«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Yo no era muy de Rosalía

20 de noviembre de 2025

Yo pensaba que era más de Bizarrap. Ahí me ha descolocado Patxi López. De entre los momentos más bochornosos que el Gobierno y sus apéndices nos han dejado en los últimos tiempos, en este intento de tocar calle virtualmente, asciende ahora a los primeros puestos la fingida excitación que les ha producido el estreno de Rosalía, cuya mejor crítica al videoclip se la ha hecho en YouTube el ex Siniestro Total Miguel Costas: «ahora al final de la canción canta en inglés con un tío de Groenlandia, creo». Y, de todos los momentos para la vergüenza ajena, el inimitable Patxi López: «yo no era muy de Rosalía, pero…». No me jodas, Patxi, que yo te hacía entrando en los antros más turbios de la ciudad como Travolta, rompiéndote la camisa, y desgañitándote al ritmo de «Baby, no me llameh / que yo estoy ocupá / olvidando tuh maleh».

Está el Gobierno en modo electoral, desesperados porque hasta ChatGPT, si le preguntas, te dice que el personaje más odiado por los españoles es Pedro Sánchez. En una epifanía boomer, alguien en La Moncloa ha razonado que, si bien Sánchez no puede pisar la calle, si puede hacerse el cercano a través de las redes sociales, o fingir que vive en el mundo real, disfrazándose de hípster para invadir abusonamente Radio 3; a propósito, honor y gloria al veterano y sabio Santi Alcanda que se negó a participar en la farsa, y además, por si alguien pensaba que estaba con gripe aviar el día de la foto coral con el sujeto, lo dijo en Twitter, al pie de la fotografía: «No estoy yo. Por mi dignidad».

Para que no cante mucho la operación «Acerquemos a Sánchez al Despreciable Pueblo Español», han convertido a todos los ministros en tiktokers, como ya comenté aquí hace poco, y sabe Dios a qué precio, que es muy sospechoso que cada dos reels, da igual la red que visites, te aparezca una ministra vestida de Primark para la ocasión, diciendo cosas como: «pues venía yo de hacerme un té matcha —porque yo me cuido mucho para poder darlo todo el lunes en el ministerio, guiño, guiño, codazo— y me dije, qué buen momento para escuchar el nuevo single de Ginebras. ¡Ah! ¿Que no conocéis a Ginebras? Pues mira, suena un poco como Cecilia después de tres gintonics, jaja. Seguro que a Pedro le encantan, porque Pedro sabe muchísimo de música, ¿eh?».

La operación de acercamiento a los españoles de a pie les está saliendo regular, porque Pilar Alegría o Yolanda Díaz en TikTok desvelando su humilde y ordinaria cara doméstica suena tan natural como Patxi López diciendo que le ha «sorprendido mucho» lo nuevo de Rosalía, que estábamos todos esperando que añadiera: «la verdad es que desde Follas novas no había hecho nada tan bueno». Al final, todo se reduce a lo que un expolítico al que admiro me dijo una vez: «nunca te disfraces de pobre para ir a visitar un barrio humilde que ha sufrido una catástrofe». Sobre todo si acabas de aterrizar en Falcon.

Intuyo un sonado fracaso de esta repentina tiktokización del Gobierno, porque Sánchez acaba de sacar su estilo tosco de barra de puticlub para amenazar con una lluvia de muerte y destrucción a los «oligarcas tecnológicos»: «En las redes el odio cotiza al alza, la mentira se premia con clics y la verdad se disuelve como un azucarillo en el algoritmo hasta volverse irreconocible». Sí, Sánchez hablando de disolver la verdad suena un poco a la epifanía de Patxi López con «Lux».

Da igual que sean las redes sociales o las votaciones de TVE. Cada vez que el Gobierno y sus altavoces intentan conectar con la gente, les sale el tiro por la culata. Pensemos en el reciente bochorno de la votación de la cadena pública para elegir a los presentadores de las campanadas de este año, que han anunciado a Buenafuente en una operación repliegue antológica, porque la opción más votada, masivamente respaldada, era la dupla Vito Quiles y Gabriel Rufián.

Por lo demás, me he tomado la molestia de indagar en las reacciones del ciber-pueblo llano a los espasmos culturales del presidente, y «dale la vuelta al libro que lo tienes al revés» es lo más amable que los alegres internautas comentan a sus recomendaciones culturales. Como buen nuevo rico de la política, como buen Don Nadie que ha llegado mucho más lejos de lo que jamás soñó, su inconmensurable ego se ha retorcido de indignación, y todo lo que quiere ahora es vengarse una vez más de los españoles y, en particular, de las redes sociales que no le son propicias. 

Se nos había olvidado pero, a comienzos de año, el presidente del Gobierno ya intentó amedrentar a los de las tecnológicas, enfadadísimo por su acercamiento nada disimulado a un triunfal Donald Trump. Entonces propuso regular las redes, acabar con el anonimato, freírlas a impuestos, y prohibir el «discurso de odio», es decir, prohibir las críticas a él. Por entonces preguntaron a Javier Milei por esta ocurrencia de Sánchez, y el argentino estuvo extrañamente parco y divertidamente preciso en su valoración, que sigue de total vigencia: «Lamentable, como todo lo que dice y hace».

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