La izquierda decide reagruparse y embiste con fuerza en Iberoamérica

La amenaza en la región existe y es muy seria
El presidente electo de Chile, Gabriel Boric. Reuters

La victoria del ultraizquierdista Gabriel Boric en Chile ha dejado un amargo sabor de boca no solo a los chilenos, sino a todos los hispanoamericanos angustiados por el destino próximo de la región.

Y es que este muchacho de 30 y tantos no se representa solo a sí mismo, sino que funge como uno entre varios de los entusiastas defensores de la izquierda trasnochada que hace vida en América y que, por vía directa o por mampuesto, ha terminado labrando el camino de las desgracias que se expresan vívidamente en las tragedias en las que, por ejemplo, se han convertido Cuba, Venezuela o Nicaragua. 

Chile preocupa, y lo hace porque antes en Perú ha llegado al poder Pedro Castillo y su particular talento para vivir de polémica en polémica, semana a semana. Pone a pensar porque en la complicada Honduras acaba de arribar a la presidencia Xiomara Castro, la esposa del inefable Manuel “Mel” Zelaya. Angustia porque en Argentina gobierna el kirchnerismo a través de Alberto Fernández, quien cuenta con una naturalidad increíble para desequilibrar una economía históricamente sometida a unas montañas rusas de antología. En México, por decir lo menos, López Obrador se ha trazado la meta de ser el paladín del nuevo socialismo latinoamericano; uno que no muerde, pero pellizca con fuerza.

Pero las alarmas chillan aún más cuando se piensa en el gigantesco Brasil y lo que supone el regreso del corrupto Lula al poder, si Bolsonaro pierde la reelección el año próximo; o lo que significaría que el templo de resistencia frente al comunismo que ha representado Colombia durante más de medio siglo termine siendo derrumbado por un guerrillero como Gustavo Petro en 2022. El panorama es de espanto.

Son horas bajas para los defensores de la libertad y la democracia en Hispanoamérica. El Foro de Sao Paulo (FSP) -que muchos asumen como una exageración y nada más- se ha transformado en la casa común de todo aquél que pretenda utilizar los golpeados modos de la democracia en la región para alcanzar el poder; eso para luego más nunca respetarlos y pasar a realizar el reino del socialismo en la tierra, cueste lo que cueste.

El advenimiento de Boric no revela el problema en su completa dimensión. En Chile las cosas comenzaron a andar mal cuando, en 2019, las revueltas coparon las calles y destrozaron la propiedad privada. Cuando la muchedumbre –reclamando supuestas reivindicaciones históricas– dijo que no estaba conforme con el hecho de que su país fuese una de las economías más sólidas de la región, y de que la nación sudamericana tuviese un  amplio respeto por las libertades públicas. La queja populachera siempre aparecía, porque “la derecha esto y la derecha aquello…”. ¿Qué hacer en casos así?

Todo eso ocurrió frente al gobierno de un Sebastián Piñera que trató de hacer malabarismos con un pan caliente entre manos, decantándose al final por ceder ante la convocatoria de una Constituyente para reformar la Constitución del país. La claudicación estaba firmada. El daño estaba hecho, hace ya dos años.

Con ello, Piñera pasará a conformar el grupo de los que, desde la supuesta “derecha” empresarial sudamericana, lo intentaron y no pudieron. Mauricio Macri y Pedro Pablo Kuczynski (PPK) son miembros honorarios del club. En Ecuador, Guillermo Lasso se planta como el último mohicano de esta estirpe de líderes.   

La cosa a esta altura es clara: mientras la democracia en Hispanoamérica castiga a gente como Piñera y Macri y da campo abierto para que asciendan los Boric y los Castillo, también la región asiste al espectáculo de continuidad en el poder que protagonizan los tiranos Díaz-Canel, Daniel Ortega y Nicolás Maduro, sin pena ni gloria.  

El asunto no es Chile. La Iberosfera entera ha caído en una dinámica en la que, por un lado, las democracias están aguijoneadas y son tan endebles que pueden permitirle el acceso al poder a individuos que no lucen ni medianamente preparados para manejar un país, mientras que por el otro, no hay capacidad de refreno o reacción alguna ante tiranías que matan a fuerza de hambre y represión a sus naciones.  

Frente a ello no parece haber una prescripción general que pueda hacerse para intentar remediar el entuerto, pues cada país del vecindario tiene sus particularidades, lidia con sus propias trabas y combate a sus propios demonios; pero si algo es cierto es que eso que llaman “derecha” en Latinoamérica debería comenzar por tomarse en serio el hecho de que la agenda de las amenazas izquierdistas existe, es seria y de paso muerde. De allí quizá emerja el incentivo necesario para hacer causa común en distintos frentes contra el peligro que encarnan el Foro de Sao Paulo, el Grupo de Puebla, la Internacional Progresista y otros bichos peligrosos que rondan el ambiente.

El socialismo es miseria, frustración y ausencia de libertad para vivir, allí donde se practique. La izquierda criminal, aunque se vista de seda, criminal se queda. Un frente liberal-conservador en la región debería comenzar sus campañas políticas por una explicación sencilla y llana de esta idea, buscando con ello conjurar la amenaza que circunda el horizonte. Si es que acaso todavía hay tiempo para Latinoamérica…

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