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TRIBUNA

El ocaso de los filósofos

Estamos en un momento en el que una proporción creciente de nuestros conciudadanos piensa que, o estás de acuerdo con ellos o eres un “fascista”.

Muy pocos, posiblemente, en los últimos 2500 años de la historia de Occidente fueron peor tratados por la élite política de un país que Platón en Siracusa. Pese a su constante voluntad de servir a un orden político más justo, por tres veces fue secuestrado, vendido como esclavo o hecho prisionero. A causa de esto, al final de la inmortal carta VII, Platón nos dice que, tras su funesta experiencia con los políticos, se vio obligado “a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra".

 

 

Desde entonces, en Occidente no solo no hemos avanzado sino que hemos ido justo al revés. Nadie parece entender que la política, el arte de organizar las sociedades, no es una cuestión de sentimiento si no de voluntad, y la voluntad solo puede fundarse en el conocimiento. Es por eso por lo que cualquier acción política tiene que sostenerse en un fondo de verdad, y no en una vil patraña, para poder funcionar. Algo tan sencillo parece casi imposible de comprender para muchos, que prefieren defender sus prejuicios, su ignorancia o sus fobias y filias.

Lejos de ello, nuestros contemporáneos parecen meditar y razonar con lo más primario de su sistema hormonal. Me viene esta reflexión al hilo de un artículo mío anterior sobre los nubarrones que parecen formarse en Oriente Medio. El argumentario, por llamarlo de algún modo, a pie de artículo o bien no tenía nada que ver con lo dicho o los opinadores se limitaban a insultarse entre sí. Esta actitud es mucho más representativa de lo que cabría pensar. Muchos –especialmente en la izquierda- utilizan su mucha o poca capacidad de ironía para zaherir, no ya adversario, si no al enemigo mortal. Este afán de herir al otro cae hasta el nivel del insulto y de ahí corrompe los razonamientos del que intenta argumentar. En la célebre marcha de mujeres de Washington, con motivo de las protestas contra la toma de posesión de Donald Trump y a causa de la supuesta actitud del presidente hacia las mujeres, podía verse multitud de pancartas en absoluto respetuosas con las propias mujeres: desde una pancarta que decía, en español, “viva mi vulva”, hasta “my pussy, my rules” (mi coño, mis reglas) o “pussy power” (el poder del coño). Toda esta vulgarización, en el peor sentido, de las opiniones y argumentarios hace la discusión absolutamente imposible. Era Gustavo Bueno a quién escuché una vez quejarse del grado de imposibilidad de cualquier tipo de diálogo en nuestros días y fue también él quién hizo de mi un escéptico del diálogo.

Nada de esto es de extrañar. Una mujer es brutalmente agredida en Murcia por doce hombres y unos cuantos sujetos se dedican a justificar el hecho solo por la razón de que, según ellos, ella hacía lo mismo. Toda esta comprensión se coloca, naturalmente, bajo el paraguas del “antifascismo”, una palabra que nadie sabe muy bien qué significa –ni el uno por ciento de la población daría cuenta cabal de qué es el “fascismo”- pero que es capaz de explicar casi cualquier comportamiento, por mezquino que éste sea. Estamos en un momento en el que una proporción creciente de nuestros conciudadanos piensa que, o estás de acuerdo con ellos o eres un “fascista”. De ahí que los resultados de las urnas sean cada vez más cuestionables porque la victoria en las urnas no justifica la “legitimación del fascismo”. El término “fascista” es tremendamente vago, impreciso a más no poder en sus límites y, en realidad, abarca lo que el que manda quiere que abarque. Tras él van “el odio” y “la discriminación”, que solo tienen por origen, naturalmente, el “fascismo”. Así se cierra el círculo, un círculo que es, como se dice en alemán, realmente diabólico porque conectando cualquier comportamiento o actitud con la premisa universal del “fascismo”, se permite la exclusión absoluta de toda opinión, actitud o comportamiento, no importa si es verdad o mentira sencillamente por la razón de que nadie –so pena de ser él también acusado- va a molestarse en contrastar la opinión. Poco a poco va construyéndose un totalitarismo de nuevo cuño en el que cada uno es su propio censor y tácitamente van poniéndose los límites de lo que ni siquiera es lícito pensar. La patología se consuma con “fiscales” que funcionarizan la enfermedad persiguiendo de oficio “odios” y “discriminaciones”, a diestro y siniestro.

El monstruo toma muchas formas, no solo la de la brutalidad de australopitecinos como los que justificaban la paliza a una mujer entre doce. Desde el que se niega a discutir o a amparar opiniones que no le gustan para recibir el favor del ahora poderoso hasta la sospechosísima unanimidad de una prensa que, divergente en teoría, alcanza un aplastante acuerdo y repite monocorde las mismas consignas. Este es el caso de la reciente elección de Donald Trump sobre el que, desde “La Razón” hasta “Podemos”, desde “Der Spiegel” hasta el “The Washington Post”, se repiten las mismas ideas y las mismas banalidades, cuya fuerza argumental radica precisamente en el silencio de los discrepantes.

 

Todo esto demuestra una vez más lo que ha retrocedido la humanidad desde dos milenios a esta parte. Los filósofos están hoy más lejos que nunca del poder en todas partes. Hace años Julián Marías expuso lo siniestro de aquellos que se habían consagrado a vivir “contra la verdad”. Hoy, lo que el creía una actitud residual, es ya una tendencia en auge. Esperemos pues que “los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra”.

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