«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

El atentado de Londres

Esta semana un terrorista yihadista ha asesinado a cuatro personas y herido a más de cuarenta en Londres. Tras una carrera asesina que comenzó con un todoterreno y terminó a puñaladas, el terrorista de 52 años Khalil Masood terminó abatido por la policía. Se llamaba Khalil Masood, aunque había nacido como Adrian Russell Ajao, un segundo apellido que sugiere una posible ascendencia nigeriana. La información publicada sobre él señala que era un padre de familia con tres hijos, nacido en Kent y que había llegado a Londres procedente de Birmingham. Tras convertirse al islam, cambió su nombre a Khalil Chopudry y después a Khalid Masood. Según publicó “The Sun”, tenía estudios de economía y fue profesor de inglés en Yeda (Arabia Saudí). Había estado en prisión en el Reino Unido por agresión y tenencia ilícita de armas. No es un desconocido para las fuerzas de seguridad. El Estado Islámico ha reivindicado el atentado.

Por supuesto, esta información debe tomarse con cierta prudencia porque se difundió poco tiempo después del atentado. A veces, hay imprecisiones, confusiones o simples errores que la prisa por informar provoca. La opinión pública quiere saber la identidad del terrorista, su historia, sus motivaciones… Es lógico que así sea. Sin embargo, deberíamos estar alerta de otras cosas que quizás interesan menos a la opinión pública -por ejemplo, la historia de las víctimas- así como de otros aspectos sobre los que gravitan el tabú y el miedo: la religión, la nacionalidad, el origen… El miedo a la xenofobia y la islamofobia está creando, a su vez, un miedo a la verdad que resulta asfixiante y, a la larga, suicida.

Nuestro continente afronta hoy dos peligros. El primero es el miedo a decir la verdad. El segundo es el riesgo de culpar a todos los musulmanes por lo que hacen unos asesinos que dicen profesar el islam. Entre los dos, están asfixiando el debate público y, por lo tanto, una de las señas de identidad más profundas de nuestra civilización: la libertad. Occidente nació en el ágora y en el foro con debates y discusiones encendidas. Esa libertad inspiró a los griegos y los romanos. Esa búsqueda de la verdad a través del diálogo y la discusión – las preguntas bien encaminadas que formulaba Sócrates- alumbró las universidades medievales, que fueron concebidas como comunidades de personas y de saberes en pos de la verdad. Tras ella han ido los humanistas de la Edad Media y el Renacimiento, los grandes filósofos de la modernidad y los científicos que transformaron el mundo. La búsqueda de la verdad a través de la reflexión libre es un rasgo característico de Occidente. No tememos a la verdad ni nos escondemos de ella. La buscamos. Sin embargo, la corrección política y los complejos amenazan con asfixiarnos.

Hoy debemos afrontar la amenaza del terrorismo yihadista. El islam está pasando por una fase de radicalización -no es la primera en su historia- que está alimentando el terrorismo en todo el mundo islámico. No ha sido así siempre ni en todas partes. Ha habido periodos de paz y tolerancia en los mil cuatrocientos años de historia islámica, pero sería un engaño negar que la tolerancia y la paz están cediendo ante los fanáticos. Son una minoría, sin duda, pero esa minoría es cada vez más activa en la propaganda, el activismo y la militancia política dentro y fuera de las instituciones. En Europa, la difusión del islamismo y el yihadismo se ha hecho impunemente durante décadas mientras se renunciaba a la afirmación de los valores que han inspirado a Europa. So pretexto de la acogida y la tolerancia, en realidad se fraguaban traiciones y renuncias a lo que nuestro continente ha sido desde hace siglos.

Esa voluntad de independencia, de libertad y de resistencia frente al fanatismo inspiró la lucha del Reino Unido frente a los nazis y sus aliados. Londres, en 1940 y 1941, bombardeado cada noche durante el Blitz, representa esa voluntad inquebrantable de mantenerse en pie mientras todos los edificios y las convicciones parecen derrumbarse. Dice Peter Ackroyd que Londres tiene vida propia. Quienes amamos la ciudad sabemos que, de algún modo, es así. Los cronistas, desde Samuel Pipes y Daniel Defoe en adelante, han advertido de la fuerza que emana de sus calles. De entre los lugares que el visitante puede admirar, quizás mi preferido sea el Museo Británico, que abraza el espíritu de nuestra civilización: la aspiración de saber, la claridad, la libertad, la inteligencia, la razón. He pasado en él horas admirando, junto a mi esposa, las maravillas que el ser humano ha creado a lo largo de su vida sobre este planeta. Allí puede verse todo y estudiarse todo a la luz de la razón y en libertad. Esto es Occidente.

En estos días, ha circulado por las redes sociales un montaje fotográfico que muestra un cartel apócrifo del metro de Londres. Reza más o menos así: “Se recuerda amablemente a todos los terroristas que ESTO ES LONDRES y, nos hagan lo que nos hagan, beberemos té y seguiremos adelante”. Les confieso que me ha alegrado ver que no todo se reducía a velas e interpretaciones colectivas de “Imagine” mientras se depositan flores. No tengo nada contra estas muestras públicas de luto y condolencia, pero lo tengo todo a favor de la resistencia, la afirmación y la victoria sobre quienes quieren acabar con Occidente y convertir Europa en un califato. Debemos salir más que nunca, leer más que nunca, hablar más que nunca. Debemos ejercer la libertad frente a sus enemigos.

Europa tiene que resistir y defender con el mayor vigor su identidad occidental evitando las culpas colectivas y venciendo el miedo a la verdad. El islamismo y el yihadismo son dos tendencias políticas que aspiran a cavar con todo lo que nuestro continente representa y a sustituirlo por una teocracia. Nuestras sociedades deben emplear todos sus recursos, desde los sistemas educativos hasta los medios de comunicación y las fuerzas de seguridad, para afirmar nuestro modo de vida. Sólo así podrá sobrevivir la Unión Europea. Sólo así podrá Europa afrontar este siglo y los que vengan. Sólo así habrá algo que merezca la pena defender frente a los terroristas.

 

Esta columna eleva una oración por las víctimas del atentado de Londres y por sus familias. 

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