«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Entrevista a Ernesto Araújo, ministro de Asuntos Exteriores de Brasil
Entrevista a Ernesto Araújo, ministro de Asuntos Exteriores de Brasil

Ernesto Araújo: ‘El bulo más importante contra el Gobierno de Bolsonaro fue un tuit de Macron en 2019’

1 de marzo de 2021

Habla Ernesto Araújo, el ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno Bolsonaro: «Estamos dentro de un sistema corrupto que controla los medios de comunicación y nos retrata como reaccionarios contra el progreso. Pero nosotros estamos transformando el país.«

«La política exterior brasileña debe formar parte del momento de regeneración que el país vive hoy en día». El 14 de noviembre de 2018, Jair Bolsonaro, recién elegido 38ª presidente de la República Federal de Brasil, anunciaba en Twitter el nombre del nuevo ministro de Asuntos Exteriores, la persona que representaría en el mundo los intereses del gigante sudamericano —210 millones de habitantes, el quinto Estado más extenso del mundo, igual que casi treinta veces Italia—, y la visión política de un Gobierno surgido de una victoria impresionante, impensable para muchos poco tiempo antes.

El nombre del elegido fue Ernesto Araújo, nacido en Porto Alegre en 1967, con estudios literarios en la Universidad de Brasilia y después en el Instituto Rio Branco, la alta escuela de relaciones internacionales que es la puerta de acceso a Itamaraty, la Farnesina [sede del Ministerio de Asuntos Exteriores italiano] verdeoro. «Un diplomático y un intelectual», dijo de él Bolsonaro. Y, habría podido añadir, orgullosamente católico. Il Timone lo ha entrevistado para hacer, con él, balance de la situación.

Ministro, las democracias modernas nacieron contra la monarquía, para dar soberanía al pueblo. Hoy, quien intenta defender la soberanía popular es tachado de «populista», «soberanista». Parece que defender la soberanía popular sea una postura incluso reaccionaria. ¿Por qué, según usted?

—Ante todo, no creo que sea del todo exacto, desde un punto de vista histórico, afirmar que las democracias modernas nacieron en oposición a la monarquía. En nuestro caso no ha sido así. El sistema monárquico que Brasil tuvo en los primeros 67 años de su vida independiente (1822-1889) era probablemente más democrático que el sistema republicano que lo sustituyó; o, ciertamente, no menos democrático. Durante buena parte de su existencia, la República en Brasil fue un sistema organizado para preservar todo el poder en manos de unas pocas élites políticas. Hay quien podría decir que la monarquía fue lo mismo, tal vez sí, pero ciertamente para Brasil, las ecuaciones república-democracia, monarquía-autocracia, no se sostienen.

Lo que ha sucedido en los últimos años es que muchas personas se han dado cuenta de la realidad, es decir, que el sistema proyectado por la Constitución de 1988 es una democracia más de fachada que real. Durante el gobierno del Partido de los Trabajadores (2002-2016), asistimos a una enorme alianza, diría incluso una fusión, de los socialistas, de la izquierda, con las élites políticas. Esta fusión creó una pesadilla: corrupción, decadencia económica y moral, total falta de respeto por las personas, su dinero y sus valores. Ha sido una gran organización criminal, creada para robar a la gente y dar vida a una suerte de régimen socialista-corrupto eterno. Pero los brasileños se han despertado, se han dado cuenta de que tenían que poner en práctica la Constitución, que dice: «todo el poder deriva del pueblo», pero en gran medida esto no sucedía, puesto que todo el poder derivaba de la clase política.

Esto es lo que queremos cambiar con la guía del presidente Bolsonaro y poner de nuevo al demos, al pueblo, al mando de la democracia. No queremos cambiar ninguna regla, solo queremos que las reglas se apliquen tal como son, que no se distorsionen para preservar el poder de las élites políticas. Algo similar está sucediendo en muchas partes del mundo: por un lado, el pueblo, que quiere verdadera democracia y, por el otro, la élite política, el sistema —que incluye a los medios de comunicación, el mundo académico, etc.— que intenta manipular la democracia. Y el sistema, gracias al control que ejerce sobre los medios de comunicación dominantes, crea la fábula según la cual quién quiere verdadera democracia, el poder en manos del pueblo, es reaccionario, es contrario al progreso, a la civilización. Es un modo de deslegitimar al pueblo, una narración creada por el sistema al servicio de los objetivos del propio sistema.

