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Benedicto XVI fue, para una generación, la firmeza de su fe

El hombre del piano

Benedicto XVI. Maria Grazia Picciarella / Zuma Press / ContactoPhoto

«È tornato alla casa del Padre». Con estas palabras quedó huérfana toda una generación. Las pronunció el arzobispo Leonardo Sandri el 2 de abril de 2005. «Queridos hermanos y hermanas, a las 21:37 nuestro amadísimo santo padre, Juan Pablo II, ha vuelto a la casa del Padre».

El papa de Cuatrovientos movió, sobre todo, a los jóvenes. Los llevó a María, les dijo que no tuvieran miedo, que el Amor vencía siempre. Juan Pablo II dejaba almas ardiendo y corazones enamorados. Y una fe vivida –como se vive el amor en la juventud– desde lo emocional. Nuestra inexperiencia aún no apreciaba sutilezas intelectuales pero sí sabía de arrebatamientos. El sentimiento de orfandad fue real. La muchedumbre de la Plaza de San Pedro lloraba, sus colaboradores daban gracias por su vida en la habitación del palacio apostólico y todos quedábamos sin el padre que había vuelto al Padre. Cuando Joseph Ratzinger, ya Benedicto XVI, apareció en el balcón central de San Pedro restauró la paternidad perdida. Difícilmente volveremos a ver mejor encarnada la institución específica del papado. Tuvo palabras de vida eterna y, como Jesús pidió a Simón, confirmó en la fe a sus hermanos  (Lc 22,31-32).

Pero, sobre todo, Benedicto XVI nos ha ayudado a transitar del amor –¡de la Fe!– epidérmico al racional. Nos ha acompañado en el paso a la vida adulta en la que la Fe –¡como el amor!– crece, se hace preguntas, se asienta, comienza a bailar con la razón y dialoga con ella como violines en una cantata de Bach (sus preferidas). «La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana».

En las manos de pianista del pontífice había calor, estábamos al abrigo de la Verdad.  El Papa que nos habló de amor, afectividad y eros en Deus caritas est (2006) era un teólogo brillante, un pensador culto e inteligente y un autor de gran profundidad espiritual. Un gigante intelectual con la humildad de un servidor,  servus servorum Dei.

Su mente preclara predijo estos tiempos. Sabía que si la Fe permanecía fiel a sí misma, tendría algo que ofrecer al futuro. Sin embargo, se cuidó bien de hacer adivinaciones; nos advirtió de que no era un oráculo. Y todo se ha cumplido.

En 1969 Joseph Ratzinger, como sacerdote y profesor de Teología en las universidades de Tubinga y Ratisbona, impartió una serie de charlas que fueron emitidas por la radio. El momento de crisis y la imprevisibilidad del camino al que llevarían los acontecimientos hacían de la cuestión del futuro  algo fascinante. La fe, tambaleante y sacudida, tenía algo que decir en una época inundada de peligros existenciales, desconcierto moral y cinismo político. El religioso alemán se atrevió con la relación de la misma con la ciencia, la existencia, la filosofía y la iglesia del año 2000. En el contexto del Concilio Vaticano II y la revolución sexual, junto con el cuestionamiento a la autoridad que trajo mayo del 68, veía cómo la humanidad caminaba, desbocada y a pasos agigantados hacia algo completamente nuevo, dejando todo lo precedente en la prehistoria. «El hombre de hoy mira al futuro. Su lema es progreso, no tradición; esperanza, no fe».

 «Lo que se aguarda, en contraposición a la Iglesia primitiva no es el reino de Dios sino el reino del hombre, no la vuelta del hijo de Dios sino el definitivo resurgir de un orden humano racional, libre y fraterno». Sabía a donde –a qué transhumanismo probablemente– nos dirigíamos sin Dios, y tenía claro que el único futuro, aquel en el que la esperanza no fuera contra la fe, sería ese en el que el ámbito del ser humano se ensanchara para hacer sitio a la presencia de Dios.

