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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

¿Por qué hay separatismo?

¿Por qué países de similares características culturales, históricas y socioeconómicas no padecen los problemas de vertebración que sí sufre España? Presento aquí, someramente, algunas claves que, a mi juicio, podrían arrojar algo de luz sobre las tensiones regionalistas. Tensiones que, ojo, no son la causa de los problemas de España, sino sus consecuencias.

España, al contrario que el Reino Unido, Francia o los EEUU, no cuenta con un discurso nacional fuerte, consolidado y compartido por la mayoría de su población. Al revés, la narrativa nacional española es débil, desmayada y, las más de las veces, ocultada. ¿Por qué ocurre esto? Es un misterio para el que no existe consenso. Centenares de intelectuales llevan un siglo y medio analizando lo que se ha dado en llamar “el problema español”, “la cuestión nacional” o, más metafísicamente, “el ser de España”. Y no existe un diagnóstico compartido más allá de la constatación de que el problema existe. 

Algunos aducen que la forja histórica de la nación cursó el proceso contrario al de las otras grandes potencias: primero fuimos imperio, para el que conjuramos todos nuestros esfuerzos, y luego nación. Dicen que cuando descubrimos América la nación estaba a medio hacer, y que cuando quisimos retomar el proceso de formación nacional ya era demasiado tarde. 

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El peso de la llamada Leyenda Negra -imprescindible para comprendernos- ha ahogado la conciencia nacional española hasta hacer de España el país del genocidio de los indios americanos, la Inquisición, la expulsión de los judíos, el fanatismo Católico y de toda una serie de hechos lamentables que nuestros enemigos nos asignaron como se le asignan a todas las potencias hegemónicas. 

Hoy ocurre con los EEUU. La diferencia, y en esto sí hay consenso, es que nosotros nos creímos todas las monstruosidades que de nosotros se dijeron. Monstruosidades que ni mucho menos eran tales, como luego ha reconocido la historiografía contemporánea. El hispanista sueco Sverker Arnoldsson llegó a describir la Leyenda Negra como “una de las alucinaciones colectivas más significativas de Occidente, y precisamente por eso, la más divulgada y asimilada por todos”. 

El enorme peso de la Religión Católica en España y el papel de ésta en la llamada Contrarreforma son también razones que se aducen para explicar la falta de un discurso nacional español vigoroso y transversal. La historia de España estaría íntimamente identificada con la Iglesia y esto, con el discurrir de los años, acabaría perjudicando el discurso nacional español. Ahí queda la célebre frase de Menéndez Pelayo: «España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra”.

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El escaso peso que tuvo el liberalismo en España ayuda también a explicar nuestros actuales problemas territoriales. El liberalismo, en el resto de Europa, operó como un poderosísimo factor de nacionalización a través de políticas educativas, sobre todo, e infraestructuras. En España, los intentos de introducir el liberalismo fracasaron. Y con ellos, el proceso de nacionalización a través de la educación.

Franco, muchos años después, instauró un régimen dictatorial bajo una fórmula genuinamente española y que se decía heredera de la tradición española: el llamado nacionalcatolicismo, esto es, la mixtura indivisible entre la nación y la religión. Su régimen, además, llevó a cabo un nacionalismo español de corte conservador que, sobre todo en los primeros años, apenas dejó espacio a las identidades regionales. 

Hoy, todo cuanto entró en contacto con aquél régimen ha quedado “contaminado”. Y para desgracia nuestra, también la propia nación, la bandera y el resto de símbolos nacionales. Y se da un nivel de necedad tal que hablar de España en España es, para muchos españoles, algo muy parecido a hablar de Franco

Así, España, la nación, quedó mortalmente identificada con un régimen que hoy representa el mal, la antidemocracia, la opresión y la dictadura. Un error de asociación de gigantescas y dramáticas dimensiones, pues España, afortunadamente, es muy anterior a Franco. Y también su bandera, su himno, su historia y sus virtudes. 

Con la reinstauración democrática no se hizo nada para corregir ese imaginario colectivo que identificaba a un país varias veces centenario con cuarenta años de dictadura. Al revés: los movimientos nacionalistas aprovecharon el descrédito de la nación española y la mala conciencia de algunas élites políticas conservadoras para desarrollar sus propias narrativas nacionales. Narrativas todas ellas forjadas como la antítesis de la nación española: si España era carca, antigua e irremediablemente antidemocrática, Cataluña (O Euskadi) sería moderna, luminosa y Europea

Y ese discurso, que en Cataluña se llama “construcció nacional”, ha sido el hilo conductor de los últimos 40 años. Se han invertido gigantescas sumas de dinero en moldear conciencias a través de un sofisticado aparato de ingeniería social que ha operado en la escuela, pero también en las asociaciones de vecinos; en los medios de comunicación públicos, pero también en los privados; en las embajadas “regionales” en el extranjero, pero también en las Universidades, clubes deportivos o gastronómicos. El nacionalismo se ha infiltrado hasta el último lugar y hoy tiene ya carácter orgánico en muchas regiones y constituye la ideología dominante.

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¿Y por qué han tenido tan éxito los nacionalismos fragmentarios? Por la dedicación obsesiva que le han prestado sus dirigentes, pero, sobre todo, porque enfrente no había un discurso nacional alternativo, y si lo hubo, nunca fue atractivo. La España de la que se renegaba era un país desacreditado en lo nacional, pero no sólo, pues no sólo la nación está desprestigiada a ojos de muchos españoles, también el Estado, que es el andamiaje jurídico que da forma a la nación. Los españoles piensan que su Estado es inoperativo, chapucero, elefantiásico, corrupto y disfuncional. Características todas ellas que –y aquí viene lo verdaderamente preocupante- suelen trascender los límites de las administraciones públicas para instalarse en cada proyecto, trabajo, obra o negocio que lleve a cabo un español o conjunto de españoles

¿Cómo abordar, entonces, el problema del separatismo? Tratándolo en su origen ¿Y cuál es su origen? El aquí arriba señalado: el descrédito de nuestra narrativa nacional. Lo explica magistralmente Ortega: “La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismo: un Estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe”. 

 

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