«La fe sigue muy viva en Brasil, si bien el sistema educativo heredado de los gobiernos socialistas y la cultura dominante, vinculada al poder socialista corrupto, la desalienta»

Como ministro de Asuntos Exteriores, ¿cuál ha sido hasta ahora el momento de mayor satisfacción y cuál el más duro?

El momento de mayor satisfacción es cada vez que, yendo por la calle, alguien me reconoce, se acerca a mí y me dice: «Gracias por el trabajo que estás haciendo, te admiro, sigue adelante, te apoyamos». Son personas normales, en muchos casos pobres, que consiguen ver a través de la cortina de humo de los medios de comunicación dominantes y que se dan cuenta de que ahora, el ministerio de Asuntos Exteriores, nuestra política exterior, forma parte de la transformación del país, del proceso para hacer de él una verdadera democracia.

El momento más duro es cada vez que me doy cuenta de lo cínicos, mendaces y malévolos que son los medios de comunicación dominantes, sobre todo de lo incapaces que son de formular un argumento racional y cómo intentan plasmar un relato contra nuestro gobierno sin ninguna base fáctica. Y también cuando me doy cuenta de que el sistema al que debemos enfrentarnos está basado en el dinero. Lo único que quieren es preservar un cierto mecanismo de circulación del dinero; quieren destruir a las personas y al país a fin de preservar sus intereses materiales.

«Seguimos totalmente abiertos al intercambio de información y la cooperación con cualquier país sobre temas medioambientales, en el respeto de la soberanía brasileña»

La salvaguardia de la Amazonia fue una cuestión relevante del movimiento ecologista internacional en los años 80; luego, durante un cierto tiempo, no se volvió a hablar de ella, o casi. En los últimos años vuelve a estar en el candelero. ¿Qué motiva esta atención intermitente? ¿Cuánta especulación política hay detrás?

—Las cuestiones medioambientales se han convertido en un importante instrumento para atacar a nuestro gobierno. El sistema de poder interno de Brasil quiere desacreditarnos ante el público internacional. Y cuenta con poderosos aliados en el extranjero porque el sistema anti-pueblo y anti-libertad es, en última instancia, el mismo en todo el mundo, y proporciona las armas a los medios de comunicación internacionales para atacarnos. Sin embargo, esos medios ignoran los hechos y el esfuerzo sin precedentes que estamos haciendo para preservar la Amazonia (operación «Verde Brasil» para combatir la deforestación ilegal y otras muchas medidas); ignoran nuestra «Contribución determinada a nivel nacional», sumamente ambiciosa, que acabamos de poner en marcha basándonos en el acuerdo de París para reducir las emisiones, y dicen: «El gobierno brasileño está destruyendo la Amazonia». ¿Qué quieren conseguir? Quieren que perdamos acuerdos comerciales y mercados internacionales para nuestra industria agroalimentaria, quieren perjudicar a Brasil. Son brasileños los que intentan perjudicarlo, que pertenecen al sistema y quieren preservarlo. Quieren destruir nuestro impulso hacia una apertura comercial, económica, hacia las reformas orientadas al mercado, no quieren que el país tenga ningún tipo de éxito de este modo. Porque si tenemos una economía abierta, una economía de mercado real y no dominada por el Estado, para ellos será más difícil restaurar el sistema socialista corrupto que adoran.

No quieren que Brasil forme parte del mundo libre, basado en la democracia real y en la economía de mercado, porque estas destruirían su sistema corrupto. Por consiguiente, utilizan el medioambiente como un arma, porque saben que es más difícil para Brasil ser aceptado en el mundo libre si el mundo piensa que estamos destruyendo la Amazonia.

En su opinión, ¿cuál es el bulo (la fake new) más importante sobre el Gobierno Bolsonaro?

