelta a mi estupor trocado en dolor por el peso de lo que sucede, no sería yo el escritor que siempre he pretendido ser. La literatura, dice Emmanuel Carrère en su último libro (Yoga, editorial Anagrama) es o debe ser, y en su caso, añade, intenta que lo sea, «el lugar donde no se miente». Cuando leí esa frase en el que quizá sea el mejor libro del año escrito por quien quizá, así mismo, sea el mejor novelista vivo, caí de rodillas. Cierto, me dije, la literatura es eso y siempre, sin ser del todo consciente, sobre todo al principio, la he entendido así. Juro por todos los inquilinos del Parnaso que yo, en mis libros, jamás he transigido con la tentación de la mentira. Ni siquiera con la del disimulo. 

Abrió tan fúnebre veda la periodista Elia Rodríguez, de esRadio, fallecida a los treinta ocho años en extrañísimas circunstancias

No aludo, al mentar el filo y la sombra de la guadaña, a la soez pandemia en la que tantas personas ajenas a mí han fallecido, aunque obvio es que lo lamento, sino  a las gentes cercanas que se me han muerto, más por razón de edad que por la ciega sinrazón del virus, mientras éste hacía de las suyas.

Ignoro si ha sido por azar o por necesidad, por ósmosis o por contagio, por analogía o porque estaba escrito, por serendipia o por estadística, pero lo cierto es que las Moiras se han cebado con las gentes de mi generación, con los amigos, con los correligionarios que lo siguieron siendo o que con el correr del tiempo se volvieron adversarios, con los compinches, con los camaradas, con nosotros, los de entonces… Léase para saber, en parte, de quienes hablo mi libro Galgo corredor. Los años guerreros (1953 a 1964). En él comparecen muchos de los que ahora desaparecen.

Discúlpeme el lector. Esta columna, que parece un camposanto lleno de lápidas, es un desahogo. Sírvame de excusa la evidencia de que estoy impresionado y conmocionado, por no decir obsesionado. La mala racha a la que me refería antes empezó con Luis Eduardo Aute y siguió con Luis Racionero. Dos amigos, dos hermanos, dos miembros de la vieja guardia, a la que yo solía y suelo llamar el grupo español de Bloomsbury. Luego ya vinieron otros muchos, en tropel, y lo de esta última semana ha sido infernal. Casi a una muerte por día.

Abrió tan fúnebre veda la periodista Elia Rodríguez, de esRadio, fallecida a los treinta ocho años en extrañísimas circunstancias que seguramente nunca se esclarecerán. Trabajó conmigo,  con Ayanta, con Anna Grau y con María Pedroviejo, en el programa de la Dos Libros con uasabi, charlé con ella muchas veces en su magacín radiofónico de fin de semana e iba a reincorporarme a él de un momento a otro. Era culta, guapa, gentil, leal, inteligente, honrada, divertida, traviesa, rápida, cariñosa, excelente profesional y bonísima persona. No estoy yo seguro ‒¡qué le vamos a hacer!‒ de que haya cielo, pero sí lo estoy de que ella era un ángel y, en consecuencia, si lo hubiere, ya estará en él. micrófono en mano, tirando de la lengua a sus congéneres.

Mil veces, citando a Proust, he repetido que el vínculo de unión entre las personas no es la identidad de pensamiento, sino la consanguinidad de espíritu

Murió también después de un infarto fulminante el poeta Antonio Martínez Sarrión, que fue uno de los Nueve novisimos puestos en órbita en 1970 por el crítico José María Castellet. Muchos fueron los días y, sobre todo, las noches de amistad vividas en los setenta con José María Álvarez (otro novísimo) y Eduardo Chamorro, que fue finalista del Planeta el año en que yo lo gané, pero a partir de la muerte de Franco derivó Sarrión a talibán del puritanismo de la izquierda ‒su miopía era proverbial‒, se portó mal con ellos y conmigo, nos negó la comunión y ya no quiso saber nada de nosotros, excepto para vapulearnos. Las Armas y las Letras, que diría Andrés Trapiello. En la vida literaria de la Villa y Corte siempre ha habido espadachines. 

Aún no estaba yo repuesto de la muerte de Sarrión, cuando llegó noticia de que también había fallecido el dramaturgo Alfonso Sastre, que tanto predicamento tuvo en los años cincuenta y la primera mitad de los sesenta. Fuimos los dos conmilitones, allá por tan lejana singladura, en el seno del Partido Comunista, cuando Jorge Semprún y Javier Pradera enredaban en sus bastidores. Sastre, luego, se radicalizó hasta lo inverosímil, pues acabó sumándose a ETA, calzándose el uniforme de abertzale, que le venía ancho o quizá estrecho, según se mire, y yéndose a vivir a Fuenterrabía.  Su nombre no suscitará mucho consenso entre los lectores de La Gaceta ni entre sus directivos, pero la amistad es un sacramento que imprime carácter y salta por encima del listón de la muerte. Mil veces, citando a Proust, he repetido que el vínculo de unión entre las personas no es la identidad de pensamiento, sino la consanguinidad de espíritu. La rebeldía, orientada o no hacia diferentes objetivos, bien puede ser un común líquido amniótico.

«Enésima estocada. Muere Aquilino Duque, gran persona, finísimo escritor de muchos registros, valiente como pocos»

Las dos últimas víctimas de esta oleada de muertes han sido el cineasta Mario Camus y el escritor Aquilino Duque.

Con el primero compartí las aulas de la legendaria Escuela de Experiencias e Investigaciones Cinematográficas y el proyecto, nunca realizado, de escribir yo el guión y dirigir él una película sobre la figura de El Uali, fundador del Frente Polisario. Pilar Miró, a la sazón Directora General de Cinematografía y Teatro en uno de los gobiernos de Felipe González, nos daba apoyo, pero surgió un problema absurdo con el que no contábamos: Mario, que era aereofóbico, se negaba a coger aviones y sin ellos se tornaba imposible el traslado, con cámaras, personas y bagajes, a los campamentos del Polisario en la remota Hamada del desierto argelino, que era donde íbamos a rodar la película. Con razón se dice que el cine es una fábrica de sueños.

En cuanto a Aquilino Duque, transcribo lo que sobre él escribí en mi cuenta de Twitter al recibir, en seco, como un mazazo, la noticia de su muerte: «Enésima estocada. Muere Aquilino Duque, gran persona, finísimo escritor de muchos registros, valiente como pocos, inteligentísimo, cultísimo, fiel siempre a su ideario políticamente incorrecto y a su selecto imaginario. Coincidí con él en la FAO en los años de mi exilio. Seguro que culebrea por ahí la entrevista que le hice en la tele. Hablé con él hace menos de un mes. Parecía tan vivo y tan vivaz como siempre. No sé de qué ha muerto. Los periódicos, a saber por qué, no suelen aclararlo. Merecía estar en la Academia. Ahora ya está en el Parnaso».

Sirva de epílogo a esta columna un poema de Antonio Machado… «¿Y ha de morir contigo el mundo mago / donde guarda el recuerdo / los hálitos más puros de la vida, / la blanca sombra del amor primero, / la voz que fue a tu corazón, la mano / que tú querías retener en sueños / y todos los amores que llegaron al alma, al hondo cielo? / ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, / la vieja vida en orden tuyo y nuevo? / ¿Los yunques y crisoles de tu alma / trabajan para el polvo y para el viento?»

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