La Constitución Pastoral del concilio Vaticano II, Gaudium et spes, afirma que el mensaje cristiano no aparta a los hombre de la construcción del mundo ni de la búsqueda del bienestar de sus hermanos sino que les obliga a estas tareas. Ratzinger aclaraba a los oyentes, imagino que con su voz suave y tranquila, que la ciudad futura será el reino de Dios. Un cielo vaciado no hace una tierra feliz.

Con todo, el discurso más bello del futuro pontífice es el que dedica a la Iglesia del año 2000. Recordemos que lo hace con treinta años de antelación y señalando que un teólogo no tiene dotes adivinatorias. Cita a san Agustín –el padre de la Iglesia por excelencia para el 265º sucesor de Pedro– para explicar que, si bien el hombre es un abismo, Dios lo es más. Ambos abismos hacen imposible cualquier cálculo, base de la futurología.

En sus pronósticos, Ratzinger retrocede. Compara la situación de la Iglesia inmediatamente posconciliar con la del período de apertura de la edad moderna con la Ilustración y la Revolución Francesa. Aunque esa crisis en la Iglesia fue atajada por Pío X, aquello sólo supuso un aplazamiento que se reanudó en los 70.  El brillante teólogo va al Siglo de las Luces y pone bajo la lupa a figuras del progresismo que  veneraban a la diosa Razón, como el arzobispo parisino Gobel,  o  Fingerlos, director del Georgianum de Munich. Éste  escribió que el sacerdote debía ser ante todo un maestro popular que instruyera al pueblo en ganadería, fruticultura, música y arte. Ratzinger toca la campana de incendios: «Hoy se diría: El sacerdote ante todo ha de ser un promotor social y servir a la reconstrucción de una sociedad razonable, purificada de irracionalismo». Efectivamente, había fuego.

Y así, volviendo al pasado una y otra vez nos adelanta el futuro. Un futuro que no vendrá de las recetas sino de quienes viven la plenitud pura de su fe y tienen raíces profundas.

Tampoco vendrá de quienes evitan la pasión de la fe y declaran superado todo aquello que en el hombre produce exigencia y sufrimiento. La renuncia de uno mismo como ejemplo indica un futuro marcado, de nuevo, por el sello de los santos.

Son vanas las palabras de quienes profetizan una Iglesia sin Dios y sin Fe –continúa el futuro pontífice–. Será una Iglesia superflua. Permanecerá la Iglesia de Cristo, aquella que cree en que Dios se hizo hombre y nos prometió una vida eterna.

El sacerdote que practique un funcionariado social será reemplazado por el psicoterapeuta. Y seguiremos necesitando al sacerdote que, en nombre de Dios, se entrega a disposición de los demás para compartir alegrías y angustias.

La Iglesia se hará pequeña. Perderá muchos adeptos y por ello privilegio social, se llegará a ella como a una comunidad voluntaria, sostenida de manera particular. Puede que conozca formas ministeriales nuevas pero habrá de reencontrar lo que fue su centro: la Fe en un Dios trinitario que perdura hasta el final de los tiempos.

«Volverá a encontrar su auténtico núcleo en la Fe y en la plegaria y volverá a experimentar los Sacramentos como culto divino, no como problema de estructuración litúrgica».

En la belleza de una Iglesia así no tiene cabida la ideología, que todo lo estropea. Es un momento de especial lucidez el de Ratzinger cuando advierte que la Iglesia tendrá que dejar de coquetear tanto con la izquierda como con la derecha.

El pontífice nos habló en el pasado de nuestra soledad presente. Sabía que el mundo planificado nos haría sentir indeciblemente solitarios. Que la ausencia de Dios nos volvería horriblemente pobres. Y ahí, una pequeña comunidad de creyentes se nos descubrirá como algo nuevo. Será patria y nos dará vida y esperanza más allá de la muerte.

Benedicto XVI fue, para una generación, la firmeza de su fe; el magisterio sobre la Razón; la claridad en el mensaje; la esperanza de un hombre de Dios; la orfandad a la que nos sometió su abdicación; el guardián de la doctrina; el Papa que nos habló del amor.

El hombre del piano, apasionado de Mozart, ha vuelto a la Casa del Padre. Y nos ha confirmado en la Fe.

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