—Probablemente el tuit del presidente Emmanuel Macron, en agosto de 2019, que mostraba la imagen de un bosque en llamas y, asegurando que era la Amazonia, decía: «Nuestra casa arde». Como se supo después, la foto fue tomada hace veinte años por un fotógrafo ya fallecido y no era de la Amazonia. Sin embargo, suscitó grandes protestas en todo el mundo contra Brasil. La verdad es que los incendios en la región amazónica en 2019 fueron inferiores a la media de los últimos veinte años, pero muchas personas, a causa de la desinformación, han empezado a creer que la situación es más grave que nunca; y, peor aún, que el presidente Bolsonaro y su gobierno la han fomentado. Ese tuit llevó a muchos a apoyar la idea de quitarle la soberanía a Brasil sobre nuestro territorio en Amazonia, para proteger la jungla, como si nosotros fuéramos incapaces o reacios a hacerlo, cuando la verdad es exactamente lo contrario.

Permítame que le recuerde que unas semanas antes recibí en Brasilia la visita del ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Yves Le Drian, y le sugerí la institución de un grupo técnico bilateral Brasil-Francia para intercambiar información sobre cuestiones medioambientales; sugerencia que fue acogida. En lugar de seguir por esa línea, el presidente Macron decidió tuitear una vieja foto. Es muy triste.

Sin embargo, seguimos totalmente abiertos al intercambio de información y la cooperación con cualquier país sobre temas medioambientales, en el respeto de la soberanía brasileña y, especialmente, en el respeto de la verdad.

Y lo estamos haciendo, por ejemplo, a través de un diálogo constante con los embajadores europeos en Brasilia.

«La historia que se enseña en la escuela está pensada para hacer que nos sintamos mal y para que nos avergoncemos de nuestro país»

Usted, en un escrito, recordó la batalla de Ourique del 25 de julio de 1139, en la que Alfonso Henriques, después de una aparición de Cristo, derrotó a cinco reyes moros y fue proclamado rey de un Portugal independiente. «Gracias a tu fe y a tu espada, estamos aquí y conocemos el nombre del Salvador», escribió dirigiéndose idealmente al rey Alfonso. Esta raíz portuguesa y católica, ¿sigue viva en Brasil? ¿Sigue habiendo el sentido de continuidad histórica, o se ha perdido?

—Sí, sigue muy viva, si bien el sistema educativo heredado de los gobiernos socialistas y la cultura dominante, vinculada al poder socialista corrupto, la desalienta y la descuida. Durante decenios han intentado destruir el vínculo que nosotros, brasileños, tenemos con nuestra historia, en especial con la dimensión heroica, y con nuestra identidad nacional, de la que la fe cristiana es una parte fundamental.

La historia que se enseña en la escuela está pensada para hacer que nos sintamos mal y para que nos avergoncemos de nuestro país, de nuestras raíces. Pero de alguna manera los brasileños permanecen muy apegados a su identidad, a la unicidad de su país, más por instinto y sentimiento que por cualquier otra cosa. Los socialistas intentan siempre separar a las personas de su historia, porque un pueblo que no cultiva su historia y sus héroes se siente menos cohesionado y es más fácil de controlar desde arriba.

La enorme transformación que hay en marcha en Brasil, que tiene en su centro al presidente Bolsonaro y su gobierno, pero que es más grande que nosotros, no es una transformación política, sino un profundo cambio nacional, y solo es posible porque los brasileños se han vuelto a conectar a su fe e identidad cristianas. La fe es el cemento de nuestra nación y el motor de nuestra voluntad de combatir el antiguo sistema corrupto, porque la fe cristiana tiene un enorme poder de transformación, no solo para los individuos, sino para toda la sociedad. No es casualidad que un presidente cuyo lema es: «Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos», sea el primer presidente que nos hace ver de verdad la posibilidad de una transformación, la posibilidad de ser el país libre, democrático y próspero que siempre hemos querido ser, libre de un sistema de élite corrupto. Y esto es así porque ha sido el primer presiente que ha tenido el valor de proclamar que Brasil es una nación cristiana.

