«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

El mito de Aznar

Desencantado con la política seguida por su heredero deíctico, Mariano Rajoy, José María Aznar ha vuelto a protagonizar numerosas portadas, dando de este modo materia de análisis a una profesión fuertemente arraigada en su familia. Al cabo, tanto el padre como el abuelo de quien presidiera España entre 1996 y 2004, se desempeñaron en tareas periodísticas. Aznar regresaba a la más inmediata realidad mediática, logrando lo que muchos, siempre prestos al análisis psicologista, han interpretado como su mayor anhelo: la avidez de notoriedad que si ahora se alcanza con la dimisión como Presidente de Honor del Partido Popular, se consiguió en su día con aquella imagen en la que el madrileño apoyaba sus presidenciales pies en la mesa del emperador George W. Bush durante una reunión del G-8.

La decisión de Aznar sucedió a la emisión por parte de FAES de un análisis en el que los populares aparecen como un partido acomplejado que ha asumido «el relato de sus adversarios» particularmente en lo tocante al desafío independentista puesto en marcha por las sectas hispanófobas que tienen su asiento en las instituciones políticas catalanas y en su enorme red clientelar financiada con dinero público. La gota que habría colmado el vaso de la paciencia de Aznar, acogido, cuando no inspirador, de las tesis del informe de FAES, habría sido la actividad desplegada en Cataluña por la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, a quien, por otra parte, se atribuye la protección de una serie de medios que dibujan con los más siniestros trazos la figura de Aznar al tiempo que predican las bondades taumatúrgicas del diálogo, panacea del adalid de la Alianza de Civilizaciones: José Luis Rodríguez Zapatero.

Empleando tan simplista como maniqueo esquema, muchos son los que han respirado con impostado alivio al conocer el retiro, aparentemente definitivo, de Aznar, que recibiera el calificativo de «asesino» por su adhesión a las iniciativas bélicas de un célebre trío del que formó parte: el de las Azores, cuyos integrantes parecen estar hoy condenados a un ominoso olvido. Un calificativo, el de asesino, que mostraba las vergüenzas analíticas, no exentas de una impúdica exhibición de odio y sectarismo, de quienes así tildaban al Presidente del Gobierno, pues si bien es cierto que toda guerra, por más que se califique como «misión de paz», lleva aparejadas numerosas muertes, quienes las declaran lo hacen como representantes de naciones en lugar de como individualizados sanguinarios que vieran realizados sus deseos más inconfesables al sembrar de cadáveres la tierra bajo la cual se hayan las bolsas petrolíferas.

Sea como fuere, el abandono de Aznar, figura oscura percibida como una suerte de conciencia del pasado que operaba en la sombra del Partido Popular, puede favorecer el ya citado diálogo planteado por los catalanistas con Cataluña y España como interlocutores, en evidente y habitual manipulación de las proporciones, del todo y la parte, en definitiva. Sin embargo, los datos desmienten el mito de un Aznar presentado como a un feroz anticatalanista que habría contribuido a la crisis que, en forma de interminable proceso, venimos padeciendo los españoles a cuenta de las ansias independentistas de un importante sector de la sociedad catalana. Un simple repaso a

la acción de gobierno desarrollada por Aznar en relación con esta comunidad autónoma lo muestran como todo lo contrario de lo que se pretende transmitir ahora.

Fue Aznar y no Rajoy quien permitió que las comunidades autónomas, con el pacto del Majestic sellado con Pujol como trasfondo, pasar del 0% al 35% en la recaudación del IVA. También fue su Gobierno el que propició que el IRPF transferido a las comunidades autónomas ascendiera del 15% al 33%. Es indudable que tales dineros no se han empleado para fortalecer el patriotismo entre los avecindados en Cataluña. Al margen de estas cesiones económicas, fue Aznar quien frenó al Tribunal Constitucional y al Defensor del Pueblo cuando se pusieron en marcha las sanciones lingüísticas que prácticamente han erradicado el español de la cartelería comercial catalana. Si el asunto de los rótulos es importante, qué decir de su inacción a la hora de garantizar contenidos educativos comunes y enseñanza en español en toda la Nación.

Fue también nuestro hombre quien limitó las competencias de la Guardia Civil en favor de unos Mozos de Escuadra que los más aguerridos independentistas ven como garantes de la culminación de la secesión. Difuminados los tricornios del paisaje catalán, Aznar tomó una decisión que encaja mal con la caricatura bélica de la que es objeto, pues no en vano fue él fue quien eliminó el servicio militar obligatorio, decisión pactada con la propia CiU, que de esta manera conseguía que los catalanes no engrosaran las filas de un ejército cuya misión es «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional».

Ante tales datos, difícilmente puede definirse a Aznar como enemigo implacable de Cataluña. Antes al contrario, y al igual que sucede con Felipe V, el expresidente favoreció enormemente los intereses de determinados colectivos radicados en esa región. Pese a ello, don José María debe cargar con la losa del anticatalanismo, un peso acaso liviano en comparación con el que supone la íntima certeza de saberse parte del principal problema nacional.

TEMAS |
.
Fondo newsletter