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Pedro Castillo y los augurios de calvario en el porvenir de Perú

iberoamérica 'se hace el harakiri'
Pedro Castillo. EUROPA PRESS

Hay sociedades que tienen una profunda vocación suicida. Esa es la conclusión a la que puede llegarse cuando se le somete a una radiografía, tratando de entender por qué toman -una y otra vez- el empedrado camino de la auto-destrucción. No es este un mal imputable solamente a determinadas regiones del mundo o a unos gentilicios en específico, pero en América Latina la propensión por emprender la ruta del harakiri colectivo roza en lo preocupante.

Pedro Castillo ha sido absolutamente franco con Perú. Se encargó de hacer una campaña presidencial cargada con todos los viejos estribillos de la izquierda latinoamericana: anti-imperialismo, muerte al mercado, intervención del Estado para poner orden, expropiaciones para repartir la riqueza que se ha acumulado en pocas manos, etcétera, etcétera. Castillo no fue como Hugo Chávez, que se vistió de corderito y resultó ser el peor de los demonios. No. Castillo se mostró transparente y claro como el agua con el electorado, retratándose como el comunista que es.

«El mercado no puede controlar al Estado, es el Estado el que tiene que controlar a la población y a los mercados” se ha empeñó en señalar durante su campaña el pintoresco candidato, al tiempo que enfatizó que su modelo de país ideal consiste en replicar experiencias como las adelantadas por Evo Morales en Bolivia. Eso bajo un Estado que fuese “descentralizado, redistribuidor de la riqueza y nacionalizador”.

Lo preocupante en este caso no es solamente que el hombre que se hizo popular por usar un sombrero campesino durante los últimos meses crea que confiscar y expropiar tierras y empresas puede resolver los problemas económicos profundos de un país. El asunto es más complejo: Castillo que presuntamente ha hecho carrera como educador en el pasado, aparenta desconocer temas elementales de la economía sobre los que no tiene empacho en fijar opinión.

Durante la campaña fue increpado por un periodista que lo conminó a explicar qué entendía el candidato por “monopolio”. Todo ello ante la insistencia del mismo por decir que en Perú había concentración de la riqueza por parte de unos pocos y que todo se solucionaría con la mano dura del Estado y su varita mágica para redistribuir la riqueza. La respuesta de Castillo solo lo hizo quedar en evidencia como un magnífico desconocedor de los más elementales criterios de la economía básica. Un chiste.

Esto ratifica una tendencia histórica en la izquierda iberoamericana. Especialmente esa que de la mano de los Castro, los Allende y un largo etcétera de líderes inflamados de pasión comunista que solo sabían repetir lugares comunes leídos en algún folletín de la Editorial Progreso sobre la justicia social y el fin de la opresión capitalista. 

Esa tendencia no era otra que mezclar, en la mayoría de los casos, una profunda ignorancia sobre los temas tratados con los complejos de inferioridad recurrentes en el liderazgo político de América Latina y, por supuesto, una buena dosis de adoctrinamiento soviético de manual. Escuchar a Castillo hoy es revivir a lo más granado de ese tipo de líderes. 

Ese complejo de inferioridad latinoamericano, por cierto, fue magistralmente descrito en la obra del pensador liberal venezolano Carlos Rangel. En libros claves como “Del buen salvaje al buen revolucionario” y “El Tercermundismo” Rangel da cuenta de lo castrante que puede ser para un país estar encapsulado en el credo de que cuando a los Estados Unidos y a otras potencias del mundo les va bien, a los países de América Latina les va mal por rebote. En todo caso, este intelectual venezolano hacía desde la década de los 70 un llamado desesperado para que la región tomara por las riendas su destino y comenzara a asumir la responsabilidad del mismo, sin echarle la culpa a terceros. 

Así la obra de Rangel se convirtió en una con mucha más solidez argumentativa que, por ejemplo, la presentada en el pensador de izquierdas uruguayo Eduardo Galeano. En su famoso libro “Las venas abiertas de América Latina” Galeano se encargó de hacer una revisión de cómo los Estados Unidos y Europa habían, según él, expoliado a cada uno de los países de la región en cuanto a sus materias primas y recursos naturales, construyendo el pretexto perfecto para decirle a América Latina que siempre iba a estar mal por culpa de las grandes potencias del mundo. ¡Una oda al pesimismo y a la resignación!

Aunque Perú cuenta con sus particularidades, en el fondo comparte el mar de fondo que arrastran muchos países del vecindario: se ha cansado de sus élites políticas (principalmente de los partidos tradicionales), su sociedad está harta de la corrupción, tiene problemas para compatibilizar su crecimiento económico con la mejora efectiva de las condiciones de vida de todos los sectores de la población y, sobre todo, lleva dentro de sí el pensamiento mágico de que siempre puede surgir un líder providencial que comience de cero y sea capaz de arreglar todo de la noche a la mañana. 

Eso es lo que explica el paradójico ascenso de Pedro Castillo en las preferencias populares. Por estos días aún hay quien cree que en el caso del país sudamericano pudo haber fraude, y Keiko Fujimori es quien realmente ganó las elecciones. En consecuencia, la propia Fujimori ha sometido a reclamo por “fraude” los resultados que hasta ahora se han hecho públicos. Sin embargo, en el mejor escenario posible, Castillo igual habría capturado cerca de la mitad del electorado peruano. Y eso es mucho decir…

A mitad de semana, aún sin pronunciamiento oficial del Jurado Nacional Electoral (JNE), el propio Castillo ha asumido en sus redes sociales que es el nuevo Presidente de Perú, señalando que “ni es chavista ni es comunista”. Palabras difíciles de creer luego de que durante toda la campaña se encargó de demostrar justamente todo lo contrario.

A esta altura solo resta desear que el pueblo peruano corra con suerte y no tenga que vivir en carne propia los rigores de otro de los típicos demagogos de la izquierda latinoamericana que toman las riendas de un país no para resolver sus problemas, sino para agudizarlos.

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