Las iniciativas de Biden para que no vuelva a haber un presidente republicano jamás

INMIGRANTES, SISTEMA ELECTORAL, TRIBUNAL SUPREMO...

El gran error ideológico de nuestro tiempo es pretender que los incentivos no funcionan. ‘Pretender’ es aquí la palabra operativa, porque quienes predican lo contrario saben perfectamente que el palo y la zanahoria son para siempre. Así que mientras imponen dogmas como la inexistencia del ‘efecto llamada’ o las denuncias falsas de violencia de género, usan palos y zanahorias como cada hijo de vecino.

En el caso de los demócratas que han llegado al poder en Estados Unidos con todas las trampas del libro, ahora el objetivo es doble: borrar la herencia de Trump hasta la última coma, como contábamos ayer, y luego asegurarse de que se mantienen en el poder para siempre jamás.

El presidente electo, Joe Biden, ya anunció con entusiasmo la reversión de todas las políticas de Trump, entre ellas el control de fronteras, y a nueve mil hondureños les ha faltado tiempo para tomarle la palabra y ponerse en marcha hacia el ‘sueño americano’.

Los súbitos migrantes, coordinados por una asociación llamada Pueblo Sin Fronteras, se han referido explícitamente al compromiso contraído por Biden de aplicar una “nueva estrategia” de acogida de extranjeros. Si esto sucede cuando todavía no ha jurado el cargo, pueden imaginar fácilmente lo que van a ser los próximos años.

Para la Administración demócrata, el cálculo es sencillo: están importando votantes. Porque a la política de puertas abiertas le acompaña otra de lo que allí llaman ‘amnistía’, es decir, regularización de ilegales ya en el país -once millones, dicen, pero la cifra real podría fácilmente ser el doble- y un proceso de nacionalización acelerado. Como en el poema de Brecht, el gobierno está muy decepcionado con el pueblo y ha decidido cambiar de pueblo.

Todo el mundo que importa gana con esto. Los demócratas aumentan de golpe su masa de fieles votantes, porque los recién llegados se saben grupo protegido y privilegiado y porque todas las estrategias aplicadas por Bush para atraer el voto inmigrante se han saldado con rotundos fracasos. Trump redujo la brecha más que ningún otro candidato republicano en décadas, pero ni de lejos acabó con ella.

Otra maniobra para que nunca vuelva a haber un presidente republicano es el plan para aceptar como estados de pleno derecho al Distrito de Columbia (Washington), Puerto Rico y Guam, demócratas hasta la médula.

Sobre la mesa también está la idea de abolir el Colegio Electoral y pasar al voto directo, al estilo del que rige en casi todas las democracias occidentales.

El sistema americano confunde a menudo al observador europeo, que no entiende que la Constitución no solo dotó al país de mecanismos democráticos, sino también de medios para controlar la democracia. Así, se supone que son los estados los que eligen al presidente, no directamente los ciudadanos. Los ciudadanos de cada estado se ocupan de que sus electores favorezcan al partido que ellos prefieren mayoritariamente, pero, con dos excepciones, esos electores votan todos, y no proporcionalmente, a la opción mayoritaria. Eso hace posible, e incluso relativamente habitual, que un presidente gane la mayoría del voto de los electores pese a perder la mayoría del voto popular, como pasó (supuestamente) con Trump en 2016.

Pero quizá la iniciativa más importante sea la que busca controlar el Tribunal Supremo, que allá es el único intérprete autorizado de la Constitución. Como la Carta Magna es literalmente idolatrada en Estados Unidos, el órgano que decida unilateralmente lo que significan sus artículos y enmiendas se convierte en el árbitro último de la vida política, y de hecho los nueve miembros del Supremo han sido los responsables de los cambios sociales más importantes de las últimas décadas, como la consideración del aborto como derecho inalienable o el matrimonio de personas del mismo sexo. Y por eso la contribución más importante que puede hacer un presidente es colocar jueces ‘de los suyos’ en el Supremo.

Problema: el cargo es vitalicio, y hay que esperar a que algún juez muera o decida retirarse (lo que no sucede jamás), además de superar una espantosa ordalía en su confirmación por el Senado. Trump logró meter a tres de los suyos -aunque les salieron rana en el asunto del fraude electoral-, volcando la mayoría en el tribunal hacia una posición conservadora. Así que los demócratas tendrían ese freno en sus intentos revolucionarios.

La solución ya se planteó durante la campaña electoral: “stacking the court”, la expresión que describe el remedio más sencillo: aumentar el número de jueces en el tribunal, ya que la Constitución no especifica un número concreto. Así que es más que probable que en la Administración Biden pasen de nueve a doce o quince, el número necesario para volver a una mayoría progresista.

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