Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
Ver biografía
Ocultar biografía
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Si hasta el diabólico Papa Francisco, que de Santidad tiene poco, puede ser tildado de herético por un cura cristiano de distinta cuerda, ¿por qué no voy yo a permitirme la licencia de ser también un hereje en lo que atañe a la ortodoxia de esa teocracia política cuya Sagrada Escritura es la Constitución vigente?

De sobra sé que corro el riesgo de ser linchado o, por lo menos, reprobado al grito de «¡anatema sea!» no sólo por los hipócritas de izquierdas, que de por sí me son adversarios, sino incluso por el grueso de aquellos a los que tengo por relativos correligionarios. 

Lo digo porque en la España de estos días, y de los inmediatamente anteriores, y de los anteriores a los anteriores, todo quisque se declara constitucionalista. ¿Queda alguien por ahí que no lo sea o que se atreva a decir, aunque lo piense para su coleto, que no lo es?

Bueno… Quedo yo. Reformistas sí que hay, pero eso equivale a no ser ni chicha ni limoná. Yo estoy, por las buenas, en contra de la Constitución. Podría aducir muchos motivos: el de su seráfico buenismo, por ejemplo, pero me basta y me sobra con aducir que en su texto se consagra el delirio de las Autonomías. ¡Ah! Y el del sufragio universal.

Cuando en mis años mozos, muy mozos, era yo gilipollas y militaba, siempre a mi aire, en el Partido Comunista, sus caciques, padres priores y catequistas se hacían lenguas sobre las virtudes de lo que ellos, desde sus púlpitos y sus ambones, llamaban «monolitismo revolucionario». Palabra. No invento el término, que ahora, supongo, horrorizará a los progres. A mí también me horrorizaba. Nunca fui un buen comunista. Creía ya entonces que los impuestos directos son una abominación y los indirectos, a no ser que se limiten a diezmos, también.

Hereje y, por ello, réprobo sí que lo soy, pero nadie podrá añadir a la lista de mis delitos el de ser, además, un renegado. Vivía yo en Marruecos, donde era profesor en la universidad de Fez, cuando en España llamaron a rebato las campanas de de las urnas del referéndum sobre la Constitución y ni que decir tiene que ni se me pasó por la cabeza la peregrina (nunca mejor dicho) idea de trasladarme en mi Dos Caballos hasta Rabat o Tánger o adonde quiera que se pudiese votar en alguna sede diplomática. 

¡Pero si en aquella época ni siquiera tenía yo carnet de identidad por considerarlo anticonstitucionalista (sic) avant la lettre e incompatible con mi fervor libertario! 

Eran otros tiempos. Aún no habían llegado los de la actual opresión. Cuando en la recepción de un hotel, por ejemplo, me pedían al carnet, yo, con una sonrisa, me excusaba…

‒Pues mire usted ‒decía‒. No lo tengo, porque lo considero anticonstitucional. Es la policía quien tiene que averiguar cómo me llamo y no al revés. Presunción de inocencia, amigo.

Y el buen hombre me daba siempre la razón. Aún no se habían convertido mis compatriotas en cabezas de ganado lanar.

O sea: que no voté.

Lo chusco es que en mi pecaminosa herejía pueda verme acompañado ahora por los bilduetarras, los de Izquierda Republicana, los antisistema y otras gentes de similar pelaje con las que nunca me tomaría un chacolí, una butifarra ni un cóctel Molotof.

¿Era, en todo caso, estrictamente necesario redactar una Constitución? Lo pregunto porque hace un par de años cayó casualmente en mis manos un amarillento ejemplar del llamado Fuero de los Españoles y comprobé, no sin el comprensible estupor, que casi todo lo que en ese texto se legislaba, quitando lo de las Autonomías y algunas salidas de tono excesivamente patrioteras, era sustancialmente idéntico a lo que nuestra Constitución afirma.

Yo, pecador, me confieso ante Dios Todopoderoso. He pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa…

Llaman al timbre. ¿Vendrán a detenerme?

Deja una respuesta