A Pablo Iglesias no le gusta España. El líder de Podemos se encargó de aclararlo antes de su salto a la política cada vez que tuvo la oportunidad y hay numerosos documentos gráficos que así lo atestiguan. Por eso no extrañó a nadie la posición tomada por el partido en Cataluña, siempre del lado de los que buscan dinamitar la unidad de España, y ahora tampoco debería sorprender la salida de Carolina Bescansa de la formación por reclamar a la cúpula un cambio de postura ante el descontento de su electorado.
En Podemos, la solución a los debate internos es siempre el exilio de los disidentes. Le ocurrió a Íñigo Errejón y ahora también a Bescansa. Antier figuras del partido morado y hoy relegados a la tercera plana por Irene Montero, que aglutina casi tantos cargos como Soraya Sáenz de Santamaría en el Partido Popular.
Iglesias ha abandonado a los votantes de Podemos -firmes defensores de la unidad de España, en muchos casos- por un propósito mayor: respaldar la destrucción de un proyecto común que durante los últimos cinco siglos generaciones de españoles valientes se encargaron de construir y defender en todo el mundo conocido.
España es un país maravilloso. Una nación histórica cuyas raíces más profundas se hunden en el cristianismo y que, al contrario de los argumentos que enarbola el nacionalismo y parte de la izquierda, goza de una libertad y una calidad democrática superior al resto de países de la Unión Europea. Conviene dejar atrás esa leyenda negra y afrontar la realidad sin ningún sesgo ideológico porque España, a pesar de todos sus males, merece que los españoles la coloquen en el lugar que realmente se merece.
Las estadísticas de violaciones y abusos sexuales continúan al alza en la Unión Europea. Es la realidad de un continente que ha visto cómo las decisiones erróneas de sus principales líderes han afectado, y de qué manera, a su población. Austria ha hecho públicos unos datos de agresiones sexuales en la nación que no pueden ser más esclarecedores. El país centroeuropeo también se ha visto afectado por la oleada de violaciones que sacude a otros estados del Viejo Continente y los ataques sexuales han aumentado en un 25%. De ellos, casi la mitad han sido perpetrados por inmigrantes.
Las datos son irrefutables en torno a la inmigración descontrolada puesta en marcha por Bruselas: en los casos de acoso sexual, los inmigrantes representan el 43% de los sospechosos, mientras que en los de violaciones constituyen el 44,3%.
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