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EEUU deja claro que España, bajo el Gobierno de Sánchez, no es un aliado confiable

Biden, el presidente de Estados Unidos
El presidente de EEUU, Joe Biden. Reuters

Sospechábamos quienes nos fijamos en los gestos más que en las palabras que la diplomacia de los EEUU no tenía muchas ganas de congeniar con el Gobierno de Pedro Sánchez y Podemos no más juramentarse. Era obvio que el discurso de izquierdas insuflado en maximalismos panfletarios de Podemos no era en absoluto compatible con un gobierno como el de Donald Trump.

Podía suponerse además que las alianzas naturales de la banda de Podemos los hacían enemigos naturales de Trump estuviese quien estuviese en la Casa Blanca. Financiamiento iraní confeso, financiamiento chavista descubierto, coincidencias castristas y otras lindezas dejaban claro el asunto.

Pero en el 2020 las cosas se colocaron en otro nivel de debate, fundamentalmente gracias a las previsiones que la prensa de izquierdas en Europa había levantado durante toda la Administración de Trump. Según la opinión de la izquierda enquistada en las líneas editoriales de los principales medios de este continente, el problema era Trump, no el país que presidía. Apuntados a la línea global de acoso y derribo del primer presidente del siglo XXI en no repetir mandato en aquel país, la agitación contra el mandatario llegó al paroxismo en el año electoral.

Vimos primero el posicionamiento como tendencia en redes de cualquier gesto que dejara mal a Trump. Desde unos ojos torciéndose en el rostro de la colegiala escandinava extraviada al escuchar un discurso del líder republicano, pasando por la famosa foto de los dirigentes europeos parados frente al asiento de Trump en aquella cumbre, donde parecía que Ángela Merkel lo encaraba, cual fiscal de La Ley y el Orden.

Luego se fue a más. Portadas ridiculizando a Trump, combatiéndolo partidistamente. Y, por supuesto, llegó la esperanza desde la izquierda: Bernie Sanders, Kamala Harris, Ocasio-Cortés, Obama… y finalmente, Biden como candidato, aupado por toda la prensa europea casi sin excepción. Porque el problema era Trump, no los EEUU.

En eso estuvieron los medios de la claque roja en España. Con profundo desconocimiento de la elaboración de una política exterior, en un país donde se ha demostrado que la misma se mueve en función de intereses partidistas y no de intereses de Estado intentaba analogarse: si con el republicano Trump los EEUU son agrios con España, al ascender Biden todo cambiará y volveremos a ser los aliados confiables. O, al menos, los socios preferentes. O amigos.

Pero la realidad, la peor enemiga de los socialistas, se encargó de dejarlo todo claro.

Política de Estado y no de partido

Quien entienda lo que son políticas de Estado y comprensión del interés nacional pudo darse cuenta a tiempo del equívoco del PSOE-Podemos en sus cálculos sobre mejoras en la relación con EEUU. Porque la política exterior de dicha potencia no se basa solo en la opinión del presidente, ni de la del jefe de su diplomacia. Hay ensortijados caminos que definen el rumbo y la acción exterior, inteligibles para la clase gobernante española, acostumbrada al contubernio y la transacción, al cambio de vientos en función del partidismo o del acomodo temporal sin miras de futuro.

En primer lugar, el presidente tiene una opinión (que no necesariamente será la opinión de su gobierno). Tendría el presidente que ponerse de acuerdo con su Secretario de Estado, con su Secretario de Defensa, con su Secretario de Comercio y con su Secretario de Justicia. Y además, con su Vicepresidente.

Cada una de esas instancias tendrá, a su vez, una opinión que representará al equipo que dirige, entiéndase asesores, directores de agencias y sus respectivos expertos. Es decir, opiniones cimentadas en análisis y posiciones que normalmente representan además distintas corrientes en el seno del gobierno y del partido, influenciadas, claro está, por los grupos de intereses que financian a cada uno de los actores en este juego.