«El desafío siempre es el de saber explicar en qué medida nuestro Gobierno está intentando cambiar las cosas. Demostrar que estamos combatiendo contra un sistema corrupto»

¿Qué es lo más difícil de hacer comprender en el extranjero del Brasil actual?

El desafío siempre es el de saber explicar en qué medida nuestro Gobierno está intentando cambiar las cosas. Demostrar que estamos combatiendo contra un sistema corrupto muy arraigado, que estamos a favor de la democracia, la libertad y los derechos humanos (que son, en gran medida, iguales a las libertades fundamentales, a saber: libertad de expresión y de credo, derecho a la vida, derecho a las instituciones democráticas, todo lo que hay en la Declaración universal de los derechos humanos de 1948). Intento mostrar que estamos a favor de todo esto y que combatimos contra un sistema corrupto que es antidemocrático y contrario a la libertad.

«Solo quieren etiquetarte como tránsfobo, o como homófobo, racista, fanático y otras cosas de este tipo para, después, silenciarte sobre cualquier tema»

En Occidente, la ideología de género y LGBT ya se ha consolidado gracias a la gran finanza, las grandes multinacionales, la tecnocracia supranacional: ¿qué puede frenarla, en su opinión?

—La izquierda siempre actúa secuestrando las causas nobles, a las que transforma en instrumento para su propio poder. La no discriminación por orientación sexual es algo noble, y estamos totalmente a favor. Pero la izquierda la transforma en una ideología, un instrumento para atacar a sus adversarios. A la izquierda le gusta crear figuras abstractas, que no son personas concretas, sino categorías políticas. Personas LGBT, mujeres, «personas de color», inmigrantes: en el lenguaje de la izquierda son solo categorías políticas, que son utilizadas como instrumentos por todo el espectro globalista, desde los narcos-socialistas de América Latina, hasta las élites transnacionales sedientas de poder. Todos intentan etiquetar a sus adversarios con algún nombre que los excluya del discurso público. Por ejemplo, si se piensa que un niño no debe ser sometido a una intervención quirúrgica para el cambio de sexo, inmediatamente se nos llama «tránsfobos» y se nos excluye de cualquier debate de la mentalidad dominante. En un tema como este no puedes tener una discusión racional basada en hechos, no puedes plantear argumentos que vengan de la psicología, la medicina, una ética básica. En este caso solo quieren etiquetarte como tránsfobo, o como homófobo, racista, fanático y otras cosas de este tipo para, después, silenciarte sobre cualquier tema. Si dices que eres contrario a la cirugía de cambio de sexo de los niños y, al día siguiente, quieres expresar tu opinión sobre la privatización de una sociedad estatal, gritarán: «Ya llega ese fanático tránsfobo, no se le debe permitir que exprese ninguna opinión, no importa cuál sea el tema». Es un sistema de control del lenguaje dominado por la izquierda que es muy preocupante. No admiten que las personas puedan tener opiniones distintas sobre lo que es el bien. Que es fundamentalmente de lo que se ocupa toda la filosofía a partir de Platón: una discusión libre e instruida sobre los distintos conceptos del bien. Pero ellos no lo admiten, proclaman: «Esto es el bien», y si no estás de acuerdo eres malo y debes ser expulsado de la ciudad. No admiten que se vea el bien desde una perspectiva distinta. Es totalitarismo. Y lo peor es que a ellos no les importa realmente qué es el bien, solo quieren afirmarlo y utilizarlo como medio para controlar el discurso, para obtener un poder enorme.

Brasil tiene las dimensiones y los recursos para ser una gran potencia en el escenario global. ¿Qué le falta para serlo?

—Sobre todo confianza en nosotros mismos. Un sentido de nacionalidad, el sentido de ser una gran nación, cuyo destino es convertirse en una nación líder en el mundo; sentido de grandeza. Y superar nuestro sistema corrupto: porque todo lo que el sistema quiere es que nuestro país siga siendo mediocre, cerrado al mundo, estancado, con un pueblo que tenga poca confianza en sí mismo, porque este es el tipo de país que se puede controlar.


Publicado por Raffaella Frullone en Il Timone.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta de la Iberosfera.

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