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La peligrosa infantilización de los franceses por parte de Emmanuel Macron

LA RESISTENCIA LLAMA A BOICOTEAR EL PASAPORTE COVID
El presidente de Francia, Emmanuel Macron

De St Tropez a La Rochelle, pasando por Deauville, este verano hay una imagen familiar en muchos de los centros turísticos costeros más populares de Francia. Un año después de que se hiciera obligatorio el uso de mascarillas en el exterior, estas han vuelto, y los franceses y extranjeros que buscan el sol se ven obligados a ponerse el bozal bajo un sol abrasador.

Hace tan solo un mes el gobierno flexibilizó la norma sobre el uso de mascarillas al aire libre, pero eso fue antes de que aumentaran los casos provocados por la variante Delta. La mayoría de los contagios son jóvenes y no están vacunados, las hospitalizaciones se mantienen estables y las muertes siguen siendo mínimas: se han producido once en las últimas 24 horas, frente a las diez del pasado sábado [17 de julio].

El ministro de Sanidad, Olivier Véran, ha pasado por alto estos hechos y ha anunciado a principios de esta semana que Francia está inmersa en una «grave» cuarta ola. En consecuencia, muchos departamentos -sobre todo los más populares entre los veraneantes- han reintroducido la obligación de llevar mascarilla y algunos han vuelto a imponer el toque de queda en bares y restaurantes.

Esto contradice a muchos médicos y epidemiólogos de renombre que se han pasado el último año explicando que el uso de una mascarilla al aire libre no tiene sentido. Como escribió un médico en un artículo de opinión para Le Figaro a principios de este mes, habría que animar a la gente a respirar el aire vigorizante del campo y el mar después de los largos meses de invierno pasados encerrados en pequeños apartamentos. Amordazar a la población en el exterior era, según él, «absurdo e infantil».

A Macron nunca se le ocurriría tratar a los franceses como adultos. Son niños a los que hay que regañar, controlar, menospreciar y disciplinar

Pero, ¿qué se puede esperar del presidente Macron? Desde el inicio de la crisis del COVID ha tratado a su pueblo como a niños, llegando a hacerles rellenar un formulario cada vez que salían de casa para pasear al perro o comprar una barra de pan.

Macron ha actuado así desde que asumió el cargo en mayo de 2017. El presidente es como el padrastro prepotente que ha heredado una prole que ni le gusta ni entiende.

Eso quedó patente en el tono de su discurso a la nación el 12 de julio, cuando regañó a millones de personas por su reticencia a vacunarse -ignorando el hecho de que fue su propio escepticismo respecto a la vacuna de AstraZeneca lo que hizo disminuir la aceptación de esta vacuna entre la población- y advirtió que, a menos que se animaran, no habría salidas a parques temáticos o al cine en el futuro inmediato. Básicamente, Macron amenazó con castigar a Francia porque el país ya no era de fiar.

El padrastro Macron se ha quejado en varias ocasiones del comportamiento de sus compatriotas. En 2017 los calificó de holgazanes, luego se burló de ellos como «galos resistentes al cambio» y en 2018 le dijo a un joven jardinero desempleado que buscaba trabajo en su sector que moviera el culo, cruzara la calle y consiguiera un empleo en un café o un restaurante.

Esta infantilización de Francia no ha pasado desapercibida. La falta de respeto siempre ha sido mutua, pero entre el pueblo el resentimiento y el desprecio por su presidente paterno ha aumentado en los últimos dieciocho meses. La abstención récord del mes pasado en las elecciones regionales representa un enfado colectivo del electorado.

Será un verano largo y caluroso en Francia. Se espera que haya insultos, rabietas y cosas peores

Si nos atenemos a los informes, el presentimiento de Boris Johnson cuando llegó el COVID fue confiar en que los británicos usaran su sentido común; sus asesores y los pájaros de mal agüero del Scientific Advisory Group for Emergencies (Sage) le convencieron de que no lo hiciera, pero a principios de este mes el primer ministro cedió parcialmente y levantó muchas de las restricciones que se habían impuesto debido al COVID en el Reino Unido, instando a los ciudadanos a asumir su «responsabilidad personal».

A Macron nunca se le ocurriría tratar a los franceses como adultos. Son niños a los que hay que regañar, controlar, menospreciar y disciplinar. Esta infantilización de Francia se ha vuelto peligrosa. El presidente desprecia abiertamente a su pueblo y este, como demostró con sus pancartas y cantos durante las protestas nacionales que tuvieron lugar hace unos días y antes, durante el movimiento de los chalecos amarillos, siente un odio ardiente hacia su presidente.

Recientemente, algunos centros de vacunación han sido objeto de ataques y ha habido brotes esporádicos de violencia en algunas de las muchas manifestaciones que han tenido lugar en toda Francia hace unos días. Yo asistí a una de las tres concentraciones celebradas en París. El ambiente era bueno, tranquilo, como lo fue el fin de semana anterior. En esa ocasión, como escribí el lunes, el tema era «Libertad». Esta vez, el canto ha sido «Resistencia»  y un llamamiento a boicotear todos los cines, restaurantes y demás lugares en los que se exija el Pasaporte COVID. Los cines están alarmados; desde que se introdujo el pasaporte el miércoles, la asistencia ha caído en picado un 70%. 

Macron voló a Tokio a finales de la semana pasada para disfrutar del deporte olímpico. Volverá a una Francia díscola y rebelde. A estas alturas parece decidido a mantenerse firme frente a personas que considera tediosamente tercas, y estas están igualmente decididas. Será un verano largo y caluroso en Francia y es probable que los ánimos se caldeen bajo el sol del verano. Se espera que haya insultos, rabietas y cosas peores. Estos manifestantes están decididos a que se les vea y se les escuche.


Publicado por Gavin Mortimer en The Spectator.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta de la Iberosfera.

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