Pero ahí no termina todo. Es que hay un Congreso que sí cumple con el papel contralor que la constitución le asigna. No hay un coro que le va a aplaudir al presidente. Hay un control real que, además, no se rige por la deleznable política de la línea partidista y leyes de transfuguismo, pues cada parlamentario esté en el partido que esté, tiene una posición que es pública, unos intereses que públicamente defiende y sus electores lo votan precisamente por esa posición, más allá de la posición que pueda tener su partido, que siempre es a grandes rasgos, pero nunca un corsé para los parlamentarios.

Por eso, en Moncloa creyeron que la llegada de los demócratas a la Casa Blanca significaba que el Comité de Relaciones Exteriores del Senado estaría dirigido por algún demócrata que, anotado en corrientes de izquierdas o poco conocedor de España, dejaría pasar las posiciones a las que ha decidido jugar el Ejecutivo de Sánchez. Ignorancia mediante, desconocen que el actual presidente del Comité, Bob Menéndez, en efecto es demócrata pero también es de origen cubano, hispanoparlante y férreo opositor al régimen cubano al cual hacen loas desde el PSOE-Podemos.

Todo mal entonces. Calculando un cambio, desconocen la realidad parlamentaria de los EEUU y la forma en que ven el asunto en ese Comité. Porque desconoce el socialismo español que así como Europa ve a Hispanoamérica a través de la visión que España explique, EEUU evalúa a España en función de la política que desde Madrid se dirige con respecto a Hispanoamérica.

Por eso, Bob Menéndez se mostró agrio en la sesión de ratificación de la nueva embajadora en España. Sus palabras van a lo medular cuando indica que “preocupa que España no haya querido ayudar especialmente en el Hemisferio occidental. Estoy seguro de que no le gustaría que actuáramos como lo están haciendo con nosotros”.

¿Qué están haciendo? Promoviendo inversiones en propiedades confiscadas a nacionales de EEUU en Cuba. Apoyando a regímenes enemigos de los EEUU, pero, y por sobre todo, torpedeando cualquier acción de contención y combate contra el régimen chavista y sus redes criminales, retardando extradiciones, negando colaboración en investigaciones por legitimación de capitales.

España se ha convertido en el asiento principal de cientos de miles de millones birlados a Venezuela a través del sistema bancario de los EEUU. Los ladrones están muy tranquilos en España, sin que nadie les moleste.

Connotados violadores de derechos humanos del chavismo, como el pistolero Richard Peñalver o la “defensora del pueblo” Gabriela Ramírez, están viviendo en España, protegidos por el gobierno español. Y así un largo etcétera que incluye la andanada de improperios que contra EEUU se lanzan desde cada tribuna de actos de Podemos y sus aliados.

La lista de agravios es larga.

Ya no hay aliado confiable

No es posible entender como una mejora en las relaciones el que Sánchez haya logrado la hazaña de caminar al ritmo de Biden por 20 segundos en camino a un foro internacional. Sobre todo si se tiene en cuenta que ninguna de las acciones que antes, durante y después de dicho encuentro fugaz se han producido dan cuenta de mejoría.

Los guiños a la alianza de EEUU con Marruecos en medio de la crisis de Ceuta, sumado a la ausencia de agenda común entre ambos presidentes, que ni siquiera han tenido un encuentro formal oficial, tiene que sumarse a las declaraciones de la embajadora designada ante Madrid en la audiencia de ratificación ante el Senado. Julissa Reynoso, de origen dominicano, dijo estar «bastante familiarizada con la mediocre política de España frente a algunos de estos países, principalmente Cuba, Venezuela y Nicaragua».

Cosa obvia, la embajadora Reynoso sabe que al Gobierno de Sánchez lo cubre la mediocridad y se atreve a decirlo en público, incluso antes de que el Gobierno de Sánchez le de el beneplácito a su nombramiento. Es decir, la embajadora va a España en ánimo levantisco contra Sánchez, sin intención alguna de tratarlo como aliado confiable.

De esta manera, queda claro que para que EEUU vuelva a considerar a España un aliado seguro y confiable, no es el gobierno de aquel país el que debe cambiar, sino el de España. Más específicamente, no habrá mejoría en las relaciones con la Casa Blanca mientras Sánchez siga en La Moncloa. Más allá de lo que el gang mediático de izquierdas se atreva a decir.

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