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La carta de Bill Gates a la humanidad y el gobierno mundial de los ricos solo por serlo

Y MIENTRAS, LA IZQUIERDA DANDO PALMAS

Bill Gates, fundador de Microsoft y uno de los hombres más ricos del mundo, ha escrito junto a su mujer Melinda la carta abierta anual que envía en nombre de la fundación de ambos, y El País, como, imagino, cientos de periódicos en todo el mundo, la recoge con la debida reverencia y sin comentarios en su integridad. Con ello, el ‘diario de referencia’ de la prensa española no hace sino reconocer al ‘filántropo’ el mando invisible que ya tiene sobre nuestras vidas.

Ustedes son muy jóvenes, pero hubo un tiempo no muy lejano en el que cualquier izquierdista que se preciase echaba pestes de las multinacionales, torcía con asco el gesto a la mención de cualquier millonario y montaba regulares marchas antiglobalización allá donde se reunieses líderes internacional. Qué tiempos, parece que fuera ayer.

Sí, sé que suena raro, porque ahora el alineamiento es total. Ese viejo izquierdista del que les hablaba hubiera encontrado inverosímil que un diario nacional, no digamos uno de su cuerda, hubiera dedicado tanto de su valioso espacio para publicar la carta de un millonario cuyo mérito para ocupar ese lugar de honor es, precisamente, tener muchísimo dinero.

Porque ese es el estupefaciente fenómeno de nuestra época que apenas nadie, menos aún un medio ‘de progreso’: el súbito peso de personajes sin cargo oficial alguno a escala mundial. Porque Gates no aparece aquí como experto, hablando de sus cosas informáticas o de movimientos comerciales, sino de la pandemia y de vacunas, pese a que no ha estudiado ni un cursillo, no digamos una carrera.

¿Recuerdan quién fue la primera persona a la que recibió nuestro presidente nada más llegar a la Moncloa? George Soros. ¿En calidad de qué? No es un político español, ni un gobernante extranjero; no es el representante de algún grupo de presión de nuestro país, ni un experto o eminencia. Es un particular, y un particular extranjero. ¿Por qué ningún periódico se preguntó qué sentido tenía esa entrevista? ¿Cómo es posible que nadie la cuestionara?

Pero si Soros es, por obra y gracia de sus millones, el perejil de todas las salsas de la geopolítica mundial, en la pandemia, sus pompas y sus obras, es más bien Bill -y Melinda, para aportar perspectiva de género- el que parte el bacalao.

Aunque, respetuoso hasta el anonadamiento, El País no añade comentario alguno a la carta del filántropo, por necesidades de maquetación la precede con un sumario: “La pareja de filántropos reflexiona sobre 2020, un año sin precedentes en el que las distinciones entre países ricos y pobres se derrumbaron ante un virus para el cual las fronteras no existen, y sobre cómo podemos salir de esta”.

¿Quién ha elegido a esta pareja para que decida “cómo podemos salir de esta”? Por no hablar del resto de disparates de esta brevísima introducción. ¿Que las “distinciones entre países ricos y pobres se derrumbaron”? En Sudán del Sur quizá se permitan disentir. Por lo demás, es bueno que hablen de “países” pobres y ricos, porque la distancia entre personas pobres y ricas se ha ampliado más que nunca. De hecho, mientras todos los demás estamos inventariando un desastre -de gestión, más que sanitario- que nos ha empobrecido, los hombres más ricos del mundo (Bill Gates, entre ellos) han visto multiplicarse su fortuna.

Tampoco parece tener mucho sentido hablar de “un virus para el cual las fronteras no existe” cuando Portugal acaba de cerrar su frontera con España precisamente para parar al bicho, y la solución favorita de los gobiernos parece ser encerrarnos en casa, haciendo de nuestras paredes fronteras infranqueables.

A Bill, después de retirarse de la gestión de su empresa informática, le dio por las vacunas y por el control de población -no relacione ambas cosas si no quiere tener pesadillas- como a otros jubilados les da por la filatelia o el aeromodelismo. Pero, con algo más de calderilla que el pensionista medio, se dedicó, mediante sus fundaciones ‘filantrópicas’, a cosas como comprar la Organización Mundial de la Salud, dirigida por un funcionario etíope de borrascoso pasado que tampoco es médico. Gates se ha convertido ya en el principal donante privado de la OMS y, como dice el refrán inglés, quien paga al gaitero decide la melodía.

En estos días se ha hablado bastante de los riesgos y las ventajas de un gobierno de expertos, de dejar que los científicos y técnicos decidan cómo debemos vivir nuestra vida. Eso ya es un riesgo absolutamente distópico para la democracia, muy de capa caída últimamente. Pero lo que auguran estos fenómenos, es mil veces peor. Es el gobierno mundial de los ricos solo por serlo, sin responsabilidad política alguna, sin otra cualificación que sus millones y dirigidos a intereses personales que no tienen por qué coincidir -ni suelen hacerlo- con los del resto de la humanidad. Y, mientras, la izquierda dando palmas.

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