«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
LA HISTORIA SE REPITE

El chavismo catalán y sus estrategias de destrucción

Una motocicleta arde durante una protesta contra el arresto del rapero catalán Pablo Hasel en Barcelona, ​​España, el 17 de febrero de 2021. REUTERS/Albert Gea

Empezando por el principio, la tropa destructora que acompañó a Chávez a la toma del poder en Venezuela, no provenía de un solo sitio. Era un diverso zoológico que agrupaba a sus cómplices militares de los dos golpes de estado que encabezó contra la democracia venezolana en 1992, a intelectuales de izquierda mantenidos por el presupuesto a instituciones culturales y universitarias y por una amplia gama de personalidades de todo signo ideológico, que se montaron al carruaje chavista unidos en su odio a las instituciones que le habían sido esquivas por cuarenta años de democracia.

Ahí estaban los ex guerrilleros de los años sesenta y setenta del siglo veinte y estaban los nostálgicos del régimen predemocrático. Sumaban a sindicalistas de la más recalcitrante izquierda comunista y sumaban a banqueros y empresarios de raigambre plutocrática, resentidos por formar parte de los equipos perdedores en las contiendas por la obtención de contrataciones públicas y migajas de las rentas petroleras que se deslizaban desde el poder.

Pero el chavismo de quien requería era de las inmensas mayorías de calle, movilizadas casi de forma permanente y muchas veces con espontaneidad y sin mayor organización, en apoyo del golpista aspirante a la presidencia. Los que hicimos oposición desde el primer momento, éramos testigos de la inmensa convocatoria de calle que lograba el personaje, con pocos recursos disponibles al principio para sus arengas. Y fue allí donde subieron las acciones de los viejos liderazgos de izquierda, los agitadores de calle, los héroes de calle, vociferantes de parlante, convocantes populares.

La calle. El chavismo se apoderó de las calles y para eso requería de los experimentados manifestantes de oficio que salían un día a la semana en las universidades públicas a encabezar desórdenes sorpresa y relámpago contra la propiedad privada, a “combatir” a la policía y a luchar, encapuchados, contra el orden establecido.

Lo lograron. Llegaron al poder. Y al llegar, llegaba entonces la gran interrogante: “Ahora que somos gobierno ¿Qué hacemos con nuestra enemiga principal, la Policía que nos combatió, encarceló y mantuvo a raya nuestros desmanes durante cuarenta años?”.

Destruirlas fue el objetivo. Y a ello se dedicaron de forma lenta, pero eficaz. Primero desde el verbo, convirtiendo a los cuerpos de seguridad en “cuerpos opresores”, “represores profesionales” y “esbirros”.

La alteración del orden interno policial fue el siguiente paso. Saltarse los méritos para colocar a la cabeza a jefes desleales a la institución pero afiliados al chavismo. Politizar la función policial, al punto de que el chavismo en el poder decidió seguir en las calles, a pesar de ser gobierno, protestando por cualquier cosa que se supone debían resolver desde el poder que detentaban.

Así, el chavismo convocaba manifestaciones por el derecho de los pensionados. Muy bien. Pero en vez de dirigirse a las instituciones que se suponía que ellos controlaban, las dirigían a la central patronal, Fedecámaras. Allí, con el discurso encendido de activistas enemigos de la empresa desde siempre, terminaban arremetiendo contra las vidrieras de la sede, contra los periodistas que cubrían sus desmanes y contra la policía que, después de pasar mucho rato observando la situación sin recibir “órdenes de arriba” para actuar, terminaban interviniendo en la reyerta.

Y así, un elemento importante: cada vez que esto ocurría, con Fedecámaras, con una alcaldía o gobernación en manos de un opositor al chavismo o con un medio de comunicación crítico o demasiado independiente para el gusto oficial, el relato al día siguiente en los medios afiliados al chavismo daba cuenta de “los excesos policiales”. De la “incapacidad de la policía para detener a infiltrados violentos de la derecha”. Y, por supuesto, de “acciones de desestabilización organizadas por la CIA” que se aplicaban en Venezuela “como hicieron con Allende en Chile”.

Así fue. No me lo contaron: lo viví. Por eso, cuando me entero de la acción terrorista que padecieron antimotines de la  Guardia Urbana Municipal, a los cuales ¡nada más y nada menos! les incendiaron una patrulla con agentes policiales dentro que milagrosamente lograron escapar a la arremetida, me invaden recuerdos del chavismo.

Sobre todo cuando revisando las redes al respecto, encuentro a la gradería chavista-catalana azuzando con algarabía la “hazaña” al grito de “¡hijo de puta, sal corriendo, cabrón!”, derramando además la relativización de la violencia que tanto le gusta a la izquierda cuando delinquen  los suyos.

Entiéndase, además, que toda esta muestra de violencia, es para pedir la liberación del rapero Hazél, acusado, precisamente, de azuzar la violencia con sus canciones de letras delictivas. Flaco favor le hacen: incendiando la ciudad e intentando quemar vivos a los policías, solo le dan la razón a los que asumimos que las letras de Hazél son órdenes a las huestes que le siguen.

Así lo hicieron en Venezuela y así van en Cataluña

Como he narrado, empezaron en el discurso: la Policía de los ricos, la Policía contra el pueblo. La Policía contra revolucionaria, etc. Eso desde la calle y desde la agitación.

Pero desde el poder constituido, desde las instituciones en manos del chavismo, el discurso apuntaba también a la Policía: “represión excesiva”, “organismos represivos”, “debe ponerse coto a los abusos”, “la Policía debe proteger al ciudadano, no encarcelarlo” (¿?) y otras lindezas. Repetidas las declaraciones oficiales con los titulares de la prensa oficial, la Policía terminó en el bando de “los malos”.

