El caso de la Justicia norteamericana contra Google o la Maldición de Trump

EL PRESIDENTE VA SOBRADO

Es algo así como la Maldición de Tutankhamon. Qui mange du Pape en meurt, dicen los franceses, que son muy suyos: el que come Papa, muere. Y el que trata de devorar a Trump -y son legión-, acaba devorado.

Los responsables del Obamagate -el espionaje a la campaña del entonces candidato Trump desde la propia Administración Obama- están ya a la espera de ese golpecito en la puerta que no es el lechero, precisamente. Y ahora las multinacionales de Internet, que parecen haber hecho suya la misión de desinformar sobre el presidente, han ido demasiado lejos al censurar la información del New York Post sobre el escándalo Biden y ahora les toca pagar. Donde más les duele. El karma es muy perro.

No es que la ‘bomba’ informativa de fragmentación que sigue manando del disco duro de Hunter Biden haya dejado de ser noticia, lejos de ello: ya hay confirmación de terceros incluidos en algunos de los mensajes de que sí, son auténticos, nada ruso que ver aquí.

Pero hoy la noticia es que el Departamento de Justicia ha presentado una demanda contra Google por “monopolio ilegal”. Que empiecen los juegos.

Se acusa al buscador de mantener “monopolios ilegales” en los negocios de búsquedas por Internet y publicitarios. Google, dice la demanda, lleva tiempo infringiendo la ley en su intento de seguir siendo “el guardian de Internet”, y ha puesto a sus rivales en una posición de desventaja para vender más publicidad. Entre las tácticas que se enumeran está un contrato de miles de millones de dólares con Apple para ser el buscador por defecto en el iPhone, además de asegurarse de que su motor de búsqueda aparezca preinstalado también en los teléfonos que emplean el sistema operativo Android, es decir, la inmensa mayoría en todo el mundo.

La investigación, que lleva en marcha desde hace 16 meses, ha concluido en esta demanda. Bill Barr, fiscal general de Estados Unidos, resume en sus declaraciones que “el resultado final es que nadie puede desafiar el dominio de Google en búsquedas y publicidad derivada. Esta falta de competencia perjudica a usuarios, anunciantes y pymes en forma de menores opciones, peor calidad, precios más altos y menor innovación”. Barr confirmó que se ha asegurado personalmente de que el caso se convierta en misión prioritaria del Departamento de Justicia. ¿Cómo puede acabar? Todas las opciones están sobre la mesa, como suele decirse.

¿Y qué hay de las otras? A su tiempo, un poco de paciencia: todos los grandes -Facebook, Amazon y Apple, entre otros- están siendo investigados en causas similares.

Mientras, los megarricos siguen inyectando millones a los fondos de campaña de Joe Biden, ya saben, el señor ese con síntomas de demencia senil que lleva años llevándoselo calentito de Irak, China, Rusia, Ucrania y donde se dejen.

Millonarios como Dustin Moskovitz, cofundador de Facebook, han soltado la friolera de cien millones de dólares para una campaña de anuncios en televisión contra Trump. Eso, de lo que se sabe, que es que un montón de potentados de la tecnología y las finanzas están consiguiendo que los fondos de Biden dejen los de Trump en el ridículo más lamentable. Porque, ¿saben?, los demócratas son el partido de la clase obrera, y tiene que notarse.

La magnitud clave aquí es “retorno sobre la inversión”. Al final se trata de cuota de pantalla, de minutos de atención pública, de exposición, y Trump, como ocurrió en la campaña anterior, sabe cómo lograr eso de gratis, sencillamente porque ni amigos ni enemigos pueden dejar de repetir sus geniales bravuconadas.

Va sobrado, aún más que hace cuatro años, porque ahora ya no tiene nada que perder. Es todo o nada. Por eso se ha permitido llamar “criminales” a los periodistas que le asediaban con preguntas en la escalerilla del Air Force One, por callar como… eso sobre el sucísimo caso de Hunter Biden. También ha aprovechado para calificar de “desastre” al doctor Anthony Fauci, hasta hace poco máxima autoridad contra la pandemia, y en llamar “idiotas” a los expertos.

Ahora, todo esto lo repiten alborozados los medios antitrumpistas pensando que es su sentencia de muerte política. No han aprendido absolutamente nada.

Déjenme que les cuente. Durante décadas, quizá desde siempre, los políticos se han mostrado lacayunos con la prensa. Los periodistas podían llamarles de todo menos bonitos, que ellos tenían que tratar a los plumillas con cortesía versallesca. El sobreentendido era, por volver al principio, que quien come periodista, muere.

Por eso, en la primera campaña, CNN, The New York Times y demás facinerosos de la información firmaron solemnes el certificado de defunción de sus posibilidades electorales cuando, en un mitin, Trump mandó al servicio de seguridad que expulsase a un afamado periodista mexicano que no paraba de interrumpirle. Seguro que conocen el final del chiste: al día siguiente, la popularidad de Trump había aumentado.

Aislados en su burbujita del Belt Way, exudando una arrogancia despectiva hacia el americano medio, estos caballeros de la prensa ni siquiera sospechan hasta qué punto son odiados en la América profunda, hartos de que les llamen racistas, atrasados, irrecuperables, machistas… Deplorables, en una palabra.

Si Trump merece el apelativo de ‘populista’ es porque es realmente popular, en su sentido más genuino. Miren a su alrededor, y díganme en qué instancia de poder han oído sino pestes del americano. ¿Banqueros? ¿Multinacionales? ¿Actores, intelectuales, literatos, artistas? No es qué dice El País de Trump; es cómo lo ve ABC, La Razón, El Mundo. Cualquier televisión de alcance. ¿Con quién cuenta, entonces? Con los otros, precisamente. Con los benditos, olvidados, ignorados, impotentes, despreciados deplorables.

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