¿La solución planteada? Las policías regionales o autonómicas, municipales etc, formaban parte del “viejo modelo policial a superar”. Eso nos decían ante cada supuesto “exceso”. Se quejaba Chávez de que gente pobre fuese presa, porque, al fin y al cabo, “si yo tuviese hambre, también robaría”, exclamó desde su púlpito en cadena nacional. Y lo hizo frente a la presidenta de la Corte Suprema de Justicia, a la que se atrevió además a preguntarle: “¿No lo haría usted también, doctora?”.

Ese era el discurso oficial. Siempre contra el orden y contra la policía.

Pero obviamente, todo tiene un momento, un punto de inflexión en la historia. Y este nos llegó en abril de 2002, cuando una inmensa manifestación de calle, cifrada en mas de un millón de ciudadanos, se dirigió al palacio de Miraflores en Caracas a exigirle a su inquilino Hugo Chávez que renunciara. Ante dicho movimiento popular, absolutamente genuino y –de paso– desarmado, al padre de la desgracia no se le ocurrió mejor idea que la represión a tiros. Para ello, echó mano de los elementos más fieles de la Guardia Nacional que rodeó el Palacio, francotiradores hasta el día de hoy impunes y los famosos “Círculos Bolivarianos”, hoy constituidos en “Colectivos” de la Revolución.

Una imagen resume todo: un grupo de pistoleros civiles, que entraban y salían de Miraflores y edificios oficiales aledaños. Disparaban desde el Puente Llaguno hacia blancos que, se adivinaban, eran humanos. De esas balas hay víctimas civiles. Y quienes ejecutaban dicho ataque, se excusaron ante los tribunales chavistas dicendo que ellos no le disparaban a la gente. Fueron absueltos.

“No disparábamos al pueblo, sino a la policía golpista del Alcalde Mayor de Caracas, Alfredo Peña”.

Esa es su versión de los hechos. Y esa confesión, que era lo suficientemente grave como para condenarlos, fue el elemento usado para declararlos inocentes, por obra y gracia del abogado de los pistoleros, el hoy presidente del Tribunal Supremo Maikel Moreno.

¿Por qué se les absuelve? Porque la policía a la que dicen que le disparaban, ese día estaba haciendo lo que debía: proteger a los manifestantes pacíficos y repeliendo a quienes disparaban contra ciudadanos que ejercían su derecho a manifestar. Lo normal en un Estado de Derecho es que el ciudadano desarmado y pacífico esté en la calle y el pistolero asesino en la cárcel.

En el chavismo, no.

No puedo dejar pasar la ocasión para recordar o informar a quien no lo sabe, que el líder de la pandilla de pistoleros vive hoy en España: Richard Peñalver, quien se declara “perseguido”. Seguramente, por fantasmas de sus propias víctimas. Pero ya eso es otra cosa.

La fórmula chavista en Cataluña

Debo confesarme sorprendido por la velocidad que lleva el chavismo en España. En Cataluña es casi un chavismo con esteroides. Un chavismo engordado con hormonas de crecimiento que empuja escenarios horribles.

Un caso, relatado por el reportero del ABC Salvador Sortres, da cuenta de la insólita situación que le tocó vivir a una gerente de hotel, que acudió a auxiliar a una chica manifestante herida por sus propios compañeros. La señora, al regresar de dejar a la herida en la ambulancia, se encontró con la turba rodeándole para entrar a destrozar el hotel al grito de “a por los pijos”.

El relato me llevó a la Caracas de 2002. A esa Caracas donde el chavismo resumió todo el problema en una lucha entre “los pata en el suelo” (descamisados, pobres) del Oeste caraqueño y “los sifrinos” (pijos) del este capitalino. Todo valía en la batalla, pues, al decir de Hugo Chávez “ser rico es malo”.

Eso fue todo. Ese fue el grito de guerra con el cual se justificaba toda violencia. Destruirle la vidriera al rico, porque el pobre tiene rabia y por tanto tiene derecho. ¿Y la policía? Pues depende.

Después del sangriento abril de 2002, el chavismo enfiló contra la Policía Metropolitana acusándola de ser agente de la represión y ejecutora de órdenes de la CIA. Intervino sus mandos y se los arrebató a la Alcaldía Mayor de Caracas. Los jefes de la Policía y algunos de sus agentes que actuaron en defensa de la constitución aquellos días, aún están presos en Caracas. Son los presos políticos del chavismo con más tiempo tras las rejas.

Y con la excusa de que “no volviera a pasar”, se les retiró la competencia a los gobernadores regionales sobre sus propias policías. Toda policía regional era dirigida desde el gobierno central. Al tiempo, lo mismo pasaría con las policías municipales.

El chavismo crearía entonces la Policía Nacional, completamente politizada en su actuar, hasta el punto de que los jefes de los “colectivos” son en su mayoría agentes de este cuerpo. Y dentro de ese cuerpo maligno, un tumor pestilente: la Fuerza de Acciones Especiales (FAES) encargada de acciones selectivas contra blancos civiles, acusada de ejecuciones, represión ilegal, tortura, desapariciones, detenciones ilegales y de cuanto delito se encuentre lleno el código penal venezolano.

Al final, acabó el “viejo orden” de la Policía que perseguía al delincuente y protegía al ciudadano y se instauró la Policía como facción armada del partido, de la revolución, del proyecto. Con lealtad al líder, no a la constitución. Con inmunidad para reprimir al disidente. Con la orden de proteger a quienes con el puño en alto de la revolución proletaria, revienten la vidriera del capitalismo.

Allá fue Venezuela. Para allá va caminando España.

Y me sentí en el deber de hacer un alerta. A quien pueda interesar.

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